Ante la amplia propagación que ha tenido el SARS-CoV-2, además del distanciamiento social implementado en una gran cantidad de países afectados, las expectativas están puestas en la pronta llegada de una vacuna.

Sin embargo, ya hemos explicado en otras oportunidades los grandes obstáculos que hay que superar para poder distribuir una vacuna, los cuales se resumen en garantizar su efectividad y su seguridad.

Para ello, es necesario realizar pruebas, muchas de las cuales se inician en animales, para luego proceder a probarlas en humanos. El problema es que estos procesos pueden tomar bastante tiempo, y las medidas de distanciamiento social prolongadas podrían tener un impacto sin precedentes en la economía de las naciones.

Es por ello que se ha sugerido una opción bastante drástica y descabellada para algunos para acelerar el paso en el desarrollo de la vacuna: infectar a un puñado de voluntarios sanos con el nuevo coronavirus para evaluar rápidamente el desempeño de la vacuna.

Un estudio de desafío humano

Los investigadores logran demostrar que una vacuna funciona por lo general a través de grandes estudios de fase III, administrando la vacuna o un placebo a miles y decenas de miles de personas. Luego de ello, los investigadores rastrean a dichas personas y determinan quien se infecta en el curso de sus vidas diarias, y establecen diferencias.

El problema en el contexto actual es que muchas personas, a pesar de haber recibido la vacuna tratarán de tener cuidado en medio del brote, cumpliendo con las recomendaciones de evasión física, y esto podría extender el tiempo en que surjan resultados interpretables.

SARS-CoV-2, el virus que causa COVID-19.

Nir Eyal, director del Centro de Bioética a Nivel de Población en la Universidad de Rutgers en New Brunswick, Nueva Jersey, es uno de los científicos que propone la drástica opción comentada al principio: un estudio de “desafío humano”. Esto implicaría exponer a unos 100 jóvenes sanos que cumplan con ciertos criterios observar si logran volverse inmunes a la infección o no.

La principal ventaja que provee este método es que podría acelerarse enormemente el tiempo de aprobación de la vacuna y su distribución. Sin embargo, conlleva una serie de complicaciones éticas que son dignas de evaluar.

Individuos jóvenes y relativamente sanos

El procedimiento implica reunir a un grupo de personas con bajo riesgo ante cualquier exposición, por lo general individuos jóvenes (entre las edades de 20 y 45 años) y relativamente sanos, y asegurarse de que no estén infectados. Entonces se les aplica la vacuna o un placebo, y se espera el tiempo suficiente para observar una respuesta de su sistema inmunitario, para así exponerlos al virus.

Los investigadores hacen seguimiento de todos los participantes para detectar cualquier síntoma de infección lo antes posible, a fin de verificar si el grupo que recibió la vacuna se encuentra mejor que el que recibió el placebo. Respecto a esto, Eyal resalta que el equipo protegería a los participantes proporcionándoles un excelente tratamiento inmediatamente de detectar la infección en caso de que ocurriera.

“También protegería a los participantes del estudio examinándolos diariamente o con mayor frecuencia para detectar infecciones y proporcionándoles un excelente tratamiento inmediatamente después de detectar la infección. Eso no es trivial. He aconsejado a los médicos de cuidados críticos que se preparan para las oleadas de coronavirus. Y esperamos firmemente, en base a la experiencia en Italia y más, que habrá una gran escasez de recursos de cuidados críticos. Para el momento en que se prueban los candidatos a vacunas, puede haber algunos tratamientos que hayan demostrado funcionar. Y seguramente, los valientes voluntarios que reclutamos deben tener asegurado el acceso inmediato a ellos”.

¿Es un método ético?

Ahora bien, no es el riesgo de que no funcione lo más preocupante, sino los aspectos éticos de ello. Eyal reconoce que es probable que alguno de los voluntarios podría carecer de capacidad para tomar decisiones racionales, o ni siquiera haber prestado atención al formulario de consentimiento informado.

Sin embargo, destaca que los humanos hacen grandes aportes también por simple altruismo. El experto descarta la posibilidad de atraer voluntarios a través de pagos a fin de evitar que el estudio atraiga a personas de bajos recursos y que ello genere mayor polémica.

Además, no es la primera vez que se plantea esta estrategia para estudiar enfermedades infecciosas. En el pasado se ha aplicado el desafío humano para la gripe, la fiebre tifoidea, el cólera y la malaria.

Pero lo más importante es que la exposición al virus que implica este método es considerablemente menos riesgosa de lo que uno podría imaginar. “Incluso podría ser curiosamente más seguro para algunos unirse al estudio que esperar una infección probable y luego tratar de confiar en el sistema general de atención médica”, concluyó Eyal.

Referencia:

Should scientists infect healthy people with the coronavirus to test vaccines? https://www.nature.com/articles/d41586-020-00927-3