Desde hace muchos años, una de las principales preocupaciones de los científicos fue la desintegración de la capa de ozono que protege a nuestro planeta de la radiación ultravioleta del Sol, muy dañina para la vida dentro de la Tierra.

En vista de ello, en septiembre de 1987 muchas naciones se reunieron en Montreal, Canadá para decidir cómo abordar el problema. Fue entonces cuando se dio a conocer que los clorofluorocarbonos (CFC), compuestos empleados en sistemas de enfriamiento y en productos como latas de aerosol y aislamientos de espuma eran los principales causantes de la destrucción de la capa de ozono.

Para abordar el problema, los países que se reunieron adoptaron el Protocolo de Montreal, el cual se ratificaría en 1989, con lo cual se vieron obligados a disminuir sus emisiones de CFC y lanzar productos químicos menos nocivos para nuestro planeta.

Dicho protocolo ha dado resultado, y los estudios han confirmado que la capa de ozono ha comenzado su recuperación. Fue así como el Protocolo de Montreal se convirtió en una de las mejores políticas ambientales basadas en la evidencia científica.

Los beneficios del Protocolo de Montreal

Por supuesto, los beneficios no se limitaron a la reconstrucción de la capa de ozono, ya que los CFC también estimulaban el efecto invernadero y cambiaban la forma en que circula el aire en el hemisferio sur y más allá.

Esto en particular ha sido analizado por un equipo de investigadores del Instituto Cooperativo de Investigación en Ciencias Ambientales en Boulder, Colorado, quienes publicaron un informe en la revista Nature en el que explican cómo el Protocolo de Montreal ha ayudado a detener este impacto.

Los investigadores explican que, al haber menos ozono, menos se absorbe la energía solar entrante en la estratosfera, causando un enfriamiento de su parte interior. Esto fortalece los vientos atmosféricos superiores que circulan alrededor de la Antártida durante el verano austral, causando cambios climáticos.

Sin embargo, la situación fue estabilizándose a medida que las condiciones del ozono estratosférico empezaron a restituirse, y los investigadores señalan incluso que el efecto nocivo pudo haber empezado a revertirse.

La amenaza sigue presente

El problema es que las amenazas, es decir, las fuentes de CFC, siguen presentes en la actualidad ya que el Protocolo de Montreal no tiene ningún requisito para encontrar y eliminar fuentes antiguas de dichos compuestos, como los refrigeradores viejos y unidades de aire acondicionado. Este se había limitado a las fuentes futuras de CFC.

Ahora los investigadores del Instituto de Tecnología de Massachusetts en Cambridge informan que dos tipos de CFC, CFC-11 y CFC-12, se están escapando de los viejos equipos de enfriamiento y de aislamiento de los edificios en cantidades mayores que las estimadas, lo cual es motivo de preocupación.

Estos “bancos” de CFC son tan significativos que podrían retrasar la recuperación del ozono por seis años. Por lo que este nuevo informe nos recuerda la importancia de mantenernos atentos a las fuentes preexistentes de compuestos nocivos y la necesidad latente de tomar acciones respecto a ellos.

Referencia:

Decades-old refrigerators and insulation from buildings are leaking ozone-destroying chemicals: nations must act. https://www.nature.com/articles/d41586-020-00883-y