Desde que comenzó la epidemia COVID-19 un mensaje se ha convertido en una especie de mantra compartido por políticos, médicos, enfermeras y el público en general: “aplanar la curva”, una proyección del número de personas que contraen la enfermedad durante un período de tiempo.

Estas proyecciones muestran una curva alta y acentuada cuando se registra un fuerte aumento en el número de casos por día seguido de una disminución rápida. En contraste, un aumento gradual del número de casos seguido de una disminución progresiva crea una curva más plana. El un lapso de tiempo determinado, el número de personas infectadas podría ser aproximadamente el mismo, pero la diferencia está en el número de casos diarios.

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Capacidad limitada

Esto es importante porque los sistemas de salud cuentan con un número limitado de hospitales, médicos, camas e incluso kits de prueba, por lo que se tiene una capacidad establecida de la cantidad de personas que se pueden tratar por día.

Una curva más acentuada probablemente excedería esa capacidad, lo que significa que las personas quedarían esperando días para ser atendidas y tratadas por profesionales médicos. Por lo tanto, cuanto más plana sea la curva, más probable es que caiga por debajo de esa capacidad máxima, lo que permitiría a los pacientes acceder a los recursos que necesitan.

El objetivo de estas medidas es erradicar la enfermedad, sino en retrasar el pico del brote, y con ello descomprimir la carga sobre los hospitales y la infraestructura de salud.

Ahí es donde las medidas de contención, teniendo al distanciamiento social en rol protagónico, cobra relevancia, ya que están enfocadas en evitar que las personas se expongan a lugares en los que es posible entrar en contacto con el virus por exposición directa o por contacto con superficies potencialmente contaminadas.

Esas medidas, en particular la búsqueda intensiva de casos y la aplicación estricta del aislamiento y la cuarentena, pueden potencialmente “encoger” la curva, dando lugar a muchos menos casos y muertes en general.

Nuestra mejor oportunidad

Para muchos, eso significa trabajar desde casa y permanecer en el hogar en lugar de salir a bares o restaurantes, y aunque para muchos significa un gran esfuerzo, los funcionarios de salud pública señalan que es nuestra mejor oportunidad para reducir la transmisión del virus.

Cuanto más plana sea la curva, es más probable que los sistemas de salud no se vean abrumados.

Los investigadores explican que el objetivo de estas medidas no se centra en erradicar la enfermedad, sino en retrasar el pico del brote, y con ello descomprimir la carga sobre los hospitales y la infraestructura de salud.

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Pero este “encogimiento” supone consecuencias preocupantes, ya que extiende la duración de la epidemia. Esto implica que las medidas de distanciamiento social, con sus devastadoras repercusiones económicas y sociales, pueden tener que continuar durante más tiempo.

Si bien las respuestas farmacéuticas a la enfermedad –vacunas y tratamientos– son vitales para erradicarla, lleva tiempo desarrollarlas. En este complejo contexto, el distanciamiento social para encoger la curva puede ganar ese tiempo sin abrumar los sistemas de atención médica, lo cual, al menos hasta ahora, parece ser la manera más adecuada de afrontar la pandemia.

Referencia: We can “shrink” the COVID-19 curve, rather than just flatten it. University of New South Wales Newsroom, 2020. https://bit.ly/2QI5rVH

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