Para muchos, la magnitud de la crisis del coronavirus en curso recuerda eventos que reestructuraron la sociedad, como los atentados del 11 de septiembre o la crisis financiera de 2008, los cuales afectaron la forma en viajamos, compramos casas, el nivel de seguridad y vigilancia que estamos acostumbrados, e incluso al lenguaje que usamos.

La pandemia que nos mantiene encerrados en nuestros hogares, tal vez durante meses, no solo pone de relieve nuestra fragilidad física, sino que socava la seguridad económica, altera profundamente la cotidianidad, causa estragos en los planes y nos aísla de amigos y vecinos.

Profundo efecto interno

Las fuerzas estresantes desencadenadas por esta pandemia están ejerciendo un profundo efecto interno. Poco a poco, estamos cambiando quiénes somos, cómo pensamos, cómo nos relacionamos con los demás y lo que valoramos.

Esta crisis ha inducido una gran incertidumbre, lo que en combinación con el peligro que representa, configuran la receta para obtener angustia severa. La inseguridad generada por la crisis coronaviral alimenta un intenso deseo de certeza, un efecto mejor conocido por los psicólogos como la necesidad de un cierre cognitivo.

Nos convertimos en adictos a las noticias de última hora, con la esperanza de que el próximo ciclo finalmente proporcione la iluminación que tanto anhelamos.

Una vez que se despierta, la necesidad de cierre fomenta el ansia de obtener información confiable, el deseo agudo de disipar la ambigüedad paralizante que nos envuelve. Anhelamos claridad y orientación, una “luz al final del túnel”, un pasaje que en este momento aparece sin fin.

Pero la investigación sobre la necesidad de cierre cognitivo nos muestra mucho más: en condiciones de incertidumbre difusa, como la que estamos experimentando, las personas se sienten atraídas, como por un imán, a soluciones simplistas y a razonamientos pragmáticos.

Valores modificados

Algunos gravitan hacia el polo de la negación, considerando que nada está mal, mientras que otros entran en pánico total, con la creencia de que lo peor está por venir y que “el final” está cerca.

Una consecuencia de la impotencia ante la pandemia es nuestra mayor sociabilidad, un anhelo de calidez y socorro. Junto con el creciente apego a los demás viene un cambio sutil en nuestra moral.

Las fuerzas estresantes desencadenadas por esta pandemia están ejerciendo un profundo efecto interno.

Se priorizan los valores comunales de cooperación, consideración y cuidado, mientras que el prestigio, la popularidad y el poder pierden parte de su ascendencia.

Nuestros ideales culturales se transforman. En tiempos de crisis, celebramos y otorgamos una gran importancia a las personas que sirven a los valores comunitarios, brindan una mano amiga a los demás, sacrifican sus propios intereses por el bien común, muestran empatía y modelan la humanidad.

Debido a que todavía quedan preguntas cruciales sin respuesta sobre este virus y la enfermedad que causa, no sabemos cómo se desarrollará esta pandemia. Lo que sí sabemos es que la crisis generada por el coronavirus tiene el potencial de alterar quiénes somos, al afectar diversas facetas de nuestra psique.

Referencias:

The Psychology of Closed Mindedness. Psychology Press, 2013. https://doi.org/10.4324/9780203506967

God and the government: Testing a compensatory control mechanism for the support of external systems. Journal of Personality and Social Psychology, 2008. https://psycnet.apa.org/doi/10.1037/0022-3514.95.1.18

Individual differences in need for cognitive closure. Journal of Personality and Social Psychology, 1994. https://doi.org/10.1037/0022-3514.67.6.1049