Tan solo unos meses atrás, el mundo no conocía el COVID-19. Ahora, nos encontramos en medio de una pandemia mundial y, al mirar atrás, siempre nos preguntamos qué podríamos haber hecho para evitarlo.

Entre todos los factores que se confabularon para evitar que pudiéramos detener la epidemia a tiempo, hay un evento que destaca entre todos y ese es el injusto trato que recibió el doctor Li Wenliang.

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El oftalmólogo de 34 años fue el primero en notar la presencia de una nueva enfermedad similar al SARS que comenzaba a presentarse en sus pacientes. De inmediato, intentó alertar a todos, pero las circunstancias de su sociedad no se lo permitieron.

Li notó mucho antes que cualquiera que algo andaba mal

Para el 30 de diciembre del 2019, ya varios ciudadanos de Wuhan se encontraban sometidos a una cuarentena en el hospital en el que trabajaba Li. Se había rastreado el origen de la enfermedad hasta el mercado de Hubei, pero no se sabía mucho más al respecto.

Al ver los análisis, Li notó que la nueva enfermedad era muy similar al SARS que azotó a China hace casi dos décadas. Ese mismo día, a través de un chat privado con algunos colegas de la escuela de medicina les advirtió de sus sospechas.

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Asimismo, les sugirió que comenzaran a usar protección especial para tratar los casos nuevos de la enfermedad (mascarillas, guantes, batas, etc). Sin embargo, sus palabras no ocasionaron la reacción que estaba esperando.

Censurado por “esparcir rumores falsos e ilegales”

Casi inmediatamente después, en la primera semana de enero de este 2020, un grupo de oficiales de gobierno chino se presentaron en su oficina. Allí, lo acusaron de “esparcir rumores falsos e ilegales que alteraban el orden de la sociedad”.

En ese mismo momento, le presentaron un documento en el que se estipulaba la acusación por escrito y se le ordenó que firmara para declarar su comprensión de la situación y su compromiso a no recurrir en ella. Li se vio obligado a escribir “lo comprendo” en el documento y a aceptar por escrito que sus preocupaciones eran solo “rumores”.

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No hizo falta mucho tiempo para que la palabra de Li se viera reivindicada. Poco después de esta situación, muchos más casos del contagioso coronavirus se comenzaron a presentar en Wuhan, todos provenientes de Hubei, del mercado antes mencionado.

Sin embargo, para este momento las autoridades aún no le habían indicado al personal médico que debía usar protecciones espaciales para tratar a los pacientes. Como consecuencia, la cadena de contagio se hizo incluso más extensa.

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El 10 de enero el propio Li comenzó a presentar los síntomas de la enfermedad y muchos días más tarde, el 31 de enero, finalmente fue diagnosticado con el COVID-19, que para ese momento aún solo era un nuevo tipo de coronavirus sin nombrar.

Un día antes de recibir los resultados, Li publicó en la red social china, Weibo (el equivalente a nuestro Twitter), fotografías de él en la cama del hospital donde lo estaban tratando.

Ahora, sabemos que solo el 20% de los casos de coronavirus son graves y desarrollan alguna complicación. Lastimosamente, Li fue parte de ese porcentaje y terminó por presentar un cuadro de neumonía.

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Su condición generó tanta indignación en el público contra el gobierno chino como apoyo en el mismo para el doctor. Li, para ese momento, se comunicaba por videollamadas con su esposa embarazada y su hijo de 4 años, y se veía bastante esperanzado en conseguir una recuperación.

Incluso, en varias entrevistas que le realizaron medios de todo el mundo, declaró que su siguiente paso una vez se recuperara sería unirse a las filas de doctores que luchaban contra el coronavirus. Declaró que allí se encontraba su responsabilidad y que no quería ser un desertor.

La muerte de Li ha dejado una gran marca en la memoria del país

Lastimosamente, Li no tuvo la oportunidad de recuperarse. El 7 de febrero de este año Weibo se sacudía entre mensajes de ánimo para el doctor, que se encontraba en una condición crítica, y críticas contra el manejo de la situación del coronavirus que había tenido el gobierno.

Muchos ciudadanos criticaban la falta de libertad de expresión y declaraban que, de haber un sistema más abierto, muchas vidas podrían haberse salvado. La madrugada de ese jueves finalmente el hospital comunicó el deceso del doctor Li Wenliang, también a través de Weibo.

Dentro del escrito, aseguraron que hicieron todo lo posible por ayudarlo, pero que su condición crítica no les permitió salvarlo. La tristeza que inundó la red pronto se convirtió en rabia y el clamor de que la libertad de expresión hubiera salvado vidas –incluida la de Li– se hizo más fuerte.

El gobierno había ofrecido disculpas a Li, luego de que el país se declarara en estado de emergencia el 20 de enero. Pero ello no logró aplacar la indignación del público. Junto a Li, otros 7 doctores intentaron dar a conocer la situación del coronavirus cuando este apenas estaba empezando, pero sufrieron las mismas represalias legales.

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Asimismo, los comentarios de crítica prácticamente han desaparecido de la red social, quedando solo unos pocos. Parece que la lección aún no ha sido aprendida.

En cualquier caso, aunque los comentarios no estén, la memoria de Li no podrá ser borrada y tampoco los recuerdos de sus valientes acciones como el “doctor héroe”, título que le ha otorgado la propia población China. Cabe pensar ahora que Li habría estado feliz de ver a su nación recuperarse como lo ha hecho de esta pandemia, ya que, después de todo, todo lo que él quería era ver sano a su pueblo.

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