El coronavirus se ha abierto paso por el mundo de una forma muy acelerada. A menos de tres meses de su detección, el mismo ya ha logrado afectar a más de la mitad de los países del mundo y la OMS lo ha clasificado como una pandemia global.

Con este avance tan pronunciado, las diferentes naciones que se han visto afectadas se han quedado en la necesidad de tomar medidas rápidas. Para ello, han sido diversas las tácticas implementadas.

Por una parte las campañas de prevención se han vuelto una necesidad, por otra, los sistemas de salud del mundo se preparan para recibir a grandes números de pacientes y hacer pruebas periódicas a los ciudadanos para descartar la presencia del coronavirus en sus sistemas.

Asimismo, como un punto adicional para preservar la salud, se busca determinar a los individuos que se han contagiado y con quiénes han interactuado. Ello con el fin de detectar lo más rápido posible la cadena de contagio y detenerla antes de que se salga de control.

Los límites de la privacidad

Aunque ello suena bien en papel, el realizarlo implica hacer una labor de investigación que directamente se adentra en el territorio privado de los pacientes. Sin embargo, debido a las circunstancias, el modo en el que se maneja la privacidad cambia.

En estos casos, si la información es vital para el conocimiento y beneficio público, entonces tendrá que ser investigada y publicada –aunque ello en otros ámbitos sea una clara violación a privacidad de los afectados.

Este tipo de investigación también puede ser aplicada para descubrir el origen de contagios masivos. Tal como se resalta en las redes sociales, durante esta pandemia, la mejor opción parece ser suspender los eventos multitudinarios. Ya que podrían convertirse en un epicentro de contagio y serían rápidamente señalados como los responsables luego de un proceso de investigación.

Identificar las cadenas de contagio puede ser vital en esta etapa

Las labores de investigación por una parte pueden parecer invasivas, sin embargo, aún se rigen por ciertas limitaciones. Además, hacen hincapié en liberar solo la información que de verdad podría ser útil para el público y reservar los datos personales que solo podrían originarle al paciente un perjuicio.

Con esto presente, la labor de rastrear los contactos directos y lejanos de los infectados se trata de una tarea de peso, sobre todo en este punto de la pandemia en la que la misma ha llegado a muchos países, pero solo se expresa en conteos de miles en unos pocos.

Acá, el rastrear dichas cadenas, como si de un árbol familiar se tratara, se podría evitar que aquellos países que han visto pocos casos hasta la fecha deban enfrentarse a brotes sorpresivos y descomunales como los que se dieron en Italia, Irán, España y hasta Corea del Sur.

Las primeras tres están comenzando a tomar medidas drásticas para controlar sus brotes, mientras que Corea del Sur ya ve los frutos de sus rápidas acciones. Mucho de su éxito se debió a su veloz decisión de suspender las actividades en el país e iniciar una labor de seguimiento que les ha permitido descubrir el mayor número de casos leves, dar atención más temprana a los afectados y reducir la tasa de mortalidad a solo un 0,5% (cuando en el mundo el promedio es de 3%).

El coronavirus evoluciona

Este esfuerzo por identificar, aislar y tratar las cadenas de contagio nace del deseo de mantener un control de los caminos que ha usado el coronavirus para esparcirse. Es claro que, desde su origen en China, el SARS-CoV-2 ha ido evolucionando de forma mínima pero sostenida.

Por lo que, con un análisis de su ARN, es posible determinar a qué cadena de contagio pertenece y cuál ha sido la ruta que ha seguido. Con ello, no solo se determinan los individuos que han sido partícipes de la cadena, sino la cepa de la que esta ha derivado y, a largo plazo, también se identifica el punto de origen de la misma y cómo esta se conecta con el epicentro original en Wuhan.

Este estilo de investigación inverso puede ayudar a los científicos a comprender los patrones evolutivos del coronavirus. Desde su aparición en China, el causante del COVID-19 mostró ser al menos un 20% distinto a los otros coronavirus ya conocidos. Ahora, con los nuevos datos se pueden hacer más y mejores proyecciones sobre el rumbo que seguirá el virus y, a la larga, también sobre los elementos que podrían servir para combatirlo.

La vacuna aún está lejos

Según los entes especializados, al menos hace falta un año para que se desarrolle, ponga a prueba y se oficialice una vacuna contra el SARS-CoV-2. Por lo que, desde el punto de vista de los ciudadanos, la prevención con adecuada higiene y aislamiento social sigue siendo la mejor alternativa. Por su parte, para los organismos gubernamentales el vital mantener informada a su población, ofrecer un sistema de cuidados adecuado y continuar con las investigaciones de forma que los casos de coronavirus puedan detectarse de forma temprana y poner en sobre aviso (y cuarentena) a todos los posibles afectados.