La vida de Julian Assange ha sido de todo menos tranquila, una vez un pequeño nómada australiano con interés y talento para las matemáticas y la informática, ahora es una de las personas más mediáticas del cibermundo por haber retado al gobierno estadounidense al revelar información confidencial en su organización Wikileaks.

Acusado además por acoso sexual, Assange enfrenta hoy la posibilidad de ser extraditado a Estados Unidos de ser hallado culpable.

Desde 2010, el nombre de Assange ha estado en la palestra desde que Wikileaks filtrara documentos clasificados, inundando así los titulares y portales de noticias a nivel mundial. Su asilo en la embajada de Ecuador de Londres durante siete años terminó con el pase de testigo de Rafael Correa a Lenín Moreno, cuyo gobierno decidió entregarlo a la justicia en 2019.

Estados Unidos acusa a Julian Assange de 18 delitos, con los cuales, de ser declarado culpable, podría enfrentar una eterna sentencia de 175 años en la cárcel. Mientras esperamos el veredicto del futuro del fundador de Wikileaks, conozcamos un poco más sobre su vida e influencia en el cibermundo:

Una infancia nómada y primeros años como hacker

Assange nació en Australia, en el estado de Queensland, el tercero más popular del país. Con una madre artista y un padre que era activista anti guerra –y que pasaría a ser sustituido por otras figuras paternas más adelante en su vida, el cofundador de Wikileaks creció como nómada entre al menos 30 ciudades de Australia en la década de los setenta.

A los 18 años tuvo a su primer hijo con su entonces esposa, pero la relación no prosperó y decidieron separarse, iniciando así un intenso proceso judicial por la custodia de Daniel, quien ahora trabaja como diseñador de software.

Julian Assange a los 20 años. Imagen: Christine Assange | @MrsC_Assange

Ya entrado a la adultez, Assange estudió matemáticas, física y programación en la Universidad Central de Queensland, pero muchos años antes, específicamente cuando tenía 16 años, Assange comenzó a incursionar como hacker bajo el pseudónimo ‘Mendax’ y también fundó un colectivo de hackers –sí, a lo Mr. Robot– llamado Los subversivos internacionales.

Como podrán comprender, la relación de Assange con la justicia no ha sido precisamente tranquila. Desde asuntos personales, hasta sus andanzas como hacker o justiciero de la verdad, el cofundador de Wikileaks ha tenido que medirse con la ley en otras ocasiones antes del caso que lo llevara a la palestra.

A principios de la década de los noventa, la Policía Federal de Australia descubrió que Assange estaba hackeando el terminal maestro de Nortel, una de las compañías en telecomunicaciones más importantes de Canadá.

Tras rastrear su línea telefónica –estos eran los noventa, por lo que la conexión era a través de un módem directo a la computadora–, la policía allanó su casa y años más tarde se le acusó de 31 cargos relacionados con hackeo, de los cuales solo se declaró culpable por 24 y tuvo que pagar una multa por reparaciones de 2.100 dólares australianos que equivalen a unos 1.386 dólares estadounidenses, aproximadamente.

El precio de la verdad

A pesar de esta sentencia, Assange no abandonó su pasión y continuó ampliando su currículum con nuevos proyectos como Suburbia Public Access Network, uno de los primeros proveedores de servidores públicos en Australia, además de otros relacionados con programación y encriptación como PostgreSQL y el sistema Rubberhose, respectivamente.

Adicionalmente, contribuyó como asesor técnico de la Policía de Victoria en el departamento de investigación por explotación infantil, y estos conocimientos dieron pie a una serie de juicios referentes a este tema.

Para 1999, en plena burbuja del dot.com, Julian Assange había reservado el dominio leaks.com y aunque sabía que quería aprovecharlo como una fuente de información no fue sino hasta 2006 que fundó Wikileaks con una comunidad de colaboradores en la web con la intención de filtrar documentos confidenciales.

La línea de contenido quedaría marcada en 1999 cuando Assange publicó una patente de una tecnología que la Agencia de Seguridad Nacional –NSA, por sus siglas en inglés– utilizaría para recoger datos de voz. Para entonces, la única publicación del dominio advertía:

“Esta patente debería preocupar a la gente. Las llamadas de todos al otro lado del océano podrían grabarse, transcribirse y archivadas en los archivos de una agencia de espías irresponsable”.

Al respecto de esta línea de contenido, Suelette Dreyfus, una académica que trabajó con Assange y autora del libro ‘Underground’ expresó que el cofundador de Wikileaks estaba “bastante interesado en el concepto de la ética, conceptos de justicia, lo que los gobiernos deberían hacer o no”.

Julian Assange fue el editor en jefe de Wikileaks desde 2007 hasta 2010.

A sabiendas de lo que estaba por iniciar y de las posibles consecuencias que acarreaba una misión como esta, Assange se blindó para dar arrancar esa travesía que luego le traería tantos problemas. En una entrevista para la BBC en 2011, Assange explicó que tuvieron que encriptar toda la información, “mover telecomunicaciones y a personas alrededor del mundo para activar leyes de protección en diferentes jurisdicciones nacionales”.

Es aquí cuando el carácter nómada de su infancia sale a relucir de manera positiva, en tanto que tradujo este estilo de vida en la organización de Wikileaks, en tanto que las sedes eran cambiantes y temporales.

La caja de Pandora

Entre los principales medios que publicaban información filtrada por Wikieleaks destacan The New York Times, Washington Post y The Guardian.

Wikileaks destapó secretos de estado de diversos países que desembocaron en escándalos como los ataques de dron en Yemen, el ‘Petrogate’ en Perú, protestas de los monjes tibetanos en China y casos de corrupción en Medio Oriente.

Un sinfín de listas de secretos y archivos clasificados desfilaron por Wikileaks y por la prensa, no obstante, no fue sino hasta que Estados Unidos vio su nombre en las publicaciones cuando las cosas comenzaron a ponerse feas para Assange y séquito.

Apenas comenzaba la era donde la información comenzaba a correr más rápido que la pólvora cuando medios de comunicación comenzaron a hacerse eco de un video titulado ‘Asesinato colateral’. En este video se veía cómo soldados estadounidenses disparaban desde un helicóptero a 18 civiles en Irak.

El material formaba parte del archivo que Chelsea ‘Bradley’ Manning filtró a Wikileaks entre los que se encontraba una buena cantidad de información sensible del gobierno estadounidense como reportes de la guerra de Afganistán y de Irak, así como de la controvertida cárcel de Guantánamo.

Chelsea ‘Bradley’ Manning fue el soldado estadounidense que filtró los documentos a Wikileaks, En 2016, Assange evaluó aceptar la extradición sin Obama la perdonaba.

Evidentemente, tras la publicación de cientos de documentos de este estilo y millones de emails de compañías de inteligencia, tras verse afectadas las relaciones diplomáticas de Estados Unidos con otras naciones, Assange se había convertido en un enemigo público.

La idea de libertad de expresión que presentaba Julian Assange dividía opiniones sin tonos medios. Lo apoyabas o lo condenabas, no había grises. El ala izquierdista de la política mundial apoyaba su labor, mientras que aquellos más aferrados a las derechas –y básicamente todos los políticos estadounidenses, republicanos o demócratas– la condenaban.

La administración de Barack Obama inició una campaña férrea contra Assange, siendo el entonces vicepresidente Joe Biden uno de los funcionarios que más rechazo expresó contra el cofundador de Wikileaks, llamándolo un “terrorista de alta tecnología”.

La acusación que lo desencajó

Hay que ser honestos, quien intenta desafiar el sistema estadounidense normalmente termina en buenas condiciones, mucho más si es al gobierno al que intenta exponer. Gracias a los aprendizajes nómadas que Assange obtuvo durante su infancia, la idea de ser juzgado por alguna de las publicaciones de Wikileaks era intrincada porque había blindado su huella en lo que a jurisdicción se refiere.

En 2011 Assange se sentía muy seguro de salirse con la suya, pues había expresado a la BBC que se habían “vuelto muy buenos [en dispersar datos e información en diferentes países]” y que “nunca habían perdido un caso”. Sin embargo, esta seguridad estaba por evaporarse.

De ser declarado culpable, Julian Assange podría ser extraditado a Estados Unidos como espía extranjero y enfrentar 175 años de cárcel.

En 2010, Suecia acusó a Julian Assange por acosar sexualmente a dos mujeres y emitió una orden de arresto en la Interpol. Tras una serie de altos y bajos, el caso se cerró en 2015, mientras estaba asilado en la embajada de Ecuador en Londres, pero tras haberle negado el asilo en 2019, Suecia volvió a atacar reabriendo el caso, mientras que Estados Unidos presentó 17 cargos en su contra relacionados con la Ley de Espionaje de 1917. Desde 2019 se encuentra recluido en una cárcel de máxima seguridad en Londres, a la cual fue trasladado desde que lo apresaron en la embajada de Ecuador.

Para Estados Unidos, Assange es un espía extranjero y consecuencia debe ser extraditado al país para responder a la justicia. Desde la perspectiva del fundador de Wikileaks, se ampara bajo la Primera Enmienda que protege la libertad de expresión de los ciudadanos, pero con respecto a esto, la administración de Donald Trump ya ha puesto la sentencia al alegar que “el periodismo no es excusa para romper las reglas”.

El rockstar de las filtraciones

Seguidores de Assange lo ven como un justiciero de la verdad y tildan el juicio de extradición como una excusa política por callar los secretos que ya se han ventilado.

El caso ha estado motivado por causas políticas, según dicen sus defensores, e incluso se temía por la integridad física de Assange y de sus familiares. Para los seguidores del fundador de Wikileaks en Londres, la actitud de la justicia británica ha sido complaciente con la administración de Trump y estarían colaborando en la dura persecución contra un presunto vigilante de la información.

Es natural que Julian Assange se haya convertido en un ídolo en la generación de Anonymous, donde el internet se ha vuelto clave en la revelación de los secretos de estado que tienden a perjudicar a la población.

Si bien la utopía de contar ser nosotros mismos quienes desenmascaremos al sistema suena muy poderosa, la verdad es que si observamos el historial de personajes como este –recordemos a Edward Snowden– aún estamos muy lejos de convertirnos en V de ‘V for Vendetta’ o en Elliott de ‘Mr. Robot’.

En pocos días sabremos el destino de Julian Assange y de Wikileaks, quien por seguir su pasión de ser vigilante de la información podría enfrentar 175 años de cárcel.