A inicios de la década de 1990, más de 100,000 niños en Rumania vivían en orfanatos superpoblados, con muy pocos recursos y teniendo un contacto prácticamente nulo con sus cuidadores.

Curiosamente, esto no solo dejó una huella emocional en sus vidas, sino también a nivel de sus cerebros que, según se informó tiempo después, sufrió alteraciones tanto en estructura como en funcionamiento. Esto sustenta el hecho de la mayoría de los niños desarrollaron problemas emocionales y de conducta que aún se hacen evidentes en la actualidad.

Este hecho ha llamado la atención de un grupo de neurocientíficos de Northeastern, quienes se interesaron por entender los cambios físicos en el cerebro causados por el abandono. En su artículo publicado en eLife indican que experimentando con ratas hembras observaron que dos áreas del cerebro desarrollaron conexiones anormales. Y precisamente estas coincidían con la actividad anormal observada en las imágenes de los cerebros de los niños criados en orfanatos, o que han sufrido alguna forma de maltrato grave.

Ratas jóvenes separadas de sus madres

Los investigadores separaron cachorros de ratas machos y hembras de sus madres durante tres o cuatro horas todos los días durante su infancia para simular la vida de los niños en un orfanato. Los separaron en áreas cálidas con ropa de cama que olía a su madre y a sus compañeros, pero sin ningún contacto con ellos.

“Lo que una rata joven, al igual que un humano joven, más necesita para su bienestar es atención y cuidado adecuados”, dice Heather Brenhouse, profesora asociada de psicología en Northeastern. “Si perturbas la relación entre el bebé y la madre de alguna manera, esa es la mejor manera de modelar la adversidad en la vida temprana”.

“Imita mucho la situación de esos niños institucionalizados, donde estaban en pequeñas cunas individuales, solos y no atendidos por un largo período de tiempo. Eso induce muchos de los mismos cambios de respuesta al estrés y cambios de comportamiento y cambios cerebrales que se corresponden bastante bien con lo que vemos en los humanos”.

Conexiones entre la amígdala basolateral y la corteza prefrontal

Los investigadores inyectaron un tinte en el cerebro de cada rata para observar el desarrollo de las conexiones entre la amígadala basolateral y corteza prefrontal. Crédito: Ruby Wallau/Northeastern University.

El estudio se centró en las conexiones entre la amígdala basolateral, parte de una estructura con forma de almendra escondida cerca de la sien, y la corteza prefrontal, ubicada justo detrás de la frente. A la amígdala basolateral le inyectaron un tinte con el fin de observar cómo se desarrollaban las conexiones en los cerebros de las ratas conforme se extendían hacia la corteza prefrontal.

Los investigadores notaron que había diferencias importantes entre hombres y mujeres en la forma en que se formaban las conexiones en diferentes puntos del desarrollo. En general, las ratas hembras separadas de su madre mostraron un exceso de nuevas conexiones que creció rápidamente al principio el desarrollo. Mientras que los machos notaron este mismo crecimiento nervioso pero mucho más tarde en comparación con ellas.

Los animales con este exceso de inervación tenían una comunicación anormal entre la amígdala y la corteza prefrontal. Y como es de esperar, los cerebros con dichas anomalías funcionaron de manera diferente a la habitual. Observaron que estos eran más propensos a “comportamientos desadaptativos” como la ansiedad.

Preparación para traumas futuros

Los autores tratan de explicar este fenómeno a través de la misma definición de ansiedad. El circuito de los cerebros de las hembras separadas de sus madres se desarrollaba de manera acelerada, como si estuviera tratando de adaptarse al trauma temprano. Pero a su vez, estas conexiones precoces y exageradas trataban de adelantarse a amenazas posteriores dando lugar a una especie de hipersensibilidad.

Fue así como este estudio logró comprobar, luego de varios estudios enfocados en machos, que esta inervación temprana supone una vulnerabilidad única para las mujeres. Pero hay algo bueno, y es que estos cambios no tienen que ser permanentes. El simple hecho de comprender estas diferencias entre cerebros masculinos y femeninos puede ser de utilidad para desarrollar mejores intervenciones y terapias que puedan abordar el problema a tiempo.

Referencia:

Altered corticolimbic connectivity reveals sex-specific adolescent outcomes in a rat model of early life adversity. https://elifesciences.org/articles/52651