El pensamiento crítico y la curiosidad muchas veces han sido lo que ha ido de la mano con los más grandes descubrimientos en sus diferentes campos. En esta oportunidad, vamos a tomarnos un tiempo para hablar de una de las mujeres más representativas del campo de la ciencia y de la astrofísica en la actualidad: Jocelyn Bell Burnell.

Ella, desde sus primeras incursiones mantuvo una actitud de dedicación que le permitió definitivamente destacarse entre el montón. Sin embargo, el ser muy joven y una mujer en un campo dominado principalmente por hombres, le supuso más retos de los que uno esperaría que las mujeres tuvieran en la actualidad a la hora de desempeñar cualquier carrera.

Aun así, a pesar de las adversidades, su brillo no ha desaparecido y ha logrado hacerse un lugar en la memoria de todos Ahora, a más de 50 años de su descubrimiento que cambió el mundo de la ciencia, tomemos un momento para recordarla a ella y a su historia.

Sus inicios

El 15 de julio de 1943 Susan Jocelyn Bell dio su primer respiro en Belfast al norte de Irlanda. Desde muy pequeña, mostró una pasión por las ciencias y especialmente con todo lo que tuviera que ver con la astronomía.

A pesar de ello, su desempeño en la escuela no era el mejor y, según una prueba que se realizaban en ese entonces para determinar su capacidad para cursar estudios superiores, Bell se encontraba por debajo del mínimo requerido.

No obstante, sus padres, conociendo su pasión, hicieron caso omiso de esta noticia y la enviaron a estudiar a Inglaterra a una escuela cuáquera. Allí las cosas comenzaron a cambiar y la facilidad de Bell para las ciencias se mostró. Luego de ello, cursó sus estudios en la Universidad de Glasgow. Allí, terminó su licenciatura en física en 1965.

Para ese mismo año, fue admitida en la Universidad de Cambridge para continuar con sus estudios. Ahora, su campo de estudio especializado se trataba del área de la radio astronomía.

En 1968, en pleno proyecto con Hewish, Bell se comprometió y casó con Martin Burnell de quien tomó el apellido para tener el nombre por el que hasta ahora se la conoce, Jocelyn Bell Burnell. Su matrimonio duró hasta 1993 cuando finalmente se divorciaron, ambos tuvieron un hijo y por un tiempo Bell se alejó de su propio campo de estudios, pero nunca desapareció por completo. Sobre todo, porque para el momento de su matrimonio, su nombre ya estaba escrito en la historia de la ciencia.

Bell comienza a resaltar

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En Cambridge, Bell era una de las estudiantes que tenían como tutor al profesor Anthony Hewish y a su asistente, Martin Ryle. Ambos se encontraban en un estudio que tenía como fin motitorear quásares en el espacio e identificar nuevos.

No obstante, para poder hacerlo primero era importante construir un telescopio con la capacidad para detectar las ondas y registrarlas apropiadamente. Para ello, Bell fue parte de un grupo de estudiantes con la tarea de construir el telescopio bajo la supervisión de Hewish.

Para cuando este , solo estuvo terminado quedaba Bell en el grupo y, por lo tanto, ella fue la encargada de estudiar las señales captadas por el telescopio. Durante meses, ella solo revisó documentos y documentos con datos sobre las ondas recibidas, hasta que una anomalía llamó su atención.

Una anomalía que luego se convirtió en un descubrimiento revolucionario

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Dentro de las ondas captadas, en un mismo punto del espacio, cada cierto tiempo se presentaba una anomalía que no parecía provenir de ninguna de las fuentes de energía que conocían hasta el momento.

Al notar esto, Bell fue a comunicárselo a Hewish, quien, en un primer momento desechó la anomalía como algo creado artificialmente. Por lo que, consideraba que no había que prestarle demasiada atención.

No obstante, Bell tenía la sensación de que había más. Sobre todo, porque la anomalía ya se había venido presentando por meses. Y, por que, además, al buscar concienzudamente en los archivos, pudo encontrar anomalías similares, e igual de constantes, en otras áreas del cielo.

Proyecto: Little Green Men

Finalmente, Hewish dio el visto bueno para que se comenzara a investigar y llamó al proyecto LGM-1 (Little Green Men) como una ironía, porque seguía considerando que lo visto por Bell no podía ser algo generado en el espacio.

Rápidamente quedó claro que sus dudas estaban infundadas cuando, gracias a las observaciones de Bell, se hizo un descubrimiento que cambió el mundo de la ciencia. Fue posible detectar que las anomalías que creaban ondas constantes, siempre con 1,3 segundos de separación entre ellas.

Llegan los púlsares

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Estos, pudieron notar que eran pulsos emitidos por estrellas pequeñas que morían y no tenían la potencia para crear un agujero negro. Por nombre, dichos pulsos terminaron por ser conocidos como púlsares (en inglés, pulsars, la mezcla entre pulse y star).

Dichos pulsos eran emitidos de forma constante e ininterrumpida por las estrellas. Sin embargo, como estas giraban sobre sí mismas, desde la Tierra el telescopio, sus emisiones se perciben como pulsos espaciados en una cantidad siempre estable de tiempo (1,3 seg.).

Con ello, la ciencia pudo comenzar a usarlos como un referente a través del cual “medir el tiempo” en el espacio. Ya que, sin importar las condiciones de su alrededor, estos pulsos se mantendrían estables, lo que los convirtió en una unidad de medida indispensable para las futuras investigaciones y que permitía contar con una base desde la cual realizar estudios y comparaciones.

El descubrimiento valía un Nobel, pero Bell no lo recibió

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El primer avistamiento de la anomalía ocurrió en 1967. Sin embargo, el estudio completo no llegó al público sino hasta el 24 de febrero en la revista Nature. Desde su publicación, este descubrimiento dejó al mundo de la ciencia revolucionado.

Años más tarde, en 1974 incluso valió un reconocimiento a través del Premio Nobel de Física (convirtiéndose en la primera vez en que este era otorgado al campo de la astrofísica). Sin embargo, Bell no estuvo entre los galardonados de la noche.

De hecho, el premio solo incluyó a Hewish y a Ryle como los autores del descubrimiento. Esta acción generó grandes críticas en el mundo científico. Sobre todo, ya que por vez se pueden galardonar hasta a tres individuos por un descubrimiento. Por lo que, había una posibilidad sin duda de que Bell fuera incluida.

Al ser cuestionada sobre el tema ella dice que aún era una estudiante (ella obtuvo su título el mismo año que la investigación salió a la luz) y que opina que la consideración del Nobel era correcta. Aun así, en el fondo queda la sensación de que tal vez su exclusión de este premio pudo haber sido más por concepciones sociales anticuadas que por un verdadero basamento teórico.

Por suerte, su labor no ha estado libre de reconocimientos

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A pesar de que el Nobel que debió corresponderle no llegó hasta ella. Las actividades de Bell han sido todo menos inadvertidas. Como lo mencionamos antes, Bell estuvo un tiempo un poco más alejada del trabajo cuando estuvo casada.

Sin embargo, nunca se desligó por completo y pasó por muchas grandes universidades ya fuera como profesora o investigadora durante su carrera. Luego de todo el evento con los púlsares, se fue a la Universidad de Southampton a estudiar y luego enseñar sobre el campo de la astronomía de rayos gama.

Luego, otros 8 años de su vida pasaron en el Colegio Universitario de London enseñando sobre astronomía de rayos x. Por otro lado, se asoció como profesora y alumna en Open University mientras también trabajaba en investigaciones de astronomía infrarroja en el Royal Observatory de Edimburgo.

Por si fuera poco, fungió desde el 2001 hasta el 2004 como Decana de Ciencias en la Universidad de Bath. Sumado a ello, fue muchas veces profesora invitada en otras reconocidas instituciones como Princeton y Oxford. Además, durante su carrera recibió múltiples diplomas honorarios en variadas universidades del mundo.

Uno de sus primeros premios fue el Oppenheimer en 1978. Seguidamente, se vio galardonada con la Medalla Herschel de la Royal Astronomical Society en 1989. Luego, en 1999 recibió el título de Comandante de la Orden del Imperio Británico. En el 2007 otro título se le dio al ser nombrada Dama de la Orden del Imperio Británico.

Por si fuera poco, su carrera marcó hitos al ser la primera mujer en presidir la Royal Astronomical Society (2002-2004) y el Instituto de Física (2008-2010). Asimismo, ha sido la presidenta oficial de la Royal Society de Edimburgo desde el 2014 hasta la actualidad.

Una reivindicación

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Jocelyn Bell Burnell con el Premio Especial a la Innovación en Física Fundamental del 2018.

Recientemente, en el 2018, Bell ha recibido un nuevo documento que intenta ser una reivindicación para el Nobel que debió recibir. Este es el Premio Especial a la Innovación en Física Fundamental.

Hasta la fecha, solo se ha entregado 4 veces. Y, Bell comparte el honor de ser recipiente de este galardón con quien fue una de las grandes mentes de la época, Stephen Hawkin.

En total, su el reconocimiento le otorga 3 millones de dólares como un reconocimiento a sus contribuciones a la ciencia. No solo por la aparición de los púlsares en el mapa, sino también por el arduo trabajo que ha realizado por años para representar a las mujeres a otras minorías en el campo de las ciencias.

El papel de la mujer en la ciencia

https://static.nationalgeographic.es/files/styles/image_1900/public/01_jocelyn_bell_burnell_h_8_01836245.jpgDesde el primer momento de Bell puso un pie en Cambridge, irónicamente, ella sentía que no pertenecía allí, una sensación causada por lo que se conoce como Síndrome del Impostor. Sin embargo, decidió tomar todo lo que se le presentaba como un desafío pensando que, si no llegaba a ser suficiente, ella estaría contenta al haber hecho todo lo que podía.

Con su dedicación, ya a más de 50 años de la revelación de su descubrimiento, Bell ha dejado más que claro al mundo y a ella misma que su lugar en el campo de las ciencias es bien merecido.

Basada en su propia experiencia, la científica ha llegado a la resolución de que quiere ayudar a hacer de la ciencia un campo más diverso con mucha más representación de las minorías. Por lo que, ha donado todo el monto de su más reciente premio a una fundación en Inglaterra dedicada a apoyar a minorías interesadas en desempeñarse en el estudio de la física y su ramificaciones.

En la actualidad, aunque las cosas han mejorado, la verdad es que aún falta un largo camino por recorrer para que haya una representación equitativa en el mundo de las ciencias. Por lo que, el papel de la mujer en estas actividades aún se está construyendo.

Sin embargo, lo que queda claro es que, el verdadero punto importante acá no es analizar lo que ya ha pasado, sino continuar desarrollando estrategias en el ahora que permitan hacer cambios en el futuro. Un poco, tal vez, como la propia iniciativa de Bell, que puede verse pequeña en comparación con todo lo que se debe hacer. Pero, a la larga, la combinación de todas estas pequeñas contribuciones podrían convertirse en total en el impulso necesario para que el mundo de las ciencias nivele el campo de juego.