Aunque no lo creas, algo tan sencillo como el hecho de que debemos lavarnos las manos para evitar bacterias era algo muy difícil de entender en el año 1850. En la época, los partos eran muchísimo más riesgosos en los hospitales debido a que las mujeres contraían la infección puerperal, una enfermedad que acababa con entre el 20% y 30% de las madres que daban a luz en estos establecimientos.

Sin embargo, el médico austriaco Ignaz Semmelweis se dio la tarea de encontrar la razón de esta tasa tan alta de mortalidad y lo logró, aunque muy pocos en el área lo apoyaron.

Una vocación

Ignaz Philipp Semmelweis nació en Buda, Hungría (hoy en día, Budapest) en el año 1818, y fue un hombre que se dedicó de lleno al campo de la medicina. En 1844 recibió su título de médico y fue nombrado asistente de obstetricia en Viena, por lo que en esta época se familiarizó mucho con la fiebre puerperal, presente más que todo en aquellas madres que, por falta de recursos económicos, se arriesgaban para asistir a los hospitales públicos a dar a luz a sus hijos.

Muchos pensaban que esta enfermedad era causada por hacinamiento, mala ventilación en los establecimientos, aparición de lactancia o incluso miasma. Sin embargo, Semmelweis quería descubrir la verdadera razón por la que se presentaba, a pesar de que era considerada una enfermedad que no podía prevenirse.

Así, el médico investigó otros casos de parto distintos a los de los hospitales, encontrando que aquellos partos que eran llevados a cabo por parteras tenían una tasa de mortalidad muchísimo menor, de solo 2%.

Es entonces cuando, luego de sus observaciones, Semmelweis presentó la tesis de que quizás los médicos, luego de hacerle autopsias a otras pacientes que fallecían por infección puerperal, le transmitían la bacteria a la siguiente paciente que atendía en trabajo de parto, algo que definitivamente no sucedía con las parteras.

Una instrucción simple

Por eso Semmelweis comenzó a decirle a los demás médicos que se lavaran las manos en una solución de cal clorada antes de atender a los demás pacientes, algo que, por muy insólito que parezca hoy en día, no se había hecho hasta entonces.
Siguiendo sus órdenes, la tasa de mortalidad comenzó a disminuir considerablemente, por lo que le comentó sus hallazgos a su superior, el profesor Klein. Sin embargo, este no aceptó su teoría, pues aseguraba que este cambio se debía a un nuevo sistema de ventilación del hospital.

Cabe acotar también que, para la época, se consideraba que la profesión de medicina era divinamente bendecida, por lo que no tenía sentido pensar que los médicos podrían causar enfermedades. Además, el lavado de manos antes de tratar a cada paciente era demasiado trabajo, por lo que se requeriría de la reconstrucción de hospitales en los que los sumideros y el agua corriente estuvieran al alcance de los profesionales.

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La frustración podía más que Semmelweis, quien, debido a su personalidad egocentrista y testaruda, no publicó sus hallazgos sino hasta 14 años después. Mientras tanto, se encargaba de esparcir estos nuevos conocimientos de boca en boca, lo que logró que las tasas de mortalidad en Viena disminuyeran de casi 30% a tan solo 2%. Incluso propuso posteriormente que también se lavaran los utensilios médicos y esta tasa bajó a 1%.

En 1850 se trasladó a Pest y trabajó en el Hospital St. Rochus, y en ese tiempo una epidemia de fiebre puerperal atacaba con fuerza la ciudad. El doctor se puso manos a la obra y se encargó de liderar el departamento de obstetricia indicando que era indispensable el lavado de manos para atender a las pacientes. En ese hospital, la tasa de mortalidad se mantuvo en tan solo 0,8%, mientras que en en Praga y Viena, la tasa todavía era del 10% al 15%.

Para el año 1855 ya era profesor de obstetricia en la Universidad de Pest y sus teorías ya comenzaban a ser aceptadas en Hungría, aunque muchos aún se encontraban reacios a las mismas. Seis años después publicó su obra ‘La Etiología, concepto y profilaxis de la fiebre puerperal’, pero no obtuvo el resultado esperado.

A eso le siguieron años de controversia en los que él insultaba a los doctores que se negaban a aplicar las medidas. En una ocasión escribió lo siguiente a un doctor: “Si usted, Herr Hofrath, sin haber refutado mi doctrina, continúe entrenando a sus alumnos en contra de ella, declaro ante Dios y el mundo que usted es un asesino y que la ‘Historia de la fiebre infantil’ no sería injusta para usted si lo conmemoraron como un Nerón médico”. Estas respuestas evidentemente causaban rechazo hacia él y hacia lo que profesaba.

Esto se acumuló lentamente en la mente de Semmelweis, hasta que en 1865 sufrió de un colapso que lo llevó a ser internado a un hospital psiquiátrico. Irónicamente, poco tiempo antes de eso, el doctor había sufrido de una herida en su mano derecha resultado de una operación, y se infectó de la enfermedad por la que había estado luchando toda su vida. Días después, a la edad de 47 años, falleció en el hospital psiquiátrico a causa de esta afección.

Todo lo que luchó el doctor Semmelweis en vida no fue en vano, pero sí fue tardía la verificación de su teoría. Al menos veinte años después de su muerte, después de que Pasteur, Koch y Lister mostraran más evidencia de la teoría de los gérmenes y las técnicas antisépticas, se valoró el esfuerzo por el lavado de manos.

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