Hacia 1980 los casos de VIH en África eran de lo peor que había vivido la humanidad. Las personas se deterioraban y morían de una forma terrible a raíz de esta enfermedad, pero Frank Plummer, junto a muchos otros investigadores, se mantuvieron allí para desarrollar tratamientos, obtener financiamiento y hacer investigaciones acerca de la propagación de la infección.

Sin embargo, seguía siendo muy difícil sobrellevar la situación. Plummer comenta que esta era una época de mucha tensión en Kenia: “Me sentí como un bombero o algo así, pero el fuego no se apagaba”.

Por eso comenzó a consumir whisky para relajarse y apaciguar un poco el dolor y la desesperación ante tal panorama. Al principio solo eran unos vasos al final de la jornada, pero el problema real vino cuando lo conviritó en un hábito que luego se volvió en uno muy difícil de superar.

La verdad es que Plumer no se estaba dando cuenta de la gravedad de su situación hasta que tuvo que someterse a una cirugía de transplante de hígado por insuficiencia hepática crónica. Aún así, ya era demasiado tarde, pues su adicción al alcohol ya era bastante fuerte y recayó en la bebida.

Probó todo tipo de tratamiento para calmar su sed. Fue a terapias grupales, participó en programas de rehabilitación, tomó medicamentos y mucho más, pero cada uno funcionó de forma temporal, siempre volvía a recaer en el alcohol.
Entonces decidió que necesitaría de una solución clínica más sólida.

Estimulación Cerebral Profunda

Así, Plummer encontró a unos neurocirujanos del Hospital Sunnybrook, en Toronto, quienes le propusieron un nuevo método experimental llamado Estimulación Cerebral Profunda (ECP). La idea era someterse a un ensayo quirúrgico que buscaba probar la efectividad de la ECP para tratar problemas de adicción como el suyo.

Este tipo de estimulación no es tan nueva como parece. Se ha utilizado desde hace más de 25 años para tratar los trastornos motores, tal como es el Parkinson. De hecho, se han hecho unas 200.000 cirugías ECP a lo largo del mundo y todas se han enfocado en el sistema nervioso. Ahora, debido a la efectividad de la misma, se están llevando a cabo estos ensayos clínicos para tratar otro tipo de afecciones, como estrés postraumático, trastorno obsesivo compulsivo, depresión y, por supuesto, trastornos por consumo de alcohol.

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El autor principal del estudio y responsable de la cirugía de Plummer, Nir Lipsman, asegura que lo que cambia es la parte del cerebro en la que se trabaja: “Para cosas como la enfermedad de Parkinson trabajamos con los circuitos motores del cerebro. En el trastorno por consumo de alcohol, trabajamos con los circuitos de placer y recompensa que hay en el cerebro”.

Su tratamiento consiste principalmente en implantar un dispositivo en el cerebro del paciente que estimulará los circuitos del cerebro donde haya una actividad anormal, enviando impulsos eléctricos para recalibrar la actividad en esa área. Esto es controlado por otro dispositivo que funciona como una especie de marcapasos, el cual va colocado bajo la piel del pecho.

Hace más de un año, Plummer se convirtió en el primer paciente del ensayo clínico. Comentó que, ya que los pacientes están despiertos durante la operación, fue muy incómodo sentir las vibraciones del taladro que perforaba su cráneo.

Sin embargo, hoy en día él siente que ha habido una mejora significativa con respecto a sus ganas de consumir alcohol y a su estado de ánimo. En palabras del microbiólogo: “La vida se volvió mucho mejor, mucho más rica. De repente, decidí que quería escribir un libro sobre mis experiencias como científico y sobre mi vida en Kenia”.

Parece que entonces este tratamiento funcionará como una alternativa a los casos más severos de adicciones, pues hasta ahora los resultados obtenidos han sido muy positivos. Sin embargo, el ECP aún se encuentra en una etapa inicial, por lo que los ensayos clínicos, el seguimiento a cada uno de los casos y complementar las cirugías con tratamientos convencionales, como terapia o medicamentos, es súmamente importante para mejorar la condición de los pacientes.

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