La belleza y lo que ella implica está presente en nuestras vidas desde el momento uno. Al parecer, el ser humano naturalmente tiende a decantarse por las cosas que le son estéticamente atractivas. Ya sea que ello implique favorecer un elemento o a una persona, la influencia de la belleza parece estar siempre presente.

En muchos ámbitos de nuestra vida, se esperaría que los juicios se formularan de forma objetiva. Sin embargo, esta “evaluación estética” es hecha por nuestro cerebro en tan solo 13 milisegundos. Por lo que, antes de que nos demos cuenta, midiendo el atractivo del objeto que nos pongan en frente y emitiendo juicios al respecto.

Por ello, se podría decir que la búsqueda de la belleza se trata de una condición naturalmente humana, más que de una costumbre aprendida. Sin embargo, ambas concepciones se han mezclado en el tiempo y los límites entre una y otra se han entremezclado. Ahora, trataremos de viajar entre estas dos corrientes para identificar algunos de los aspectos que, a lo largo del tiempo, se han podido asociar con nuestra percepción de belleza.

La belleza y la fealdad

Primeramente, antes de comenzar a pensar en aquello que consideramos bello o que, por otro lado, juzgamos como feo, habría que aclarar cómo definimos a cada uno de estos conceptos. Para empezar, habría que decir que ambos se tratan de conceptos abstractos y que, de algún modo, el entendimiento de uno debería de la comprensión clara del otro.

Vulgarmente, se podría considerar a la belleza simplemente como aquello que es “placentero a la vista”. Mientras que, la fealdad sería entonces aquello que “no es placentero para la vista” y que, por ende, genera sensaciones de rechazo y de repulsión en el espectador.

La belleza, por lo general, nos genera una preferencia inmediata que nos hace tomar decisiones que favorezcan la prevalencia de la misma. Asimismo, la fealdad nos causa rechazo y, como consecuencia, origina que no prestemos demasiada atención a las personas u objetos calificados con esta etiqueta.

La percepción de uno u otro concepto puede darse a través de muchos niveles de percepción sensorial (visuales, auditivos, táctiles, olfativos o gustativos). Sin embargo, cuando hablamos de estas características, los primeros dos tienden a ser los más privilegiados en la mayoría de las situaciones.

¿Qué factores hacen que algo sea bello?

Ahora, se sabe que la belleza es aquello que genera placer ver, escuchar, sentir, probar u oler, mientras que la fealdad es lo que no. Con ello, claro, se podría pasar a entender qué, dentro de estos patrones sensoriales es lo que se considera como “placentero” y de dónde viene esa concepción, si de la naturaleza o del aprendizaje social.

Para comenzar con esto, primero estudiaremos de forma general qué aspectos parecen ser probadamente elementos “bellos” para la percepción humana de semejantes y otros objetos.

Simetría y proporción

Un par de cosas que nunca pueden faltar a la hora de hablar de lo que consideramos belleza son la simetría y la proporción. La primera, ha demostrado ser una predilección natural de los seres humanos.

Por lo general, los elementos que de un modo u otro presentan una composición simétrica se ven como más equilibrados. Ello, a su vez, genera una sensación de calma, estabilidad y orden que le produce placer al cerebro.

Es por esto que, muchas de las creaciones humanas, de un modo u otro, persiguen el ideal de la simetría ya que, la sociedad y sus propios cerebros, la han clasificado como uno de los ideales estéticos.

Para complementar a la simetría, nos encontramos con la proporción. A lo largo de la historia, el gusto humano ha favorecido aquellas composiciones que muestran un sentido de proporción en su diseño.

Ello, incluso aunque estas no se traten de las proporciones habituales. Basta que los elementos de la composición se correspondan entre sí –proporcionadamente, claro– para que ella se vuelva estéticamente agradable.

Simplicidad

Por otra parte, el ojo humano parece tener una predilección natural por la simplicidad. De hecho, por lo general parece considerar como más atractivas las composiciones de diseños sencillos, en los que no conviven demasiados elementos a la vez.

Ello, nuevamente, se complementa con los conceptos de simetría y proporción puesto que, la aparición de pocos elementos, pero que cuenten con estas dos características, puede ser considerada como altamente atractiva.

Si bien es cierto que esto ha ido variando con las épocas –existiendo unas mucho más simples y ostentosas que otras– todo parece ir manejado de acuerdo a un equilibrio. De los griegos y los romanos, llegamos al renacimiento, de este a la ilustración de ella a la Era Industrial y así a lo largo de los años.

Cada época ha tenido sus propias preferencias, pero, casi parece que la utilización de más o menos elementos estéticos se ha visto alternada entre unas y otras. Quizás, ello tenga algo que ver con los próximos dos elementos de este conteo.

Novedad y familiaridad

Según algunas investigaciones, podemos considerar que un elemento es bello debido a la novedad el mismo. Es decir, se le considera de ese modo debido al estado de asombro que causa ver, escuchar, probar, sentir u oler algo que antes era desconocido.

Esto podría hacernos pensar que, a la larga, un elemento pierde su belleza debido a la pérdida de novedad que produce la repetición. Sin embargo, en verdad, estos elementos podrían pasar a ser considerados bellos por otra cualidad, su familiaridad.

Así como el humano aprecia algo como hermoso porque no lo conoce, también es capaz de considerar a algo bello debido a la familiaridad del elemento. Esta capacidad crea una dicotomía que, muchos podrían pensar, es incapaz de coexistir.

Sin embargo, tal vez hay una solución a este dilema. Simplemente, lo nuevo no debe serlo demasiado, solo como una modificación de lo viejo, de forma que las personas puedan pasar a aceptarlo y asimilarlo. Poco a poco, lo nuevo se convierte en lo viejo, lo tradicional, y llega otro cambio “nuevo” que hace que el concepto de belleza mute, sin dejar por completo sus bases.

Podría decirse que la forma en la que el mundo ha apreciado el arte en sus muchas formas de expresión durante la historia ha viajado a través de este proceso transmutativo, en el que, la concepción de belleza ha podido ser modificada por el ambiente, pero, en el fondo, sin perder sus bases.

Motivaciones personales

Finalmente, todos estos elementos tienden a pasar por un último filtro al que se le puede identificar como los rasgos personales. Acá es donde entra en juego esa famosa frase “La belleza está en el ojo del espectador”.

En muchos casos, la percepción final de la belleza de un elemento o de una persona pasa por una cantidad de filtros personales. Entre ellos, se pueden encontrar elementos como el estatus social, las preferencias personales, el estado de ánimo, el contexto histórico y la cultura a la que pertenece.

Todos estos elementos, al igual que los antes mencionados, en sumatoria originan lo que consideramos como bello. Sin embargo, es en este punto en el que los conceptos estéticos, que hasta ahora se manejaban uniformemente, comienzan a tener variaciones según el individuo que los aplique.

¿Cómo percibimos la belleza humana?

Nuestro concepto general de belleza se vuelve aún más complejo y específico cuando aplicamos este a los seres humanos. Aunque, al final de todo, podríamos terminar viendo una gran incidencia de tendencias biológicas que, a la larga, por su permanencia, creemos deberle a la sociedad. Por ello, para empezar este listado de elementos que nos dan la percepción de que una persona es bella, es importante comenzar con los factores fisiológicos.

Características fisiológicas

Una de las principales características que probadamente ha sido determinada como un factor que añade belleza a una persona es su sonrisa. Por lo general, las personas que sonríen más, solo por el hecho de hacerlo, son consideradas más atractivas.

Eso sí, siempre y cuando posean una dentadura agradable a la vista, ya que ello indica que la persona se encuentra sana y –aunque no nos demos cuenta– tomamos ese factor en consideración a la hora de determinar si una persona es bella o no.

Por otro lado, la simetría también juega un papel primordial en el atractivo de una persona. De hecho, mientras más simétrico sea el rostro de una persona, más atractivo se nos hace.

Sumado a ello, las proporciones también son importantes, si el rostro tiene unas específicas –las más aproximadas a la media humana– más bello parece. Finalmente, al igual que la sonrisa, la calidad de la piel también es importante.

Mientras más rosácea sea esta, más sana parece. Por ello, termina convirtiéndose en un atractivo que convierte en bello el rostro de una persona, pero ¿por qué?

El papel de la biología en todo esto

Los rostros masculinos son más atractivos para las mujeres durante la ovulación.

Todas las características que hemos mencionado se vuelven naturalmente atractivas para una persona debido a motivos originalmente biológicos. Una bonita sonrisa y una buena piel son señales de que el individuo está sano, lo que implica que es un mejor candidato para fines reproductivos.

Asimismo, un rostro simétrico es señal de buenos y sanos genes, los que, naturalmente –y sin saberlo– nos dan la sensación de que originarán una buena progenie. Básicamente, en el caso humano, mucho de lo que encontramos “bello” en el otro tiene que ver con los procesos de reproducción que, en la naturaleza, tienen la tendencia de favorecer al individuo más apto, es decir, al que tiene mejores genes.

Con ello en mente, también podemos ver la participación de factores hormonales en este proceso selectivo. Un ejemplo de ello es el ciclo menstrual de las mujeres, que, según su etapa, es capaz de influir en las preferencias de estas en cuanto al estilo estético de un hombre.

Por lo general, se considera bello entre estos a aquel que tenga características más masculinas como un rostro perfilado y cuerpo fornido. Asimismo, las mujeres más bellas, según este contexto biológico, son las de rasgos más delicados y cuerpos curvilíneos, especialmente a nivel de las caderas. ¿Por qué? Porque ello indica que son mejores candidatos reproductivos, teniendo el hombre la fuerza para proteger y la mujer el mejor cuerpo para procrear.

Características sociológicas

A pesar de que estos detalles tienen mucho peso, no son los únicos que actualmente influyen en nosotros. También podemos tener presentes las características sociológicas de los individuos.

Como lo mencionamos más arriba, las motivaciones personales pueden hacer que algo nos parezca o no bello. Por ello, según la sociedad, la cultura y tiempo histórico, ciertas características físicas, sociales y actitudinales hacen que una persona se considere “bella”.

De hecho, la incidencia de los factores fisiológicos, en ocasiones, puede ocasionar que también las personas se vean favorecidas en el ámbito social. En este caso, estaríamos hablando de lo que se conoce como el “Efecto Halo” en el que, a un individuo, por ser atractivo, se le atribuyen con más facilidad otras características apreciadas por la sociedad como por ejemplo la inteligencia o la elocuencia.

La estética y la biología

Como hemos podido ver, el concepto de belleza y el modo en el que le aplicamos este calificativo a uno o varios elementos o personas se encuentra danzando entre corrientes filosóficas y biológicas.

La filosofía, estudia la belleza como estética, mientras que la biología la tiene altamente ligada a los factores de supervivencia, reproductivos y de perpetuación de los mejores genes de la especie. Justo en el medio del amplio espectro que crea esta dicotomía se encuentra nuestro concepto de belleza actual –estando en algunos individuos más inclinado hacia un lado o hacia el otro.

Por ello, podemos concluir que la belleza se trata más que de un concepto, de una experiencia o de un elemento que la humanidad siempre perseguirá e intentará mantener en su día a día. Mientras no podemos negar el papel que la biología juega en estos casos –sobre todo cuando hablamos de la belleza humana– los conceptos más subjetivos de belleza también entran en juego cuando tomamos en cuenta que el concepto final de la misma –a pesar de tener lugares comunes– se mantiene fiel a las experiencias, preferencias, cultura y creencias de cada individuo de forma particular.