En nuestra era de digitalización, los libros físicos de papel parecen haber dejado de ser prioridad para muchos. Sin embargo, los negocios de imprenta siguen en pie, y los educadores y estudiantes y profesionales siguen acudiendo a ellos para cualquier consulta, lectura de autoayuda o simple lectura recreativa.

El problema con ellos, además de la polémica ecológica, es que con el tiempo pueden deteriorarse, como ocurre con casi todo en nuestra configuración de la existencia. Pero por supuesto, al igual que nuestro estilo de vida, exposición a sustancias o radiación y herencia genética influyen en nuestra longevidad, factores similares influyen en la duración de los libros.

En nuestros tiempos existen aún libros muy antiguos, unos más que otros, por supuesto. Su olor es bastante variado, resultando agradable para algunos cuando coincide con el de almendras, caramelo y chocolate. Por otro lado están aquellos que acumulan humedad, que huelen formaldehído, ropa vieja y basura y muchas veces son desechados.

Pues bien, a pesar de ser un campo poco explorado, se sabe que la detección de signos tempranos de degradación del papel puede ayudar en la creación de técnicas de preservación que pueda extender su vida.

Nariz electrónica para recolectar olores. Fuente: ACS Sensors.

En este mismo orden de ideas, una nueva investigación publicada en ACS Sensors revela que se ha desarrollado una nariz electrónica que puede detectar los olores no destructivos emitidos por libros conformados por papel de diferente composición, así como de diferentes condiciones y edades.

La historia del papel de los libros

En la cultura popular se maneja la idea de que el papel está hecho principalmente de celolosa, aunque también contiene otros componentes y aditivos que mejoran sus propiedades para sus conocidos usos. La cuestión es que la celulosa es resistente al envejecimiento, por lo que es un compuesto ideal para la elaboración de papel; en cambio, los otros componentes son mucho más vulnerables al calor, la humedad y la luz ultravioleta.

Antes de 1845, el papel se elaboraba con trapos de algodón y lino, fuentes relativamente puras de celulosa en la época y, por lo tanto, una base útil para producir un buen material. Luego de esta fecha, se desarrolló un proceso a partir de pulpa de madera. En este caso, el material no era tan duradero pero la materia prima sí mucho más abundante y económica.

Pero en la década de 1980 surgió el papel sin ácido, una alternativa mucho más ecológica muy bien recibida por los conservacionistas. De manera similar a la celulosa, esta se degrada lentamente, siendo mucho más duradero que el papel ácido de pulpa de madera.

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Una nariz electrónica para libros

Un equipo de investigadores recolectó 19 libros publicados en un largo período de tiempo comprendido entre 1567 y 2016, los cuales clasificaron según su fecha de creación, composición del papel, color y estado visible.

Luego de ello, recolectaron los compuestos orgánicos volátiles (VOC) que emitían dichos libros, y probaron una nariz electrónica con seis sensores muy selectivos capaces de detectar diferentes tipos de estos gases. Fue así como esta logró distinguir claramente el papel de algodón o trapos de lino del y papel de madera, así como libros de tres períodos de tiempo diferentes.

Para sorpresa de los investigadores, algunos de los libros publicados después de 1990 estaban elaborados todavía con papel ácido, que como ya dijimos, para esta época había sido sustituido por el papel sin ácido.

Los investigadores querían desarrollar una nariz electrónica que pudiera detectar de manera no destructiva los primeros signos de degradación. Esta se ha mostrado eficaz y promete ayudar a identificar los libros que necesitan preservación, así como ayudar a proteger a otros de los compuestos orgánicos volátiles que emiten sus vecinos cercanos.

Referencia:

Preserve Your Books through the Smell. https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/31647633

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