En “El Principito”, el famoso libro del escritor francés Antoine de Saint-Exupéry, el autor resalta un hecho que pocos consideran una vez que llegan a su adultez: “todos fuimos niños en algún momento, pero pocos parecen recordarlo”.

Y en efecto, es así. A muchos adultos no les gustan para nada los niños, pero olvidan que años atrás ellos también lo fueron y solicitaron atención y cariño de parte de los mayores, tal como los que se lo solicitan a ellos ahora.

Pues bien, no es mentira que ser niño sea una tarea difícil. Muchos dirían que es más fácil que la adultez y tampoco estarían mintiendo. Lo cierto es que algunas cosas que hacemos durante nuestra infancia nos acompañan a lo largo de nuestra vida y las mantenemos aún siendo mayores. Una de ella es la mentira.

Y la peor parte es que inconscientemente, como padres, se le inculca también a los hijos, creando una especie de círculo vicioso que podría ser repetido por estos últimos al crecer. Una nueva investigación publicada en el Journal of Experimental Child Psychology revela que las “mentiras blancas” que dicen los padres a sus hijos pueden tener un gran impacto en su vida más adelante, haciéndolos más propensos a mentir con frecuencia, lo que a su vez dificultaría su capacidad de adaptarse como adultos.

Padres e hijos que mienten

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Los hijos que informaron que sus padres les mentían más en la infancia, mostraron mayor tendencia a mentir y a tener dificultades psicológicas y sociales en la adultez.

Los investigadores de la Universidad Tecnológica de Nanyang en Singapur reunieron a un total de 277 adultos jóvenes que completaran dos encuestas basadas en la frecuencia con la que sus padres les mentían durante la infancia, y la frecuencia con la que ellos le mentían a sus padres ahora.

Les preguntaron si sus padres les habían dicho alguna vez cada una de las 16 mentiras típicas que se plantearon en la encuesta. Por ejemplo, “si te tragas semilla de sandía, se convertirá en una sandía en su estómago”, “no traje dinero conmigo hoy; podemos comprar el juguete otro día”, “si no te comportas, llamaré a la policía”, o “si no vienes conmigo ahora, te voy a dejar aquí solo”.

Las mentiras se devuelven con el tiempo

La primera relación que establecen los humanos suele ser con sus padres, por lo que esta tendrá influencia en las relaciones con otras personas.

Los participantes que informaron que sus padres les mentían con frecuencia en su niñez, tenían más probabilidades de informar que habían mentido a sus padres siendo ya adultos. Pero lo más resaltante del hecho es que a estos les fue más difícil enfrentar dificultades psicológicas y sociales.

De hecho, los jóvenes que dijeron que mentían a sus padres con más frecuencia tenían más probabilidades de internalizar sus problemas promedio de ansiedad o aislamiento social, o bien de externalizarlos con conductas perjudiciales como agresión e incumplimiento de las reglas. Esto a su vez representaba una dificultad a la hora de establecer relaciones saludables y duraderas.

Ahora bien, las mentiras que solían decir los participantes a sus padres estaban relacionadas con sus acciones. Entre ellas, ocultar malas calificaciones, exagerar anécdotas, y pequeñas mentiras blancas dichas para beneficiar a otros.

Las mentiras desde la infancia son un marcador de psicopatía
Setoh Peipei, autor principal del estudio, explicó que decir este tipo de mentiras puede ayudar a los padres a ahorrarse tiempo en su ajetreado día a día de crianza, “aunque las razones reales por las que los padres quieren que los niños hagan algo es complicado de explicar”.

De hecho, hay un problema de doble moral en esta importante tarea, pues al mismo tiempo que les mienten, les recomiendan no hacerlo alegando que ‘la honestidad es la mejor política’.

“Cuando los padres les dicen a los niños que ‘la honestidad es la mejor política’, pero muestran deshonestidad al mentir, tal comportamiento puede enviar mensajes contradictorios a sus hijos. La deshonestidad de los padres puede erosionar la confianza y promover la deshonestidad en los niños”.

Y siendo extremistas y catastróficos, los investigadores han sugerido incluso que la mentira patológica que comienza en la infancia puede ser un marcador de psicopatía más adelante en la vida. Un ejemplo de ello son los asesinos en serio, que operan bajo la agresión y la mentira.

Recordemos pues que las relaciones se basan en la confianza, más aún las sanas, ya sean familiares, amistosas, románticas o laborales. Pero la primera relación que establecemos desde nuestro nacimiento es con nuestros padres, y no es de extrañar que tenga influencia en la forma como nos relacionamos con otros. Sigmund Freud no estaba tan equivocado como muchos piensan.

Referencia:

Parenting by lying in childhood is associated with negative developmental outcomes in adulthood. https://www.sciencedirect.com/science/article/abs/pii/S002209651830540X