La yubarta, gubarte o ballena jorobada (Megaptera novaeangliae), es una de las más grandes entre las especies de cetáceos, llegando a medir entre 12 y 16 metros de largos y a pesar aproximadamente 36,000 kilogramos. Su cuerpo está provisto de largas aletas pectorales y una cabeza relativamente pequeña, pero ello no le impide hacer acrobacias en el agua.

Las ballenas jorobadas se encuentran en todos los océanos y mares del mundo, aunque tienen períodos de migración bien definidos, pudiendo recorrer hasta 25,000 kilómetros cada año.

Se alimentan solo durante el verano en las regiones polares, momento en el cual aprovechan de comer suficiente kril y peces pequeños para sobrevivir el invierno polar en ayunas con ayuda de sus reservas de grasa corporal. Estos cetáceos migran a aguas tropicales y subtropicales para reproducirse y parir sus crías durante el invierno.

Sí, se trata de un animal impresionante, y no debe extrañar que haya sido objeto de caza en el pasado. Tal era el interés de los pesqueros en las ballenas jorobadas durante el siglo XX que su población se redujo en un 90 por ciento, dejando solo 450 ballenas jorobadas a la vista en el Atlántico sur occidental. Hasta ahora se estima que la industria pesquera atrapó 25,000 ballenas durante aproximadamente 12 años a principios del siglo XX.

Pero gracias a la moratoria de 1966, sus poblaciones han logrado recuperarse parcialmente, aunque en la actualidad se enfrentan a otros peligros como quedar atrapadas en redes de plástico abandonadas por los barcos en el océano.

Ahora una investigación publicada recientemente en la revista Royal Society Open Science da por hecho que la población de ballenas jorobadas del Atlántico Sur ha crecido a 25,000 especímenes. Y la mejor parte de ello es que creen que esta cifra es bastante similar a la cantidad que existía antes del auge de la caza en el siglo pasado.

Registrando datos premodernos de población y caza de ballenas

El estudio es la continuación de una evaluación realizada por la Comisión Ballenera Internacional realizada entre 2006 y 2015, que en su momento arrojó que la población de ballenas jorobadas se había incrementado solo un 30 por ciento de sus números previos a la caza indiscriminada.

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Pero entonces un equipo de investigadores hicieron seguimiento del tema, y han presentado todos los datos recolectados sobre las capturas (las tasas de golpes y pérdidas, y la genética y el historial de vida) desde entonces para aclarar más el panorama de estos cetáceos, que parece ser más favorable que décadas atrás.

Elaboraron un modelo en el que incorporaron registros detallados de la industria ballenera incluso al comienzo de su explotación comercial, gracias a lo cual este estudio provee una idea confiable del tamaño de la población de ballenas jorobadas en un principio.
Pero además realizaron encuestas aéreas y de barcos, en conjunto con técnicas de modelado avanzadas para hacer estimaciones sobre la población actual de las misma a partir de los datos recolectados.

Y tal como indica Grant Adams, un estudiante de doctorado en la escuela de ciencias acuáticas y pesqueras que participó en la construcción de este modelo, considerar las tasas de caza de ballenas en los tiempos pasado, así como los golpes por disparos o arpones en ballenas que lograron escapar, pero que luego murieron hizo que el equipo cayera en cuenta de lo productivos que eran estos cetáceos.

“Nos sorprendió saber que la población se estaba recuperando más rápido de lo que habían sugerido estudios anteriores”, comentó John Best, un estudiante de doctorado en la Facultad de Ciencias Acuáticas y Pesqueras de la Universidad de Washington.

Por otro lado, el estudio también analiza la influencia del resurgimiento de las ballenas jorobadas del Atlántico Sur en todo el ecosistema marino. Y es que no solo ellas se alimentan del kril, por ejemplo, sino también otros depredadores como los pingüinos y las focas, y la competencia entre ellos es un factor clave. Además, el efecto del cambio climático que puede afectar su disponibilidad en el océano.

Referencia:

Assessing the recovery of an Antarctic predator from historical exploitation. https://royalsocietypublishing.org/doi/10.1098/rsos.190368

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