El miedo es una de las emociones comunes que unen a todos los seres vivos de este planeta. Gracias a él, las criaturas son capaces de mantenerse alejadas del peligro y así asegurar la supervivencia de su especie.

Sin embargo, más allá de su utilidad biológica, en la actualidad, es posible encontrar muchas formas de percibir el miedo. Después de todo, a pesar de ser una emoción común, esta no es, bajo ningún respecto, experimentada por todos de la misma manera.

Para algunos, el miedo es una sensación que además de asustarlos por el momento, los llena de adrenalina y de una sensación de emoción positiva en el cuerpo. Por otra parte, para otros, el miedo –provenga de donde provenga– solo puede ser percibido como algo negativo.

En cualquiera de los casos, todo ello viene de una conjunción entre las partes del cerebro que procesan las emociones y los pensamientos racionales. Para poder entender esta, lo primero que se debe dejar claro son las condiciones y procesos que se activan en estas cuando nos alteramos y comenzamos a sentir miedo.

¿Cómo surge el miedo en nuestro cerebro?

Para comenzar, es importante tener claro que el miedo –como cualquier otra emoción– tiene lugar en nuestros cerebros. Por ende, cuenta con un área particular encargada de medir y regular su aparición.

Como todo lo demás en la complicada máquina de nuestra mente, no es solo esta la que se encarga de realizar todo el proceso, pero sí juega uno de los roles fundamentales durante el mismo. Tanto así que, la amígdala es considerada la reguladora del miedo de nuestro organismo y es la que da la voz de alerta al hipotálamo para que haga algo al respecto.

Una vez esto ocurre, el hipotálamo realiza una serie de evaluaciones del entorno y la circunstancia amenazante. En caso de que considere que verdaderamente la persona se encuentra el peligro, entonces da inicio a la liberación de hormonas que preparan al organismo para huir o luchar en caso de que sea necesario.

¿Por qué unos sienten más miedo que otros? – ¿Y por qué incluso les gusta?

Ya con lo anterior claro, es posible afirmar con facilidad que la posibilidad de sentir más o menos miedo depende del equilibrio que haya en el funcionamiento tanto de la amígdala como del hipotálamo en el cerebro  –y, sobre todo, de este último.

En algunas personas, la actividad de la amígdala es mucho más intensa que en otras. Asimismo, el hipotálamo también puede estar más activo en algunos individuos y hasta deprimido en otros.

Como la amígdala es la principal reguladora del miedo, la hiperactividad de esta generará la aparición de esta emoción con mucha más frecuencia. Por otra parte, si esta se contrarresta con un hipotálamo también muy activo, es posible que la sensación llegue pero que rápidamente sea suprimida por la parte racional del cerebro.

Cuando esto ocurre es que podemos encontrarnos con personas que disfrutan en gran medida la emoción que les provee el miedo. Esto debido a que, sus cerebros son capaces de experimentar la sensación pero rápidamente suprimirla por el entendimiento racional de que el peligro no es real. Por ello, son capaces de disfrutar de la sensación sin tantas consecuencias negativas.

Ahora, si la amígdala tiene una actividad anormal y el hipocampo está deprimido, las personas podrían terminar viviendo en un estado de alerta continua y terminar desarrollando lo que los científicos llaman desórdenes de ansiedad –que nosotros conocemos como fobias.

Se sabe que las fobias se presentan primordialmente como un miedo irracional a algo –ya sea que venga justificado por un trauma anterior o no. Entonces, sería posible comprender que generalmente están presentes debido a un funcionamiento poco común de los mecanismos reguladores del miedo y al estado de excitación permanente en el que se encuentra el organismo.

¿Qué le ocurre a nuestro organismo cuando nos asustamos?

El miedo, al igual que las otras emociones, al hacer presencia genera cambios en nuestro organismo. No obstante, de entre todas, además de la rabia, el miedo es una de las que más cambios realiza.

Al presentarse, el organismo inmediatamente entra en alerta ya que se siente en peligro y debe defenderse. Para ello, se activan todos los mecanismos vitales para la supervivencia. El corazón late con más rapidez y los vasos sanguíneos se dilatan para que la sangre fluya mejor.

La respiración se acelera y lleva más oxígeno al organismo. Los músculos se contraen y endurecen para reaccionar con velocidad en cualquier momento. Y, el organismo comienza a procesar y consumir más glucosa de la normal para tener una reserva de energía lista en caso de necesitarla.

Asimismo, otras funciones no vitales como las gastrointestinales pasan a un segundo plano y se ralentizan para que el organismo solo se tenga que encargar de los procesos más importantes al momento. Por ello, se suele presentar la sensación de “vacío en el estómago” cuando esta sensación hace presencia.

¿Existe un “Instinto del miedo”?

Sí y no. En realidad, el ser humano aprende a tener miedo a las cosas primordialmente como lo hacen los otros animales, a través de la experiencia. Ya sea que se toque el fuego y se reciba una quemadura o que se vea a alguien más a quien le suceda esto, el cerebro humano aprende. Así, para próximas ocasiones sabe lo que debe hacer y se mantiene alejado de la llama, ya que ha aprendido a temer sus consecuencias. Ello, solo por poner un ejemplo.

Por ende, como todos los animales, el organismo humano tiene una predisposición biológica a este y rápidamente aprende a asimilarlo. Sabiendo todo lo anterior, no resulta tan sorprendente ya que, claramente, esta es la forma del organismo de mantenerse a salvo contra todas las amenazas del exterior.

Un detalle que sí diferencia a la asimilación del miedo humano de otros animales es que este también puede aprender a través de instrucciones. En muchos casos, solo la advertencia de que el fuego es peligroso y de que quema –ya sea oral o escrita– es suficiente para que sepamos mantener nuestra distancia de este.

Esto mismo se podría aplicar en casos tan cotidianos como la llegada a un recinto donde hay perros. Si alrededor hay carteles advirtiendo que no debemos acercarnos a los mismos, aprenderemos a tenerles miedo. Por otro lado, este proceso también puede presentarse a la inversa ya, si los carteles hablan de animales amigables, entonces nuestra predisposición cambiará y los buscaremos y acariciaremos en lugar de temerles. Todo por el contenido de un letrero.

¿Cómo decidimos a qué le tememos?

Además de los procesos de aprendizaje antes mencionados, es posible también que se presenten otros detalles que modifiquen nuestras percepciones. Por ejemplo, personas con cerebros altamente analíticos raramente podrán experimentar miedo en películas de terror o casas embrujadas que no provean de bases reales lo suficientemente convincentes. Así, vemos que personas más emocionales podrían tener experiencias más intensas a la hora de ser expuestos a cualquiera de los casos anteriores.

Asimismo, otro detalle fundamental en la decisión de sentir o no miedo –que toma nuestro cerebro– se trata del estado del entorno. En otras palabras, si este considera que el entorno es seguro, entonces es probable que el miedo rápidamente se convierta en diversión, euforia o, incluso, solo indiferencia. Por otra parte, si el entorno no es seguro, es muy probable que cualquier ruido desencadene reacciones relacionadas con el miedo.

Otra característica que también se vuelve vital a la hora de experimentar o no el miedo es el feedback social. En pocas palabras, si se está en la compañía de otras personas que demuestran miedo, lo común sería que uno también lo comenzara a sentir. Por el contrario, si todas estas se muestran tranquilas entonces nuestro organismo aprende que también debe estarlo.

Finalmente, todo se reduce a una situación de control. Si percibimos que estamos en un entorno que podemos controlar, entonces nos sentiremos seguros y es menos probable que el miedo se manifieste de manera negativa –si es que se manifiesta. Por otra parte, si no controlamos el ambiente, sentimos que perdemos poder, y ello implica inseguridad, que se podría traducir en sensaciones de temor mucho más intensas.

El miedo podría ser fundamental para el desarrollo positivo

Con todo lo anterior claro, queda más que definida la importancia del miedo para la supervivencia. Gracias a este, las criaturas saben cuándo esconderse o defenderse al sentirse amenazadas. En consecuencia, es una de las principales ayudas a la hora de asegurar la supervivencia de una especie.

Asimismo, algunas de las partes del cerebro y las hormonas que se activan con el miedo, también hacen presencia cuando las personas sienten euforia o felicidad. Por ello, la presencia de esta emoción en cantidades medidas, podría incluso ayudar a la persona a mantener un buen estado de ánimo.

¿Existen personas que no sienten miedo?

Sí, aunque sea difícil de creer, existen individuos en la actualidad que biológicamente son incapaces de sentir miedo. Todos estos han surgido como una mutación humana en la que el cromosoma 1 presenta fallas.

Hasta el momento, se han detectado un aproximado de 300 casos que presentan esta mutación del cromosoma conocida como enfermedad de Urbach-Wiethe. Todos sufren ciertas condiciones físicas principalmente presentadas como problemas de piel. Sin embargo, de este selecto grupo, solo 10 son los portadores de un daño cerebral que afecta directamente a la amígdala.

En consecuencia, la capacidad de estos de percibir el miedo es prácticamente nula. En pocas palabras, se tratan de individuos que nunca presentan las reacciones orgánicas necesarias ante el peligro para huir, correr o –incluso– paralizarse.

Aunque muchas personas podrían pensar que vivir sin miedo a nada puede ser muy positivo, la verdad es que no todo es tan maravilloso. Por lo general, estas personas no solo no reaccionan adecuadamente ante el peligro, sino que consistentemente lo buscan, como si estuvieran atraídos hacia él. Por ende, constantemente pueden ponerse en condiciones donde su vida peligra sin notarlo –ya que el miedo no se presenta para avisarles.

Si un animal sufriera de esta condición, estaría condenado a no permanecer con vida mucho tiempo en la naturaleza. Después de todo, al no luchar, huir ni esconderse, más temprano que tarde terminaría siendo el alimento de otra criatura.

Por suerte, en nuestra sociedad la amenaza de ser la cena de otro animal no está presente. Sin embargo, ello no implica que no estemos expuestos en ocasiones a situaciones peligrosas. La falta de miedo podría hacer imposible para nosotros identificarlas y, por consiguiente, evitaría que nos pusiéramos a salvo.

Conclusión

Sobra decir, entonces, que el miedo se trata de un proceso primordial para nuestra supervivencia. Su aparición en situaciones de peligro nos prepara física y mentalmente para sobrevivir y mantenernos a salvo.

Asimismo, en caso de que se presente en situaciones controladas –como películas de terror o casas embrujadas– este puede derivar incluso en una sensación positiva y en un entretenimiento para la persona. Ya que, al asustarse momentáneamente, su mente se fija en el presente y se borran otras preocupaciones que puedan rondarla, proveyendo de este modo una momentánea sensación de alivio.

En cualquiera de los casos, el miedo se presenta para mantenernos a salvo tanto física como mentalmente. Por ello, aunque suene irónico, no habría que temerle al miedo, ya que se trata de un proceso totalmente natural –y definitivamente necesario.