El mundo digital ha mostrado ser tan fascinante e inspirador como aterrador e intimidante, en gran parte por el poder y libertad que les otorga a las personas por su propia cuenta. Sin embargo, ¿hasta qué punto tienen las personas el control y verdadero poder de sus causas y proyectos? Por muy utópico que pueda sonar pertenecer a un movimiento en el que todos somos “líderes”, la realidad es otra completamente diferente, incluso más caótica que lo que buscan combatir.

Jo Freeman hablaba sobre este concepto desde la década de los setenta cuando escribió su famoso ensayo ‘La tiranía de la falta de estructura’, en el que analizaba el funcionamiento de los movimientos radicales feministas que buscaban prescindir de los líderes y estructuras de trabajo. Este nuevo modelo que según las radicales era más “abierto” y “justo” era realmente una tiranía disfrazada en la que unos pocos tenían una cuota de poder.

Jo Freeman publicó “La tiranía de la falta de estructura” tras estudiar el comportamiento de los movimientos radicales feministas de los 70.

Para Freeman, esta falta de estructura solo les convenía a aquellas mujeres de la élite que pertenecían universidades de alto nivel y que se codeaban con la gente correcta, pues en ellas se concentraba la capacidad de acción, poder y beneficios, mientras que para las que no contaban con estos privilegios y eran más bien outsiders del movimiento, la historia era muy diferente.

En este sentido, Freeman escribió:

“Mientras la estructura del grupo sea informal, las reglas de cómo se toman las decisiones son conocidas solo por algunos y la conciencia del poder está limitada solo para aquellos que conocen las reglas.

(…)

Aquellos que no conocen las reglas y no son escogidos para la iniciación permanecen en confusión o sufren de delirios paranoicos que les hace pensar que algo está sucediendo de lo que no están enterados”.

¿Libertad o libertinaje digital?

Tal vez Jo Freeman nunca imaginó que su ensayo seguiría teniendo relevancia décadas después de haberlo publicado y en ámbitos jamás pensados. De pasar de movimientos sociales a movimientos sociales nacidos e impulsados por los medios digitales, la tiranía de la falta de estructura se ha hecho incluso más evidente en las fronteras del internet.

Como mencionábamos anteriormente, el internet nos ha dado la falsa ilusión de libertad y de que cualquiera puede hacer lo que desee, armar su propio movimiento o forjar una riqueza sin el control de las autoridades, pero la verdad es que todos estos modelos de negocio y movimientos sociales de la era digital tienen sus cuotas de poder y en la práctica es mucho más caótico que lo soñado.

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Bitcoin y la “liberación” económica

Cuando Satoshi Nakamoto lanzó el Bitcoin en 2009 los bancos subestimaron el poder que la gente tendría sobre su economía, sobre todo en una época convulsionada por la crisis del 2008. El escepticismo y la desconfianza hacia las instituciones bancarias fueron el combustible perfecto para que un sector de personas se decantara por el uso del Bitcoin y luego las demás criptomonedas pensando que cualquiera podría hacerse su propia fortuna sin la venia de los bancos.

No obstante, la historia ha sido muy diferente a la revolución económica que los seguidores de Nakamoto soñaron, teniendo en cambio una repartición de la riqueza muy desequilibrada, primero por los altos costos de las máquinas de criptominería y el uso de electricidad que supone, y segundo porque han sido unos pocos gurús los que han podido comprar su “Lambo”, mientras que los mineros que buscaron ese dinero para ellos aún no alcanzan esa meta.

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El valor del Bitcoin ha sido altamente inestable, experimentando precios increíblemente altos como la tendencia bajista que le invadió a finales del 2018. Momento de hablar también de los asuntos de seguridad que implican las criptomonedas. Por un lado, la tecnología sobre la que están sustentadas, blockchain, es tan segura que es inquebrantable, imposible de violar o falsificar, pero también la hace perfecta para los que quieren incursionar en crímenes sin que los rastreen, como ocurre con la Deep Web o también incurrir en el cryptojacking.

De manera que, aunque Satoshi Nakamoto inventó el Bitcoin no es una autoridad que regula el mercado ni mucho menos. Comenzando por el hecho de que ni siquiera es su verdadera identidad, nadie sabe realmente quién o quiénes se esconden bajo este seudónimo. Muchos expertos y críticos han considerado que las criptomonedas y muchos proyectos blockchain serán la segunda burbuja del dot com.

Facebook y la “democratización” del mensaje

Poco se imaginó Mark Zuckerberg que su invento universitario se convertiría en la mayor fuente de controversias de la segunda década del siglo XXI.

Corría el año 2004 cuando un joven Mark Zuckerberg se coronó como el rey de la red social cuando lanzó Facebook, sin saber la revolución que significaría en la comunicación del futuro. Pensado como un sitio para conectar con amigos y familiares en todo el mundo, Facebook se convirtió más tarde en la meca del anunciante comercial y político, pero también de los movimientos sociales que integraron la Primavera Árabe.

Facebook Ads: donde habitan los monstruos

A pesar de que Facebook conectó al mundo entero y parecía un proyecto bastante moderno y altruista, en realidad tenía un lado muy oscuro que comenzó a surgir cuando la plataforma tuvo que pensar en diversas formas de volverse autosostenible económicamente. Fue allí cuando crearon un maravilloso espacio que revolucionó el mundo de la publicidad: Facebook Ads.

La premisa es simple: podías dar a conocer tu negocio con un presupuesto mucho más bajo que el que te costaría armar una campaña publicitaria en una agencia y si sabías segmentar a tu público, pues la ganancia sería mejor. No obstante, aunque a simple vista parece algo sencillo y hasta “inocente” fue en la segmentación donde comenzó el verdadero problema al darse cuenta de la mina de oro que representaba para las marcas.

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Resulta que Facebook es una radiografía de todos nuestros movimientos, gustos, personalidad, gastos y rutinas en el mundo digital que resulta absolutamente deseable por todas las marcas, pues en lugar de gastar grandes sumas de dinero en estudios de mercado solo debían comprarle a Facebook la información de sus usuarios e ir directamente por aquellos que se parecen a su audiencia.

Para las marcas esto resultó increíblemente provechoso, pero para el mundo de la política fue otra historia.

¿Verdadero o falso?

Facebook se volvió el centro de comandos de las fake news para las campañas políticas.

Los políticos también vieron en Facebook una herramienta poderosísima de manipulación del mensaje y de la intención de votos a través de las fake news. Todo usuario que cumpliera con las características de los votantes que querían captar estos políticos fueron el blanco de numerosas campañas electorales pro Trump que finalmente le dieron la victoria al empresario.

Con ayuda de bots rusos, y con datos comprados por firmas controversiales como Cambridge Analytica, Trump hizo posible su elección por el simple de hecho de conocer a su votante y cómo podía potenciar su manera de pensar y constante desconfianza por los inmigrantes, los demócratas y personas de color.

En fin que todo esto fue posible gracias a la falta de estructura y organización de Facebook para revisar el contenido que salía en su plataforma que se replicaba cual epidemia por todas nuestras pantallas. La falta de personal que diera la cara –además de Zuckerberg– ante estos problemas hizo que el problema se saliera completamente de control, llegando al punto que tenemos ahora en el que no sabemos cuánto de nuestras vidas conocen cada una de estas personas que trabajan para Facebook y las marcas que se hacen con nuestra información por increíbles sumas de dinero.

Nuevamente unos pocos tienen el poder mientras que otros simplemente no están del todo claros cómo funciona toda esta maquinaria.

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Primavera Árabe: la revolución de las redes sociales

Egipto es uno de los ejemplos más vívidos de la tiranía de la falta de estructura. Si bien lograron acabar con 30 años de dictadura de Hosni Mubarak, ahora tienen un gobierno igual o peor, el de Abdel Fatah al-Sisi.

Uno de los fenómenos que quizás refleje más la tiranía de la falta de estructura es en la ola de protestas que inspiraron cambios políticos en varios países del Medio Oriente, conocidos como la Primavera Árabe. Un movimiento en el que miles de ciudadanos hartos del sistema político de sus países decidieron convocar protestas vía Facebook sin ningún líder aparente o definido, varias naciones salieron de sus tiranos, pero en realidad las nuevas etapas fueron mucho peor por el descontrol y falta de organización.

Tal ha sido el caso de Egipto, el lugar donde comenzó todo, país en el que las protestas lograron derrocar 30 años de dictadura de Hosni Mubarak para luego pasar al gobierno de los Hermanos Musulmanes, igualmente controversiales, hasta llegar al Estado represor se Abdel Fatah al-Sisi, que los ha hecho volver al punto cero de intimidaciones y ataques.

Si bien el movimiento funcionó para hacer mucho ruido acerca de los gobiernos dictatoriales que azotaron por décadas a ciertos países del Medio Oriente, la falta de liderazgo hizo que el norte se perdiera, llevándolos a un punto igual o peor al que combatieron.

Mencionemos por ejemplo el caso de Siria, país en el que las revueltas evolucionaron en una guerra civil que parece no teenr solución y que ha generado miles de víctimas y desplazados.

Bienvenidos a Silicon Valley

Otro de los casos emblemáticos de las organizaciones con falta de estructura son las grandes corporaciones que hacen vida en Silicon Valley, por mencionar un ejemplo: Google. El espíritu de Silicon Valley es que son tan grandes e influyentes como una corporación de renombre como podría ser una petrolera, pero con espíritu libre y relajado, sin los trajes de corbata.

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En cambio, sus oficinas parecen grandes parques de diversiones que buscan promover la creatividad y soltura de sus empleados, ambientando todo como si se tratase de un gran campus universitario donde todos se llevan bien y hay camaradería. Resulta que nada está más alejado de la realidad. La falta de estructura la ha significado a Google una pesadilla para sus empleados en cuanto a proyectos poco éticos –hola, Dragonfly– y hasta a grandes escándalos de acoso sexual en una cultura en la que no se puede ni denunciar ni acusar a quien acosa.

Casos como los de Andy Rubin han generado una ola de protestas entre los trabajadores para exigir mejor trato de los derechos en cuanto a acoso se refiere. La era del #MeToo no solo ha moldeado al nuevo Hollywood, sino también a la industria de la tecnología.

Videojuegos sin jefes finales

Además de Google, también existe la recientemente sonada Valve –una compañía de videojuegos altamente controversial por su filosofía en plataformas como Steam– cuyo organigrama ha sido criticado incluso por sus propios trabajadores. En Valve no hay jefes a quien rendirle cuentas, pues, según el manual de la empresa, el nivel de los trabajadores que contratan es tan alto que cada quien es el mejor en su área, de manera que sabe exactamente qué hacer en cada proyecto.

Sin embargo, como ocurre en este tipo de organizaciones bajo la óptica de Jo Freeman, es que en realidad sí hay un pequeño grupo que toma las decisiones y ejerce el poder dentro de la empresa. En este caso su fundador Gabe Newell y la junta directiva que por supuesto siempre se inclinarán por lo que es mejor para la empresa.

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Conclusiones

A casi 50 años del ensayo de Freeman, la falta de estructura se hace cada vez más evidente en las corporaciones, iniciativas y movimientos sociales que tienen que ver con la era digital y la tecnología por la falta de líderes definidos que lleven la batuta y den la cara por sus seguidores. De no tomar los riesgos que supone esto en cuenta, los conflictos pueden ser aún mayores para la industria.

Si bien pensamos que el internet podía ser una quimera en la que todos podían encontrar su trabajo soñado o su propósito de vida, pero la realidad es que hay que mirarlo con lupa, pues no necesariamente tanta libertad es lo más conveniente para lugares donde queramos alcanzar nuestras metas y escalar posiciones.

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