Para poder evolucionar como lo ha hecho a lo largo de su historia el ser humano pasó por constantes procesos de aprendizaje. Por ello, es natural que se muestre altamente capacitado en comparación con otras criaturas cuando de esta característica se trata.

Sin embargo, también existe otro factor que debe ser tomado en cuenta en esta ecuación que es la capacidad de enseñar. Para poder aprender rápido, el ser humano también ha tenido que ejercitar su capacidad de enseñar a otros para así transmitir sus habilidades y su conocimiento.

La reciente investigación publicada en la revista Nature en la sección de Human Behaviour, tiene como meta explorar esta capacidad. Pero, se enfoca primordialmente en descubrir desde cuando esta se manifiesta en nosotros.

Primero, hubo que sentar las condiciones

Con la finalidad de averiguar desde cuándo somos capaces de utilizar una habilidad como esta, los científicos basaron su estudio en las experiencias y reacciones de los niños entre los 5 y 7 años. Para ello, primero era necesario dejar claro un terreno común desde el cual se pudiera establecer una escala de evaluación.

Gracias a datos recopilados de otras investigaciones, fue posible dividir los juguetes en tres categorías: los más difíciles de aprender, los más divertidos y la conjunción de las dos primeras. Con esta clasificación, luego sería posible determinar cuál es la tendencia de decisión en niños pequeños cuando se les pide que enseñen algo a otros –en este caso, a cómo usar un juguete.

Los juguetes más divertidos, pero más difíciles, fueron los ganadores

Para comenzar con el experimento, a los niños se les permitía jugar en una habitación con dos tipos de juguetes distintos. Luego, se les decía que tendrían que enseñar a otro cómo utilizarlos, pero que solo podían elegir uno.

A los niños se les presentó esa encrucijada durante seis oportunidades. En cada una de estas, las respuestas no variaron mucho. Casi por consenso general, los niños parecían querer enseñar a usar no solo el juguete que pareciera más divertido, sino el que diera más gratificación al terminar de aprender a usarlo.

De este modo, se comprobó que hasta los más pequeños son capaces de razonar para ponerse en lugar del aprendiz y tomar decisiones en base a lo que sería mejor y más interesante para ellos.

Solo se presentó una discrepancia con dos de los niños más grandes de la investigación que eligieron los juguetes más fáciles. Sin embargo, su justificación, que implicaba querer dejar que el otro niño tuviera una experiencia tan desafiante como divertida al descubrir cómo funcionaba el más complejo. Mostrando esto que los niños eran capaces de distinguir cómo un proceso de aprendizaje autónomo puede ser gratificante.

La intuición de la enseñanza está con nosotros desde pequeños

A pesar de que aún no se ha podido determinar cómo nuestros cerebros determinan que una experiencia de aprendizaje puede ser positiva a negativa, al menos ha quedado claro que la “intuición” de nuestra mente nos lleva a la respuesta correcta.

Asimismo, es posible notar que el don de la enseñanza no necesariamente llega con la edad. De hecho, gracias a estos nuevos descubrimientos, se ha podido comprobar que, desde nuestra infancia, constantemente lo ejercitamos como un proceso natural de nuestra cotidianidad.

Referencia:

Young children consider the expected utility of others’ learning to decide what to teach: https://doi.org/10.1038/s41562-019-0748-6