Cuando somos jóvenes, nuestro organismo se encuentra en el albor de sus energías. Por ello, no es raro que sea veloz en erradicar enfermedades o curar dolencias.

Asimismo, suele ser mucho más resistente a los embates del ambiente y a los daños que este pueda causar. Sin embargo, con el natural envejecimiento progresivo de este, cada vez estas capacidades van mermando.

Si bien es cierto que manteniendo un estilo de vida saludable es posible retener por más tiempo las bondades de la juventud, lo cierto es que estas no duran para siempre. Por ende, la fragilidad –como estadio siguiente al vigor juvenil– ha sido más vista como un proceso natural que como una patología que deba ser tratada.

Fragilidad – ¿Naturaleza en acción?

Se podría entender a la fragilidad como un proceso natural que responde a la tendencia universal a la entropía. Este concepto hace referencia a que todo sistema, al final tiende al caos.

En otras palabras, todo organismo, a la larga, termina destruyéndose y –en el caso humano– perdiendo sus facultades. Sin embargo, no es raro también toparnos con otros términos como la entropía negativa, que, básicamente, implica la reversión del caos a un estado de equilibrio.

Esto no implica bajo ningún respecto que el ser humano pueda invertir procesos como el envejecimiento, pero sí, podría dar bases para un razonamiento lógico que demuestre que se pueden investigar formas de contrarrestarlo –como lo es ahora, por ejemplo, hacer ejercicio y llevar una dieta sana.

Ello entraría en un choque contra la visión actual de que es un proceso que no puede evitarse bajo ningún respecto. Tal vez su fin último no, pero algunas de sus etapas podrían ser eludidas o minimizadas, si se le diera la atención necesaria a este problema.

La ciencia no se ha rendido

Una muestra de que el interés en este tema –afortunadamente– aún no ha desaparecido por completo, es el hecho de que aún se presentan debates y propuestas al respecto. Recientemente, en The Lancet han aparecido una serie de ensayos referentes al problema de la fragilidad. Los nombres de los científicos que participaron son: Emiel O. Hoogendijk, Jonathan Afilalo, Kristine E. Ensrud, Paul Kowal, Graziano Onder y Linda P. Fried.

El título que los ha unificado a todos es “Fragilidad: Implicaciones en la práctica médica y la salud pública”. Su publicación se dio el 26 de agosto de este año, y desde entonces, ha estado disponible para la lectura del público.

En esta recopilación de ensayos, se recalca la importancia de tomar a la fragilidad como un factor más de cuidado dentro de la salud pública, especialmente para el sector de la sociedad que está llegando a sus etapas más adultas.

Lastimosamente, hasta la fecha, aún no se hacen cosas tan sencillas como definir claramente lo que es la fragilidad en la vejez y cuáles son sus áreas de afección. No obstante, publicaciones como la antes mencionada hacen notar que en realidad el interés está allí. Por ello, –tal vez pronto, o tal vez tarde– podríamos encontrarnos con estudios que profundicen en esta condición claramente natural y que nos puedan dar más información sobre lo que se puede hacer para minimizar sus efectos.

Referencia:

Frailty: implications for clinical practice and public health: https://doi.org/10.1016/S0140-6736(19)31786-6