Desde que la Teoría evolutiva de Darwin fue aceptada, hemos entendido que las especies sobreviven a través de la competición. En esta, los organismos con más fuerza o ventajas ganan el terreno de los más débiles y aseguran su progenie.

Todos hemos comprendido que esta es la forma que tiene la naturaleza de hacer que los mejores genes pasen a las siguientes generaciones. Hasta ahora, no se habían encontrado casos que refutaran esta realidad.

Desarrollan el primer aditivo para envases alimentarios que acaba con la listeria

Sin embargo, recientemente, un nuevo estudio probó que, más allá de lo que nuestros ojos pueden ver, se encontraba la excepción a esta regla. Gracias a esta reciente investigación, ha sido posible ver que las bacterias tienen todo un modo de comportarse que hasta ahora desconocíamos.

Darwin no podría creerlo

El experimento, tuvo lugar de la mano de los científicos de la Universidad de Copenhagen. Para que este se diera, fue necesario colocar a las bacterias en ambientes “competitivos”.

Esto, básicamente, implicaba aislarlas en un lugar en el cual estas se vieran obligadas a competir por los recursos y por el espacio. Pero, sorprendentemente, las acciones de las bacterias no concordaron para nada con lo que se esperaba de ellas.

De hecho, las más fuertes, en lugar de aprovechar sus ventajas para superar a las débiles, se preocuparon por darle a estas últimas un espacio en el que también pudieran crecer. En pocas palabras, optaron por trabajar en equipo y asegurar el bien de mayoría en lugar de competir por la supervivencia solo de los más fuertes.

La línea de producción de la naturaleza

Así como se demostró que estas no competían por recursos ni siquiera en situaciones donde eran escasos, también fue posible resaltar otra característica. Las bacterias, al estar en pequeñas comunidades, optan por el ahorro de energía.

Por ello, se encargan de realizar solo los procesos más vitales y de restringir y compartir los otros. En pocas palabras, estas comunidades consiguen trabajar como una línea de producción en la que cada una de ellas cumple con una parte del proceso que necesitan para generar nutrientes. De este modo, ahorran energía y optimizan los resultados de su trabajo.

A las bacterias no les gusta estar solas

Al notar esto, surgió la duda de cómo actuarían las bacterias al verse aisladas. Los científicos entonces se dieron a la tarea de comparar los organismos solitarios con aquellos que vivían en comunidades.

Rápidamente se hizo posible notar que aquellas que estaban en grupo se encontraban más beneficiadas. Una bacteria por sí sola es perfectamente capaz de sobrevivir, sin embargo, prefiere la compañía de otras.

El por qué se ve reflejado en la magnificación de sus capacidades. Cuando estas se encuentran en grupos, pueden desarrollar nuevas características y funciones que solas jamás podrían. Asimismo, la compañía las vuelve más fuertes y, en muchos casos, más difíciles de eliminar.

Habíamos estado atacando el problema de una forma errónea

Gracias a estos nuevos datos, es posible ver que ha habido una gran falla en el enfoque de los tratamientos que buscan erradicarlas del organismo. Por lo general, estos buscan afectar a cada individuo particularmente.

Sin embargo, los nuevos datos demuestran que una mejor estrategia implicaría observarlas y atacarlas como grupo, al conocer sus debilidades comunes y los procesos que realizan.

Científicos usan bacterias para producir una sustancias alucinógena a gran escala

Por ejemplo, se podría identificar a las bacterias débiles ya que siempre estarán rodeando a las fuertes –aprovechando su protección, por así decirlo. De este modo, podrían desarrollarse tratamientos en los que se pudiera comenzar eliminando a los organismos más débiles y luego pasar a los más fuertes y resistentes. En resumen, los humanos seríamos para las bacterias, lo que la naturaleza es para los animales en la Teoría evolutiva. Un hecho irónico, pero infinitamente interesante.

Referencia:

Deciphering links between bacterial interactions and spatial organization in multispecies biofilms: https://doi.org/10.1038/s41396-019-0494-9

Más en TekCrispy