El cambio es algo intrínseco en nuestra existencia. Forma parte de nuestra naturaleza, y define lo que somos y en lo que nos convertimos con el paso del tiempo. Y de hecho, este compone la base más sólida de la forma en que concebimos el mundo en general, el cual a nuestro parecer tiene un principio y un fin que aún no determinamos. ¿Pero cómo es que nuestro cerebro detecta los cambios que ocurren en nuestro entorno?

Los estudios de neuroimagen muestran que ciertas partes específicas del cerebro se iluminan al pensar en las cosas que han sufrido cambios, y mientras más drásticos son esos, más brillantes se vuelven. Por ejemplo, se iluminará más ante una cebolla picada que para una pelada, pues estos cambios son más notorios.

El cerebro parece descartar otros cambios

Fue entonces cuando Gerry Altmann, un científico cognitivo de Universidad de Connecticut, mientras enseñaba en un curso de posgrado sobre cómo el cerebro entiende los eventos pasados, decidió plantear la pregunta a sus estudiantes partiendo de la teoría de quizás cuanto más cambia un objeto, menos se puede hacer con él. Entonces ¿qué era lo que hacía que esa área se iluminara intensamente al notar el cambio?

En respuesta, los estudiantes propusieron que el área del cerebro iluminada estaba realizando un mecanismo de activación simple, descartando así otras posibilidades de cambio que ya no estaban disponibles con el ya hecho. Según su esta idea, hacer esto requiere de energía, y mientras haya más posibilidades que cerrar, más energía se invertirá y es por ello que se iluminan dichas zonas con mayor intensidad.

Las posibilidades se reducen como en el ajedrez

Altmann quedó impresionado ante tal hipótesis, y entonces les preguntó por medio de qué experimento podrían probarla. Entonces salió la posibilidad del ajedrez, el cual conocían los tres: Emily Yearling, Gina Digiacomo, dos de los estudiantes, y el profesor.

Quienes conozcan la dinámica del juego, sabrán que este supone un número finito de posibilidades, y esta se vuelven más o menos limitadas conformen los jugadores hagan sus movimientos y de manera similar podía ocurrir con nuestro cerebro, que descartaba posibilidades al detectar los nuevos cambios. Esta teoría podía servir para explicar la forma en que el cerebro rastrea objetos específicos.

Para este grupo de curiosos, lo que nuestro cerebro rastrea es la historia de un objeto o una persona, es decir, los cambios que ocurren en su posición y estado en el tiempo, y es a partir de dicha historia que podemos saber que la cebolla es la misma a pesar de haber sufrido un cambio físico.

El giro frontal inferior izquierdo parece rastrear dicha historia, y es aquí donde se llevan a cabo las nuevas restricciones de cambios que podrían ocurrir ahora con un determinado objeto. A su vez, se formulan predicciones sobre lo que puede ocurrir a continuación, y estas también son parte de la historia del objeto que se ha rastreado.

Si la nueva cuenta es correcta, ayudaría a comprender mejor por qué esas otras cosas (lenguaje, cambio de estado) están asociadas con esa misma parte del cerebro. Se trata de predecir y restringir cómo podría desarrollarse el futuro“, dice Altmann.

A pesar de ser una teoría tan buena, los estudiantes no pudieron comprobarlo por sí mismos pues culminaron sus estudios y siguieron caminos diferentes. Sin embargo, para Altmann, como profesor, la experiencia fue muy gratificante puesto que la reunión de un ingeniero, un filósofo y un psicólogo en el aula dio lugar a una posible nueva teoría sobre la cognición.

Referencia:

How Our Brains Cope with the Constancy of Change. https://today.uconn.edu/2019/09/brains-cope-constancy-change/