Está más que claro que los procesos evolutivos de la naturaleza, el funcionamiento del ADN y cómo este regula de algún modo la supervivencia de las especias son tópicos que han estado en nuestra cabeza por décadas. En nuestro intento por saber y entender han sido muchos los descubrimientos que se han hecho al tratar de explicar los qués –y más importantes, para qués— del genoma tanto humano como animal.

Actualmente, en muchas oportunidades podemos entender las manifestaciones físicas del ADN y qué es lo que hace que sean estas y no otras. En otras palabras, hemos aprendido a comprender los componentes de nuestro código genético –y el de los animales— para determinar el punto que da origen a una u otra característica en la cadena de genes.

Este avance permite a los científicos editar múltiples genes a la vez

Hasta este tomento, todos los descubrimientos –algunos, después de arduos años de trabajo— se encontraron iluminados al final por una luz que permitía entenderlos por completo. Sin embargo, la vida en la Tierra puede llegar a guardar tantos secretos como el Universo.

Este es el caso de un muy reciente dilema que se presentó al estudiar el genoma del gerbo conocido como rata de arena, cuyo nombre científico es Psammomys obesus. Ya que en ella fue posible encontrar –o, mejor dicho, no hacerlo— fragmentos de ADN que se sabe serían vitales para su supervivencia que no están “presentes” donde deberían.

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Inicialmente, sería posible pensar que los grandes misterios de la vida se encuentran verdaderamente fuera de este mundo. Sin embargo, este descubrimiento nos ha llevado a notar que incluso ahora no hemos podido comprender todo de nosotros mismos y de lo que nos rodea.

Esta epifanía vino de la mano de estudios antes realizados al ya mencionado ratón de arena. Esta pequeña y adorable criatura ha conseguido una forma muy veloz de adaptarse a las condiciones desérticas en las que vive. Debido a esto, tiene unos comportamientos alimenticios muy particulares –como nunca beber agua y consumir su peso corporal en hojas todos los días— que en otros ambientes podrían llevarla a su extinción inmediata.

Mucho de este extraño comportamiento alimenticio se debe a un gen conocido como Pdx1. Sin embargo, cuando el biólogo Adam Hargreaves se dedicó a buscarlo notó que este no se encontraba presente en la cadena de ADN. No obstante, según lo publicado en The Conversation los productos proteicos que deberían ser producidos por este gen sí estuvieron presentes en los tejidos del gerbo. Entonces, ¿qué pasó ahí?

¿Ausente o invisible?

Cuando pensamos en una situación como esta podríamos estar inclinados a creer que tal vez la proteínas tienen un origen diferente. No obstante, los científicos están seguros, en este caso, de que el Pdx1 debería estar presente pues se trata del gen que regula la insulina del gerbo y permite que este sobreviva con la dieta que tiene en el desierto.

Como una explicación a la imposibilidad de “verlo” en una parte del ADN se ha dicho que se sabe que este cuenta con moléculas C y D (dos de las cuatro que son básicas en la formación del ADN), que desde siempre han presentado un reto para los científicos que buscan su detección. Por ello, la presencia excesiva de estas podría explicar por qué no es posible encontrar este gen ni los otros 87 que componen –o, que al menos deberían componer— el código genético de la rata de arena.

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Aun así, los estudios sí han podido comprobar que en una sección del ADN del gerbo, existe una extensa concentración de moléculas C y D. Por el momento, solo la lógica nos lleva a pensar que los genes perdidos, podrían encontrarse ocultos en ese sector bullente de moléculas de este tipo.

El ADN oscuro ilumina nuevas partes de los procesos evolutivos

Otro detalle que cabe destacar es que el sector del ADN donde fueron halladas las moléculas también mostró una gran capacidad de mutación genética. En otras palabras, se manifestó como un punto de valor para los procesos evolutivos de este animal.

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No obstante, por el momento, es más lo que pasa sin que lo notemos que aquello que podemos ver y comprender claramente. Por este motivo, ahora que se sabe que estas áreas tienden a mutar con una velocidad mayor a la de otros sectores, sería posible pensar que ello tiene que ver con la presencia de ese ADN oscuro que apenas ahora estamos comenzando a descifrar.

Su presencia en este animal podría haber disparado su evolución apresurada y sería la causa de su actual éxito en el desierto, pero también puede ser el motivo por el que –de ser sacado de este hábitat específico— podría sufrir muchos problemas como la diabetes tipo 2 y la obesidad a los que se ha mostrado propenso al ser sometido a una dieta más “normal” en los laboratorios.

La rata de arena, de hecho, no es la única en guardar este tipo de secretos, en realidad, más de 200 especies de aves también parecen tener un sector “oscuro” en su ADN que aún no hemos podido encontrar, aunque sepamos que está allí. Por ahora el ADN oscuro se rehúsa a salir a la luz, pero comprender su presencia en los procesos evolutivos nos permitirá abrir al menos una pequeña ranura de esa puerta que ahora nos separa de un lado desconocido de la vida en la Tierra.

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