Durante años, hemos entendido el concepto de que para crear algo nuevo, a veces es necesario destruir lo viejo. Por ese motivo, podríamos creer que muchos de los procesos evolutivos de unos animales terminaron por causar la desaparición de aquellos que no fueron rápidos en adaptarse a las características del nuevo ambiente.

Sin embargo, si miramos de cerca los procesos de desaparición de especies y las consecuencias que esto trajo, podremos notar que no todo ocurre en el orden que pensábamos. Ello implica que es posible identificar un patrón entre los procesos de extinciones masivas y el posterior aumento exponencial de la biodiversidad en el planeta. Un detalle como este nos lleva a pensar que el cambio brusco del ambiente, en realidad es el que llevó a unos individuos a la extinción y otros a la evolución.

Los “Cinco Grandes” de la extinción en masa

Vida marina del periodo Ordovícico

Para poder ver con más claridad estos procesos, solo es necesario prestar atención a los 5 eventos de la antigüedad que trajeron como consecuencia la extinción masiva de especies. Primero, en el periodo Ordovícico, hace más de 445 millones de años, se presentó una caída del nivel del mar, así como un proceso de enfriamiento de la superficie terrestre que llevó a más del 85% de las especies de la era a su muerte.

Casi 100 millones de años después –en el periodo Devónico–, otro gran evento destructivo se presentó en la Tierra debido al continuo enfriamiento y a la posible caída de varios asteroides. En este caso, la pérdida de biodiversidad fue de un 70%.

Luego, se presentó el periodo Pérmico, hace 250 millones de años. En él –debido al rápido calentamiento global, el aumento de CO2 en el ambiente y las erupciones volcánicas– más del 95% de las especies fueron erradicadas. Siguiendo esta línea, 50 millones de años después, las altas temperaturas y el exceso de dióxido de carbono se llevaron un 76% de las formas de vida del periodo Triásico.

Finalmente, fue en el Cretácico en el que se pudo ver la última gran extinción registrada. Esta tuvo como principales causantes la caída de un asteroide en la Tierra, las contantes erupciones volcánicas y el descenso en el nivel de los mares. En todos los casos, solo un pequeño porcentaje de la vida vegetal y animal logró sobrevivir, por lo que podemos ver que, de no haber realizado esta los posteriores procesos de diversificación y adaptación, simplemente no existiría el mundo como lo conocemos.

La extinción trae nueva vida e innovación evolutiva

Una curiosidad sobre esto es que, en cada caso, las criaturas mejor adaptadas al ambiente –que se podrían haber considerado líderes del mismo– fueron las primeras en perecer en el momento en el que las condiciones comenzaron a cambiar. Por otro lado, aquellas cuyo diseño morfológico en anterioridad las tenía en “desventaja”, ahora, libres de competencia, fueron capaces de explotar sus capacidades al máximo y evolucionar hasta convertirse en los individuos más adaptados al nuevo entorno.

Este relativo equilibrio se mantuvo en todas las oportunidades por miles de años, con ciertas criaturas a la cabeza y otras al margen. Luego, cuando se presentaba el evento natural catastrófico –que por lo general ha sido la mayor causa de extinción masiva de animales hasta la llegada del hombre– estos “líderes” cedían su puesto a los nuevos organismos mejor adaptados.

Sin embargo, ello no implica que estos últimos fueran la causa de la desaparición de los primeros. De hecho, en muchos casos estos evolucionaban para adaptarse al nuevo medio, sin tener que competir directamente con quien estuvo allí antes.

Un ejemplo de ello son los murciélagos y las aves que, en lugar de competir, parecen haberse dividido el cielo para que unos lo reinaran en el día y otros en la noche. En realidad, el deceso de los animales, se debía a sus pocas habilidades para sobrevivir en el nuevo ambiente, más que a la competencia que le pudiesen presentar aquellos mejor adaptados.

¿Esto podría volver a pasar?

Aunque nos cueste asumirlo, la mano humana ha tenido un gran peso en los casos de extinción animal a lo largo del mundo. Por ello, podríamos decir que para el caso de esta posible “Sexta Gran extinción” sería el hombre la fuerza que la indujera.

No obstante, por lo que hemos podido ver por el patrón evolutivo, esto no implica que toda la vida en la Tierra vaya a desparecer como tal. De hecho, muestran que evolucionará para adaptarse al nuevo mundo que los animales extintos dejan detrás. Eso sí, las posibilidades que la especie humana vea esto son nulas, ya que para ello harán falta –como en los casos anteriores– miles de años de desarrollo evolutivo continuo.

Esto no implica que ahora con este conocimiento nuevo debamos quedarnos de brazos cruzados y dejar que la Tierra se siga deteriorando. Después de todo, mientras más la perturbemos, más hostil será el nuevo ambiente en el que las nuevas criaturas se tendrán que desarrollar. Esta información no debería ser vista más que como un alivio para la conciencia de la humanidad consumista. En realidad, debería ser percibida como una lección de humildad. Una en la que se nos reitera que hubo vida antes de que nosotros llegáramos aquí, y que seguirá existiendo cuando ya no estemos.

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