Fuente: Zuoxin Wang.

A pesar de ser roedores, los topillos de la pradera son criaturas sumamente adorables que han destacado dentro de la biodiversidad por ser monógamos. Tienen una sola pareja durante toda su vida, y con la cual comparten las tareas domésticas, como la construcción de nidos y la labor de padres de manera totalmente igualitaria.

Como hemos mencionado en otros artículos, sentimientos como el amor y la unión entre pareja o con los hijos son estimulados por sustancias químicas que produce nuestro cuerpo. Entre ellos, están dos neurotransmisores como la oxitocina y la vasopresina, que casualmente cumplen dichas funciones tanto en humanos como en ratones.

Y ya se tiene evidencia de ello. Se ha comprobado que los niveles de estos dos neurotransmisores se encuentran excepcionalmente elevados en los topillos de la pradera emparejados en comparación con los solteros.

Por si fuera poco, los ratones de campo, otra especie de roedores que juega más en el campo que los topillos de la pradera, parecen presentar condiciones similares. Al dosificarse con estos neurotransmisores, estos se hicieron mucho más monógamos.

Pues bien, queda claro que el apareamiento estimula la producción de estas sustancias en los topillos de la pradera. Ocurre de manera similar en los seres humanos: casi en todas las relaciones, los primeros días, meses o años, parecen de luna de miel, y la sensación de enamoramiento parece ir aplacándose con el paso del tiempo, en algunos casos convirtiéndose en un amor más maduro, mientras que en otros, terminándose.

¿Ocurre lo mismo en los topillos de la pradera? Los científicos ya saben que estos roedores son fieles y extremadamente considerados en su vida en pareja, ¿pero se mantiene esto durante toda su vida, o solo es causa de los calores del inicio?

¿Por qué son tan duraderas las relaciones de los topillos de la pradera?

Al aparearse, los niveles de oxitocina y vasopresina en los cerebros de los topillos de la pradera se elevan.

Un equipo de investigadores de la Universidad Estatal de Florida liderado por Mohamed Kabbaj se encargó de estudiar a estos animalitos en 2013, y sus hallazgos fueron publicados en la revista Nature.

Kabbaj y sus colegas reunieron varios ratones que habían estado encerrados juntos durante seis horas sin aparearse entre ellos. A algunos de ellos, les inyectaron tricostatina A (TSA), un medicamento que bloquea una enzima que generalmente impide la expresión génica, específicamente en el núcleo accumbens, la región del cerebro que está asociada con sentimientos de recompensa y placer.

Los científicos observaron que, a pesar de que estos ratones solo habían estado juntos unas pocas horas y no se habían apareado, los ratones que recibieron la inyección de TSA formaron parejas y sus niveles de receptores de oxitocina y vasopresina eran mucho más altos. Entonces los compararon con los ratones de campo que se habían apareado, y encontraron patrones muy similares.

“El apareamiento activa esta área del cerebro que conduce a la preferencia de la pareja: podemos inducir este mismo cambio en el cerebro con este medicamento. El medicamento por sí solo no hará todos estos cambios moleculares: se necesita el contexto: es el medicamento más las seis horas de convivencia”.

Parece ser que el amor en realidad puede cambiarnos, y la evidencia de ello está precisamente en los cambios en los niveles de neurotransmisores en el cerebro, que a su vez pueden desencadenar un cambio de comportamiento. Por ejemplo, la monogamia.

Referencia:

Gene switches make prairie voles fall in love. https://www.nature.com/news/gene-switches-make-prairie-voles-fall-in-love-1.13112

Histone deacetylase inhibitors facilitate partner preference formation in female prairie voles. https://www.nature.com/articles/nn.3420