Kakapo, pájaro de Nueva Zelanda está en peligro crítico. Fuente: Andrew Digby, Departamento de Conservación de Nueva Zelanda.

El naturalista Alfred Russel Wallace, que al igual que Darwin desarrolló una teoría de la evolución, describió en su momento a Nueva Zelanda como una zona “maravillosamente aislada“.

Este ecosistema se mantuvo así hasta la llegada de los primeros maoríes, una etnia polinésica, a las islas alrededor de 1280 EC, momento en el cual los únicos mamíferos nativos eran los murciélagos. Años después, los maoríes y los europeos desencadenaron una ola de extinción que terminó por aniquilar con más de 70 especies de aves, entre la cuales figuraba el moa gigante.

Hasta ahora tenemos suficiente evidencia de que la huella de los humanos sobre la Tierra ha ido en su mayor parte negativa. Un ejemplo especial de ello esta región del mundo, donde la llegada de estas criaturas hace unos 700 años apenas, resultó en la extinción de muchas especies de aves nativas de la zona.

La situación persiste y aun en la actualidad muchas especies se encuentran en peligro de extinción. La peor parte es que el proceso puede que sea irreversible, y en todo caso, tomaría un largo tiempo restaurar la biodiversidad en la zona.

De hecho, un estudio reciente ha confirmado que tomaría como mínimos unos 50 millones de años de evolución restaurar la biodiversidad que se ha perdido en Nueva Zelanda. Los hallazgos han sido publicados en la revista Current Biology.

Un modelo matemático para estimar el tiempo de restauración

Luis Valente, autor del modelo matemático para estimar el tiempo de restauración de especies en Nueva Zelanda. Fuente: Pedro Cascao.

Un equipo de investigadores de la Universidad de Groningen en los Países Bajos y la Universidad de Massey en Nueva Zelanda se reunió para estimar el tiempo de evolución que tomaría restaurar toda la biodiversidad afectada por los humanos a sus niveles originales en Nueva Zelanda. Para ello, aplicaron un modelo matemático especializado desarrollado por Luis Valente, un biólogo evolutivo empleado por el museo de historia natural Naturalis Biodiversity Center, y el profesor Rampal Etienne, ambos de la Universidad de Groningen.

El modelo está basado en la idea de que la biodiversidad de la isla alcanza un equilibrio, la cual ha sido cuestionada por otros investigadores que consideran que la dinámica de los ambientes insulares evita que se alcance el equilibrio en la zona.

Sin embargo, ambos científicos dieron sustento a su modelo. En sus trabajos anteriores, recolectaron información genética de especies de murciélagos extintas con el fin de demostrar que los niveles de biodiversidad sí se habían alejado de un estado de equilibrio, lo que corrobora que en algún momento existió. Para entonces, el modelo arrojó que se necesitaría ocho millones de años de evolución para restaurarlos.

En su investigación más reciente, los autores se enfocaron en usar este modelo para las especies de aves de Nueva Zelanda. Secuenciaron partes del genoma de casi todas, e incluyeron muchas que ya estaban extintas.

El resultado fue 50 millones de años de recuperación, sin embargo, destacan el hecho de que las especies de aves que se encuentran en peligro de extinción o en peligro crítico pueden alterar dicho resultado. Y es que, de extinguirse aves como el kakapo y otras especies de kiwi, se añadirían unos seis millones de años al tiempo de restauración ya citado.

A esto añaden que, si las especies que se clasifican en la actualidad como “vulnerables” también se extinguieran próximamente, entonces se agregarían otros 10 millones de años a la cifra.

La realidad sobre la restauración de las especies

Es importante señalar que el término “recuperación” empleado por los autores para describir sus resultados se refiere a la vuelta al punto en el que la evolución ha repuesto el número de especie a su nivel original, el del “equilibrio”.

Sin embargo, como muchos imaginarán, estas especies recién evolucionadas dentro de millones de años no serán idénticas a las que se han extinguido hasta ahora, pues bien sabemos que en esta existencia el cambio es inminente. Valente explica esta situación con el ejemplo del dodo en Mauricio, una nación insular en el océano índico:

“También estoy trabajando en Mauricio, donde solía vivir el dodo. Si bien la evolución no traerá de vuelta al dodo, estaba relacionado con las palomas, por lo que una nueva especie de ave podría evolucionar a partir de la población actual de palomas de la isla”.

Cuando se le preguntó cuál es la utilidad de dicho cálculo si en realidad las especies desaparecidas realmente no volverán, Valente contestó que se trata de una forma de cuantificar el daño ecológico:

“Bueno, una consideración práctica es que nos permite cuantificar el daño ecológico que se ha hecho. Dados los recursos limitados disponibles para la conservación, estos números podrían mostrarnos cómo lograr la mejor relación costo-beneficio, en términos de inversión en la protección de especies en peligro de extinción.

Usando nuestro modelo, podemos determinar las tasas naturales de cambio en las islas. Si dos islas diferentes tienen el mismo número de especies en peligro de extinción, es posible que debamos centrar nuestros esfuerzos de conservación en la que tenga un mayor tiempo de recuperación”.

Si lo analizamos, teniendo una idea del tiempo de recuperación de biodiversidad en una zona podrían establecerse mejor las prioridades de conservación. De esta forma, podrían diseñarse medidas que involucren la preservación de las especies más importantes para el planeta.

Referencia:

Deep Macroevolutionary Impact of Humans on New Zealand’s Unique Avifauna. https://www.cell.com/current-biology/fulltext/S0960-9822(19)30785-7?_returnURL=https%3A%2F%2Flinkinghub.elsevier.com%2Fretrieve%2Fpii%2FS0960982219307857%3Fshowall%3Dtrue