El bien y el mal son dos de los términos más relativos que existen. Para algunas personas está bien hacer ciertas cosas, mientras que para otras no,  esto ha sido motivo de discusiones familiares, laborales e incluso ha tenido implicaciones bélicas.

El hecho es que realmente cada quien hace lo que quiere la mayoría de las veces. Una investigación reciente reveló que las vidas personal y profesional de cada persona están conectadas. Así que es muy fácil exhibir rasgos de la personalidad en ambos ámbitos, sobre todo si se es propenso a hacer trampa.

Cuando una persona maneja virtudes como la honestidad y la integridad, estas tienen influencia en sus pensamientos y acciones bajo diferentes situaciones. Esta decidirá si ser honesta o íntegra aun cuando ello implique ponerse en desventaja.

Sin embargo, esta visión es contrarrestada por la teoría del situacionismo, que en su lugar plantea que lo que a una persona le parezca incorrecto en un contexto, no necesariamente aplique igual en otro.

Ahora una nueva investigación se ha encargado de estudiar la razón por la que las personas hacen trampa. ¿Es a causa del contexto en que nos encontramos o es que nuestra propia naturaleza nos hace adeptos al engaño?

Para ello Dr. Marco Palma, director del Laboratorio de Comportamiento Humano de la Universidad de Texas y profesor en el departamento de economía agrícola, y el Dr. Billur Aksoy, profesor asistente de economía en el Instituto Politécnico Rensselaer, en Nueva York, estudiaron el comportamiento de una población durante dos períodos.

Se trataba de una comunidad remota de Guatemala que dependía exclusivamente de la producción de café. De modo que se planteó un período de abundancia de cinco meses, en el que los agricultores cosechan café semanalmente. Por otro lado, se tuvo un período de escasez en el que transcurrieron siete meses sin cosecha y los ingresos mermaron.

¿Influyen la escasez y la abundancia en la prevalencia de la trampa?

Un primer experimento consistió en darles a los participantes una taza y dados para que los tiraran dos veces agitando la taza como en los juegos de azar, y dependiendo del número que obtuvieran, recibirían una compensación monetaria. La dinámica se realizó tanto en un período de escasez como en un período de abundancia.

Si al lanzar los dados salía uno, la recompensa era de 5 quetzales, un poco menos de un dólar; obteniendo un dos, la recompensa era 10 quetzales, y a medida que el número aumentaba, la recompensa sumaba 5 quetzales adicionales de manera sucesiva. Sin embargo, si salía seis, no se obtenía nada.

“La primera vez es la que cuenta, y luego la sacuden nuevamente para que nadie más vea lo que rodaron. Así que ahora las personas tienen la oportunidad de hacer trampa para aumentar sus ganancias. Lo hicimos en el período de escasez, y nuevamente en el período de abundancia”.

En teoría, los participantes deben obtener cada número de los dados en aproximadamente una sexta parte del tiempo, explican los autores:

“Si nos fijamos en los números que pagan mucho, hay tres números de seis. Por lo tanto, el 50 por ciento de las veces deberían informar un pago alto y el 50 por ciento del tiempo un pago bajo”.

Podríamos esperar una diferencia en los resultados obtenidos en el período de escasez y en el período de riqueza, pero sorprendentemente no hubo cambio. Los investigadores encontraron que durante la escasez se informó un 90 por ciento de números altos en dados (lo que implicaría una mayor recompensa), y alrededor de un 90 por ciento en el período de abundancia.

“Encontramos que informaron alrededor del 90 por ciento de los números altos durante la escasez y alrededor del 90 por ciento en abundancia. Por lo tanto, no hubo cambios en las trampas en los dos períodos”.

El segundo experimento consistió en que las personas engañaran a alguien de su pueblo, como un miembro de la familia o un amigo, para así obtener un beneficio monetario. Luego, tuvieron la oportunidad de engañar a un extraño, alguien ajeno al pueblo.

“En general, las personas engañan a los grupos, pero a un ritmo menor que el que harían ellos mismos. Y esto realmente no cambia a través de las condiciones de escasez y abundancia”.

Encontraron que durante el periodo de abundancia, los participantes no hicieron trampa a los externos, pero durante la escasez, se observó que estos engañaban tanto a internos como externos al mismo ritmo:

“Durante el período de abundancia, la gente no hizo trampa para el grupo externo. En otras palabras, si se trata de alguien que está fuera del grupo, el nivel que reportaron para los altos pagos fue exactamente del 50 por ciento, que es la expectativa. Pero durante el período de escasez, se cerró la brecha entre el grupo interno y el externo. De repente, las personas comenzaron a hacer trampa para el grupo externo al mismo ritmo que lo hicieron para el grupo interno”.

La trampa tiene su origen en el individuo y no en factores externos

Pero a final de cuentas, Billur Aksoy, profesor asistente de economía en el Instituto Politécnico Rensselaer, investigadores concluyeron que no la escasez no tuvo ningún impacto significativo en el comportamiento de engaño siempre que los beneficiaros fueran las mismas personas. Este considera que los resultados tienen un carácter universal, pues un estudio similar realizado en Tailandia concluyó lo mismo.

Muchos piensan que la delincuencia muchas veces es una consecuencia de educación pobre y circunstancias en que los recursos escasean. Pero esta investigación ha demostrado que en realidad los factores externos no son tan influyentes en los comportamientos tramposos. En su lugar, estos tienen origen en la misma propensión de las personas hacia ellos.

Referencias:

Cheater, cheater: Human Behavior Lab studies cheating as innate trait. https://today.agrilife.org/2019/08/01/cheater-cheater-human-behavior-lab-studies-cheating-as-innate-trait/

The effects of scarcity on cheating and in-group favoritism. https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0167268119302148?via%3Dihub