En la era del postureo, para muchas personas la clave de unas buenas vacaciones ya no es tanto disfrutar del momento como conseguir una foto idónea, digna de un buen número de likes en las redes sociales. Lo importante no es llenar la mente de buenos momentos que recordar, sino mostrárselos a los followers, incluso si para eso es necesario correr algún que otro riesgo. Los casos de personas fallecidas mientras intentaban hacerse un selfie conduciendo o cerca de un precipicio no son exageradamente abundantes, pero sí lo suficiente como para comprender que algo va mal.

A toda esta locura se ha unido en los últimos meses la fiebre por pasar un rato en Chernobyl, haciendo fotos en los lugares en los que transcurrió la catástrofe recientemente retratada en la serie de HBO. Afortunadamente, se trata de un área protegida, a la que solo se puede acceder con guías que conocen las zonas seguras y cruzando por controles militares en los que se evita el paso a lugares peligrosos.

Sin embargo, existen otras zonas en las que no existe ninguna forma de controlar que influencers y aficionados pongan su salud en peligro en busca de la foto perfecta. Por supuesto, si no están tan protegidos como la central nuclear soviética es porque no son ni mínimamente tan peligrosos como ella, pero eso no impide que muchas personas hayan entrado en contacto recientemente con aguas tóxica, sin importarles las consecuencias que ello podría tener. Este es el caso del lago de Novosibirsk, en Siberia, y el monte Neme, ubicado en la comarca coruñesa de Carballo.

Las Maldivas siberianas

Novosibirsk se encuentra en la parte suroeste de Siberia, a orillas del río Ob, adyacente al valle del mismo nombre, y cerca del gran depósito de agua formado por la presa de la central hidroeléctrica local.

Se trata de una ciudad con mucha cultura, famosa por sus museos y teatros, pero sobre todo por su planetario, que fue galardonado en 2015 como la mejor infraestructura social de Rusia. Sin embargo, si hay algo que ha atraído últimamente la atención de turistas y habitantes locales ha sido el lago formado junto a la presa de la central hidroeléctrica. Y no es para menos, pues sus aguas cristalinas y de un bonito azul turquesa contrastan con el verde oscuro del bosque siberiano situado alrededor.

Sin duda es un escenario perfecto para captar fotos en un entorno paradisíaco, sin tener que desplazarse hasta El Caribe. Basta con hacer una búsqueda rápida en Instagram para encontrar imágenes de parejas enamoradas besándose sobre piraguas, mujeres haciendo yoga junto a sus aguas u hombres disfrutando de un baño sobre uno de los complementos más preciados por los influencers durante el verano: los flotadores con forma de unicornio.

Hasta aquí todo parece genial, si no fuera porque este recoge los vertidos procedentes de la planta eléctrica que se sitúa junto a él. Lo ha advertido la compañía que la administra en un comunicado emitido ante la creciente afluencia de personas que acuden hasta allí para darse un baño en sus aguas turquesas. En él explican que su color procede precisamente de la presencia de sales de calcio y algunos óxidos metálicos que se forman como residuos en la central energética.

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Aclaran que el agua no es intrínsecamente tóxica, pero que sí tiene un pH más alto de lo normal y que algunas de las sustancias que contiene pueden provocar reacciones alérgicas a los bañistas. Pero eso no es lo peor, pues también añaden que el fondo, repleto de depósitos de la planta, tiene una consistencia pantanosa que puede llevar a quienes se zambullen en él a quedar atrapados.

El monte tóxico gallego

El monte Neme, ubicado en la comarca de Carballo, cuenta también con un pantano de aguas de intenso color turquesa, que hacen igualmente las delicias de cualquier bañista instagramer.

El problema es que en él se encontraba antiguamente una mina de wolframio. Este metal, conocido también como tungsteno, se ha usado tradicionalmente en la fabricación de filamentos para lámparas incandescentes, electrodos y resistencias eléctricas, así como para la fabricación de herramientas de corte.

Cobró una gran importancia durante la Segunda Guerra Mundial, cuando se utilizaba para blindar proyectiles anti tanque. Esto lo hizo muy codiciado por la Alemania Nazi, que lo adquiría de minas ubicadas principalmente en Portugal y España. Tras la pérdida del ejército de Hitler al fin de la contienda, estas minas fueron cayendo en desuso, pero sus aguas siguen contaminadas de wolframio.

La dosis letal de este metal en humanos sitúa entre los 500 mg y los 5 gramos por kilogramo de peso corporal, por lo que serían necesarios al menos 35 kilos para matar a una persona de 70 kilos. Es muchísimo, pero que no mate no quiere decir que el contacto con el agua no pueda acarrear problemas a la salud.

De hecho, según ha explicado el doctor Manuel Ferreiro, del servicio de urgencias del Hospital Universitario de Coruña (CHUAC), en una entrevista con Cadena Cope, un baño puntual puede producir problemas oculares e irritativos, tanto de las mucosas oculares como de las cutáneas. Además, si es de una manera prolongada y se ingiere algo de agua, es posible que ocasiones trastornos digestivos, vómitos y posteriormente diarrea.

La misma emisora recogió también las declaraciones de una instagramer que aseguró haber sufrido una reacción alérgica durante dos semanas; pero que, a pesar de todo, la foto valió la pena.

Ese es el problema. ¿Realmente vale la pena poner la salud en peligro a cambio de unos cuantos likes? Si lo pensamos bien, no hay nada como darse un baño mundano en una playa totalmente segura. Al fin y al cabo, si la foto no sale bien siempre podremos utilizar los filtros.

Este artículo se publicó originalmente en Hipertextual.

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