Las personas que caminan descalzas regularmente terminan desarrollando gruesas callosidades. Hasta ahora se ha asumido que esto reduce la sensibilidad en los pies, pero los resultados de un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Harvard, cuestiona este supuesto y revela los insospechados problemas que causan zapatos.

Los investigadores encontraron que las personas que andan descalzos con frecuencia se sienten tan bien en como las personas que usualmente usan zapatos. Sin embargo, los usuarios de calzados generalmente no están conscientes de que los zapatos ejercen fuerzas de impacto mucho más fuertes en sus articulaciones que cuando caminan descalzos.

Midiendo la sensibilidad

Para el estudio, los investigadores examinaron a 81 adultos del oeste de Kenia incluyendo a tanto a caminantes descalzos habituales como a usuarios de zapatos. En complemento, también recolectaron datos similares de 22 personas en Boston.

Las callosidades están formadas de la proteína queratina, el mismo material que las uñas, pegadas entre sí con otra proteína especial.

Los investigadores midieron qué tan sensibles eran las plantas de los pies de los participantes valiéndose de un pequeño dispositivo que aplicaba presión en la piel. Cuando los participantes sintieron un golpe en el dispositivo, presionaron un botón.

Las mediciones de ultrasonido de la planta del pie mostraron que la piel de los caminantes descalzos era hasta 30 por ciento más gruesa que la de los usuarios de zapatos. Sorprendentemente, estas callosidades no afectaban la sensibilidad en sus pies.

Los investigadores probaron las reacciones y sensaciones con un dispositivo de vibración y encontraron que los caminantes descalzos podían percibir los impulsos tan rápida y claramente como los usuarios de zapatos. Sin embargo, según sus propias declaraciones, no tenían ningún dolor al caminar descalzos por terrenos cotidianos como calles calientes o piedras puntiagudas.

Un impacto mayor

En una segunda etapa del estudio, los investigadores examinaron a 22 adultos en los Estados Unidos, la mitad de los cuales también eran caminantes descalzos o usuarios habituales de zapatos. Las pruebas en la cinta de caminar mostraron que la energía del impacto de los pies en el suelo tenía un efecto mucho más fuerte en las articulaciones de los usuarios de zapatos que el de los caminantes descalzos.

Durante la mayor parte de los 200.000 años de existencia humana, caminamos descalzos. Las callosidades son la respuesta evolutiva para proteger el pie.

Los investigadores indican que con los zapatos acolchados, la rigidez de la suela disminuye la velocidad a la que el cuerpo percibe el suelo, lo que hace que el impacto sea más cómodo, pero la fuerza es la misma.

 

Por lo tanto, la energía que se dispara en la pierna es aproximadamente tres veces mayor usando zapatos acolchados que estando descalzo. Al respecto, el investigador Daniel E. Lieberman, profesor de ciencias biológicas en Harvard y autor principal del estudio, comentó:

“No tenemos idea de lo que eso significa para la salud de las articulaciones. Teóricamente es posible que este impacto adicional esté detrás de la duplicación de las tasas de artritis de la rodilla registrada desde la Segunda Guerra Mundial, aproximadamente cuando los avances tecnológicos en el diseño de calzado permitieron suelas más acolchadas”.

Durante la mayor parte de los 200.000 años de existencia humana, caminamos descalzos. El calzado descubierto más antiguo data de hace unos 8.000 años y los zapatos acolchados son aún más recientes: solo tienen unos 300 años.

En cierto modo, caminar descalzo es mejor para el cuerpo que usar zapatos con amortiguación profunda, afirman los autores; aun así, no recomiendan evitar el calzado en general.

Referencia: Foot callus thickness does not trade off protection for tactile sensitivity during walking. Nature, 2019. https://doi.org/10.1038/s41586-019-1345-6