Por años, los poderes han buscado ocultar sus errores a la población, algunos por supuesta protección de sus ciudadanos o seguidores y otros por mero ego, para evitar la aceptación de que no estuvieron a la altura de la situación. Ha habido muchos casos a lo largo de la historia, tal como ocurrió en Japón cuando la bomba de Hiroshima, en China con la masacre de Tiananmen y en la Unión Soviética con el desastre nuclear de Chernóbil.

Los gobiernos de estos países quisieron “tapar el sol con un dedo” al querer ocultar hechos tan graves como estos, cuyas consecuencias terminaron por afectar a miles de ciudadanos. En el caso de Japón, pasaron décadas para que los japoneses volvieran a hablar de aquella noche fatal del 6 de agosto de 1945, e incluso para rendirle honores a los caídos.

En el caso de Tiananmen, cuyo 30 aniversario se conmemoró la semana pasada, los mismos mandatarios chinos expresaron que su actuación de asesinar una centena de personas fue “correcta”, pues “pararon la turbulencia” que los manifestantes provocaron al exigir mayor apertura política y el castigo a la corrupción.

Una de las imágenes más conocidas en el mundo de las protestas de la PLaza de Tiananmen. Solo a pocos habitantes de China les es familiar por los altos niveles de censura en el país.

A pesar de que estos hechos también marcaron la historia del mundo, en esta oportunidad nos enfocaremos a estudiar el peso que tiene la censura sobre el destino de todo un país –y hasta de un continente–, tal como ocurrió con el pobre manejo de la información que tuvo la Unión Soviética sobre el desastre nuclear de Chernóbil. Así lo pudimos ver en detalle con la aclamada miniserie de HBO, ‘Chernobyl’, que tuvo su fin el 3 de junio de 2019.

“Cada mentira que contamos se endeuda con la verdad”

Jared Harris interpretando a Valeri Legásov en ‘Chérnobyl’ (2019). En su brillante exposición de los hechos, el científico desenmascara magistralmente al estado soviético por lo que realmente es: una máquina negligente de mentiras.

Estas palabras que tienen casi el mismo peso de una bomba nuclear, conforman una de las últimas frases que Jared Harris, en el papel de Valeri Legásov, el científico que guio todas las labores para detener que el desastre se siguiera expandiendo a niveles mortales, dice durante su brillante discurso ante el jurado.

En una exposición magistral de los hechos, acompañados de evidencia científica y testimonios de los trabajadores de la central nuclear, Legásov logra exponer al estado soviético como lo que realmente es: una máquina de negligencias y de mentiras. Narrando cada minuto previo de los hechos que llevaron al peor desastre nuclear de la historia, Legásov demuestra, de manera indignante, que la tragedia fue ocasionada por el completo desconocimiento de los encargados de llevar a cabo la prueba de seguridad que estaba programada.

Durante la serie podemos ver cómo desde el lado del partido intentaron demostrar que todo estaba bajo control y que no existía peligro alguno. No es sino hasta la intervención de Legásov y sus conocimientos en el área que Mijaíl Gorbachov, el Jefe de la Unión Soviética hasta 1991, pidió la investigación cercana del hecho para evitar que el daño se siguiera propagando.

Es así como una vez que se dice una mentira, el enfrentamiento de la verdad suele ser cada vez más catastrófico, lo cual lleva a aquellas personas que mienten o cuentan medias verdades a hacer que las consecuencias sean cada vez peores.

¿Cuál es el costo de las mentiras?

Al sol de hoy, Prípiat es una ciudad fantasma en la que solo permanecen los recuerdos de las 300 mil personas que fueron evacuadas con la promesa de poder regresar a sus hogares.

Para nadie es un secreto que el modelo soviético busca proyectar una imagen de grandeza y potencia mundial, por lo que aceptar la negligencia de sus burócratas está completamente fuera de lugar. En su eterna competencia contra los Estados Unidos, bajo ninguna circunstancia se pueden mostrar debilidades ni errores. Ha sido la soberbia ideológica de la Unión Soviética la culpable de la explosión de Chernóbil, pero con el paso del tiempo y tantas evidencias, las mentiras quedaron sepultadas bajo el peso de la historia.

Siempre ocurre en regímenes como el soviético –y se nota la influencia en aquellos países que han recibido ayuda de la Patria Made–, que quien dice la verdad es completamente humillado por el Estado, bajo su maquinaria de poder. En un video promocional sobre el último episodio de ‘Chernobyl’, Stellan Skarsgård, quien interpreta al vicepresidente del Consejo de Ministros, Boris Scherbina, explica que en un sistema donde la ideología es más fuerte que nada, los hechos y la realidad quedan en un último plano, pues el solo cuestionamiento de la perfección soviética podía costarle la libertad a quien lo hiciera, incluso hasta la vida:

“Lo que es realmente importante es cómo la ideología de la Unión Soviética, la idea de un sistema que era infalible y el miedo de las personas sobre señalar algún defecto o error…todo tenía que ser perfecto. Tenías que pretender que era perfecto. Cualquier sistema con una ideología tan fuerte, ya sea la idea de una nación perfecta o de una creencia perfecta, conlleva la exclusión de los hechos”.

En añadido, Harris reflexiona sobre cómo solemos aceptar verdades cómodas que enfrentar decisiones difíciles y realidades complicadas. Todo esto ha sido el resumen de la historia de Chernóbil, y muy seguramente, de otros hechos terribles que han ocurrido alrededor del mundo.

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Entonces, ¿cuál es el precio de mentir? Altísimo, al menos para un Estado con un problema tan grave como un desastre nuclear. Durante el capítulo final de la miniserie escuchamos el monólogo de Legásov sobre el alto costo de las mentiras, acompañadas de hechos y cifras reales que demuestran lo devastador que realmente fue el accidente.

Para Legásov, la verdad siempre está ahí “la veamos o no, si la queremos ver o no”, y termina diciendo estas palabras que resuenan en la mente del espectador como campanadas ensordecedoras:

“A la verdad no le interesan nuestras necesidades o deseos. No les interesan a nuestros gobiernos, nuestras ideologías o nuestras religiones. Permanecerá a la espera para siempre. Y este, es finalmente, el regalo de Chernóbil. Mientras antes temía el costo de la verdad, ahora solo pregunto: ¿Cuál es el costo de las mentiras?”.

Una mentira dicha varias veces no se convierte en verdad, solo aumenta el costo

Por mucho que los regímenes totalitarios inviertan en sus mecanismos de propaganda y censura, por mucho que busquen acallar las voces de las personas que dicen la verdad, esta siempre permanecerá a la espera de que alguien lo suficientemente valiente decida plantársela en la cara a estos gobiernos. Todo secreto de estado sale a la luz tarde o temprano, o si no pregúntenle al FBI, o a Japón con la bomba de Hiroshima o a China con Tiananmen, y por supuesto a la Unión Soviética con Chernóbil.

Y en esto juegan un papel crucial los activistas digitales o los buenos hackers que buscan desenmascarar los horrores del poder. Dos figuras que resaltan en la actualidad son Edward Snowden y Julian Assange, quienes hoy permanecen marginados por haber filtrado secretos de estado que lucían como cualquier expediente criminal.

“En tiempos de engaño universal, decir la verdad se convierte en un acto revolucionario”. —George Orwell

También los periodistas son clave para desenmascarar a los gobiernos, pero si vemos un factor común es que los gobiernos siempre terminan por ridiculizar a quienes dicen la verdad, tildándolos de mentirosos o de haber perdido la cabeza. Sin embargo, la lección que aprendimos de Chernóbil es que no hay una frase tan cierta como la de “la verdad los hará libres”, pues tras años de noticias sobre el accidente y la negligencia que lo ocasionó, fue uno de los primeros martillazos que demolieron la Unión Soviética.

Dicho en palabras de Gorbachov en 2006: “El desastre nuclear de Chernóbil fue quizás la verdadera causa del colapso de la Unión Soviética”. Han pasado más de treinta años desde el accidente nuclear, y aún la cifra definitiva es desconocida pues extraoficialmente, los fallecidos van desde los 4 mil hasta los 93 mil, mientras que la cifra oficial que se mantiene desde 1987 es de apenas 31 personas.

Tecnología en pro de la información

La mentira y la verdad han evolucionado en paralelo con la tecnología. Mientras que actualmente es más fácil acceder a información bloqueada e incluso muchos activistas y periodistas buscan desenmascarar verdades y secretos que amenazan a toda una nación, también la manera de contar mentiras ha tomado más experticia.

No extraña en lo absoluto que quienes busquen explotar estos métodos precisamente sea, ya no la Unión Soviética, sino su más importante gigante, Rusia. En cada escándalo de saboteo electrónico, manipulación de información y espionaje, Rusia tiene sus huellas impresas. Desde las elecciones en Estados Unidos en las que resultó como ganador Donald Trump, hasta el bloqueo a la información libre y querer tener acceso a datos privados, Rusia continúa expandiendo su legado de falacias.

Si no le funcionó en la década de los ochenta cuando la tecnología no era ni la milésima parte de lo avanzada que es hoy, ¿creen que podrán seguir escribiendo una verdad orwelliana sin que los descubran? Todo parece indicar, que no han aprendido la lección que Chernóbil dejó en cuanto al precio de las mentiras.

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