La procrastinación, entendida como el aplazamiento de acciones o tareas a un tiempo posterior, puede ser el riesgo laboral más antiguo del mundo. Hay referencias de este comportamiento en textos iraníes que datan de hace unos 4.000 años.

Últimamente, el hábito de postergar las tareas para después ha ganado cierta flotabilidad, debido a que un puñado de psicólogos sugiere que prescindir del trabajo puede ser beneficioso porque aumenta la creatividad, dando sustento al concepto de “dilación productiva”.

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Pero el investigador Tim Pychyl, profesor de psicología y director del Grupo de Investigación de Procrastinación en la Universidad de Carleton, afirma que la noción de dilación productiva o “activa” es oximorfónica y sin sentido.

De hecho, los metanálisis de la investigación han demostrado que la postergación se puede relacionar con un bajo autocontrol, un rendimiento deficiente y menores signos de bienestar. Los procrastinadores con frecuencia luchan con sentimientos de culpa y estrés, y sus relaciones más cercanas pueden verse afectadas si su postergación es crónica.

No obstante, los investigadores que promueven la “postergación activa”, donde la decisión de demorar el trabajo es deliberada, y la presión se usa a propósito como motivador, dicen que puede conducir a un mejor rendimiento y a una mejor salud.

Sin embargo, explican los detractores de este concepto, la llamada postergación activa no puede ser considerada como un comportamiento procastinatorio, ya que por principio procrastinar es tener la intención de hacer algo y luego postergarlo, a pesar de que esta demora tendrá implicaciones negativas. Si un retraso es deliberado y los resultados son positivos, no es una dilación, es un “retraso intencional”, un concepto diferente.

Las cosas por su nombre

Pero esto no es solo una cuestión de semántica, sino una cuestión de bienestar psicológico. Para tener un mejor entendimiento, es útil considerar todas las razones por las que las personas aplazan las tareas necesarias. En este sentido, los investigadores desarrollaron una tipología sobre los retrasos, en la que se identifican 6 nociones básicas.

Se puede entender que los retrasos intencionales pueden llegar a favorecer la mejor creatividad, pero es una táctica que no funciona para todos.

Retrasos inevitables, son los que surgen cuando la agenda está sobrecargada o interrumpida por otra obligación o necesidad.

Retrasos por excitación, los que ocurren cuando una persona decide que estaría más motivada para hacer algo en el último minuto.

Retrasos hedonistas, los cuales se presentan cuando una persona decide hacer algo más que la tarea en cuestión debido al factor de gratificación instantánea.

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Retrasos debido a problemas psicológicos, como los provocados por el duelo por la pérdida de un familiar o amigo, u otra afección del estado de ánimo o de salud mental, ya sea crónica o aguda.

Retrasos intencionados, comúnmente requeridos cuando una persona necesita pensar sobre un tema o trabajo creativo antes de comenzar a escribir o producir algo.

Retrasos irracionales, que son inexplicables para el procrastinador y con frecuencia son alimentados por el miedo al fracaso y la ansiedad.

En la práctica, estas categorías no son mutuamente excluyentes. Un retraso irracional también podría estar teñido de impulsos hedonistas, por ejemplo.

Además, no todos estos retrasos son una forma de dilación. El empleado que no cumple con un plazo debido a que su gerente lo interrumpe con otra tarea “urgente” ha sufrido un retraso inevitable, más no una dilación.

Una desaceleración de la productividad después de una muerte en la familia podría apuntar a que una persona se encuentra sumida en medio de la niebla del dolor, pero no sugeriría un comportamiento procrastinatorio.

Cuando se postergan las tareas pendientes, constantemente hay una voz en el fondo de la mente que te lo recuerda.

De manera similar, un retraso intencional no puede ser visto como una dilación. Cuando las personas frenan intencionalmente su intención de comenzar un proyecto o tarea con el propósito de reunir más conocimientos o para dejar que sus ideas maduren, lo que realmente significa, es que se ha aceptado este importante trabajo llamado “pensar” y es lo que algunos llaman “procrastinación activa”, aunque no se trata de una dilación.

Más allá de los términos

Dejando de lado la terminología, se puede entender que los retrasos intencionales pueden favorecer una mejor creatividad, pero hay una advertencia: se trata de una táctica que no funciona para todos.

Si una persona tiene un tipo de personalidad con un alto nivel de neuroticismo o ansiedad, los retrasos intencionales pueden aumentar sus miedos e inseguridades, y se sabe que los sentimientos de temor son contraproducentes.

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Adicionalmente, incluso si un retraso intencional no causa pánico o temor no es garantía de que se logre perfectamente la meta planteada. Hay evidencia de sobra que muestra que las personas que actúan bajo presión son más propensas a cometer más errores, y eso implica invertir más tiempo en hacer correcciones o entregar un trabajo sin la calidad esperada, o peor aún, no alcanzar la meta planteada.

En última instancia, los expertos señalan que dilación no es satisfactoria. Se trata de un comportamiento de desplazamiento, en el que constantemente tienes una molesta voz en el fondo de tu mente que te recuerda todas esas tareas en tu lista de tareas pendientes.

En conclusión, procrastinar puede hacerte sentir un poco mejor temporalmente, pero terminarás el día sintiéndote frustrado contigo mismo.

Referencias:

On the Behavioral Side of Procrastination: Exploring Behavioral Delay in Real-Life Settings. Frontiers in Psycology, 2018. https://dx.doi.org/10.3389/fpsyg.2018.00746

Examining Procrastination Across Multiple Goal Stages: A Longitudinal Study of Temporal Motivation Theory, Frontiers in Psycology, 2018. https://dx.doi.org/10.3389/fpsyg.2018.00327

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