Aunque con los mismos rasgos generales, nuestros rostros difieren anatómicamente de los de otros homínidos ya extintos, como los neandertales, y de nuestros parientes vivos más cercanos: los bonobos y los chimpancés. Por mucho tiempo se ha indagado sobre cómo y por qué el rostro del humano moderno evolucionó de la forma en que lo hizo, pero no se cuenta con una explicación satisfactoria de este proceso, hasta ahora.

A fin de profundizar en estas cuestiones, un equipo de investigadores de la Universidad de York, en Reino Unido, realizó un estudio en el que rastrearon los cambios en la evolución facial desde los primeros homínidos africanos hasta los humanos modernos.

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Rastreando la evolución facial

Los resultados del estudio sugieren que nuestras caras han evolucionado no solo en respuesta a factores como la dieta y el clima, sino también para brindar más oportunidades para la comunicación gestual y no verbal, habilidades esenciales para construir las amplias redes sociales que nos han permitido sobrevivir.

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Como explica el investigador Paul O’Higgins, profesor de Anatomía en la Escuela de Medicina de la Universidad de York y coautor del estudio:

“Ahora podemos usar nuestras caras para señalar más de 20 categorías de diferentes emociones a través de la contracción o la relajación muscular. Es poco probable que nuestros primeros ancestros humanos tuvieran la misma destreza facial ya que la forma general de la cara y las posiciones de los músculos eran diferentes”.

En términos generales, nuestras caras carecen de la proyección hacia adelante que presentaban muchos de nuestros parientes fósiles. También tenemos crestas de cejas menos prominentes, y nuestros esqueletos faciales tienen más topografía.

En comparación con nuestros parientes vivos más cercanos, los chimpancés, nuestros rostros están más retraídos y están integrados dentro del cráneo, en lugar de ser empujados frente a él.

La dieta ha sido considerada como un factor importante, especialmente cuando se trata de las propiedades mecánicas de los alimentos consumidos: los objetos blandos y los duros. Por ejemplo, algunos homínidos tempranos tenían estructuras óseas que sugerían la presencia de músculos poderosos para masticar. Estos fósiles tenían caras inusualmente planas.

Necesidad de habilidades sociales

En humanos más recientes, la transición de ser cazadores-recolectores a colonos también coincide con cambios en la anatomía facial, específicamente la cara se tornó más pequeña. Sin embargo, muchos de los detalles de esta interacción entre la dieta y la forma facial no están claros, debido a que la dieta afecta a ciertas partes de la cara más que a otras.

A diferencia de los chimpancés, nuestros parientes cercanos, la anatomía actual de nuestros rostros nos permiten expresar más de 20 emociones diferentes.

Pero el clima también tuvo un papel en la evolución del rostro humano, lo que queda bien ejemplificado en los neandertales, que se adaptaron a vivir en climas más fríos y tenían grandes cavidades nasales. Esto habría permitido una mayor capacidad para calentar y humidificar el aire que inhalaban.

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Pero los investigadores resaltan el papel de la comunicación como uno de los grandes impulsores de la anatomía facial moderna: una cara más pequeña, menos robusta y con una frente menos pronunciada. Esto habría permitido gestos más sutiles y, por tanto, una comunicación no verbal mejorada.

Los autores del estudio señalan que la comunicación social ha sido un factor determinante en la forma facial humana moderna, y concluyen puntualizando que nuestros rostros deben considerarse como el resultado de una combinación de influencias biomecánicas, fisiológicas y sociales.

Referencia: The evolutionary history of the human face. Nature Ecology & Evolution, 2019. https://doi.org/10.1038/s41559-019-0865-7

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