En referencia a los requisitos de energía humana, se ha asumido que, tal como en los animales de granja, el tamaño del cuerpo metabólico y el gasto de energía influyen en la ingesta de alimentos.

Hasta hace poco, la evidencia que relaciona el gasto energético en humanos con los patrones de alimentación diarios ha sido limitada, y los mecanismos que convierten el gasto de energía en una unidad funcional para comer son poco conocidos.

Examinando asociaciones

Hay mucho que no entendemos sobre el efecto que tiene el aumento de la actividad física en nuestro requerimiento energético.

La mayoría de nosotros quemamos diferentes cantidades de calorías en días diferentes: por ejemplo, los que asisten a un gimnasio tienen días libres, mientras que otros tienen días en los que caminan más, hacen más tareas domésticas u otras actividades.

A todos nos da hambre dos o tres veces al día independientemente de la cantidad de energía usada.

Los estudios no encuentran una relación clara entre estas variaciones y la cantidad de alimentos que la persona promedio consume en el día en cuestión.

En este sentido, un equipo de investigadores de la Universidad de Leeds, en Reino Unido, realizó un estudio en que examinó las asociaciones transversales entre la composición corporal, el gasto energético de actividad y la ingesta diaria de alimentos.

El estudio analizó lo que sucede con la ingesta de calorías de las personas en los días en que son más activos sin hacer ejercicio de forma deliberada, eso incluye desde un viaje al dentista hasta un día en la playa con los niños.

Para la investigación, los científicos hicieron un seguimiento a 242 individuos (114 hombres y 128 mujeres), a quienes durante una semana, se les registró la ingesta diaria de alimentos y el gasto de energía.

Para obtener la ingesta de alimentos diaria, los investigadores restaron a la tasa metabólica en reposo el índice de gasto energético diario total.

El análisis de estos datos reveló que el gasto energético de actividad predijo de forma independiente la ingesta diaria de alimentos media, junto con la composición corporal y el metabolismo en reposo.

Eso significa que la cantidad de actividad influyó en cuánto comían los individuos, pero sus tasas metabólicas en reposo también influyeron en sus apetitos; en otras palabras, explican los investigadores, las personas con sobrepeso que tenían un nivel de actividad en alza tendían a comer más.

De acuerdo a los investigadores, esta relación podría explicar el caso frecuente en el que una persona activa aumenta de peso más que una persona sedentaria.

El gasto energético y la ingesta diaria

Los investigadores explican que en un mundo ideal, el cuerpo humano estaría capacitado para detectar la cantidad de energía que usamos y en respuesta, nos daría el apetito para comer la cantidad correcta de alimentos, y de este modo mantener un equilibrio entra el gasto asociado a la actividad física y la ingesta de calorías.

El estudio analizó lo que sucede con la ingesta de calorías de las personas en los días en que son más activos sin hacer ejercicio de forma deliberada.

Pero desafortunadamente no es así: todos tenemos hambre dos o tres veces al día, y a veces más, independientemente de la cantidad de energía usada.

Estos hallazgos concuerdan con estudios previos que sugirieron un acoplamiento entre el gasto de energía inducida por el ejercicio y la ingesta de alimentos diaria.

Adicionalmente, los resultados proporcionan un apoyo adicional a la idea de que el gasto energético y sus subcomponentes metabólicos y conductuales, están asociados con la ingesta diaria de alimentos en individuos que no experimentan cambios significativos en el peso corporal.

Referencia: Activity energy expenditure is an independent predictor of energy intake in humans. International Journal of Obesity, 2019. https://doi.org/10.1038/s41366-018-0308-6