Durante décadas hemos sabido que una variedad de animales migratorios, como las aves y las tortugas marinas, son capaces de sentir el campo magnético de la Tierra y confían en él para la navegación.

Ahora, un nuevo estudio ha encontrado evidencia que sugiere que los humanos estamos armados de un “sexto sentido” que nos permite sentir cambios en esos campos.

Manipulando campos magnéticos

Ante la antigua diatriba de si las personas podemos sentir el campo magnético del planeta, un equipo de geocientíficos y neurobiólogos del Instituto de Tecnología de California (CalTech) y la Universidad de Tokio, se propuso determinar si los humanos tienen un sentido conocido como magnetorrecepción.

La investigación demostró que los campos magnéticos influyen en los patrones de ondas cerebrales en los seres humanos.

A tal fin, los investigadores diseñaron un experimento en el que 26 participantes se sentaron con los ojos cerrados en una cámara oscura y tranquila, equipada con bobinas eléctricas.

Estas bobinas manipularon el campo magnético dentro de la cámara para que tuviera la misma fuerza que el campo natural de la Tierra, pero manipulable en cualquier dirección.

A los participantes se les colocó una capucha de electroencefalografía (EEG) que registraba la actividad eléctrica de sus cerebros mientras el campo magnético circundante giraba en varias direcciones.

Para determinar si el cerebro reacciona a los cambios en la dirección del campo magnético, los investigadores se enfocaron en las ondas alfa, las cuales generalmente dominan las lecturas de EEG cuando una persona está inactiva, pero se desvanecen cuando se recibe información sensorial, como un sonido o un toque.

Efectivamente, los cambios en el campo magnético provocaron cambios en las ondas alfa de las personas.

Herencia ancestral

Específicamente, cuando el campo magnético apuntaba hacia el piso frente a un participante que mira hacia el norte (la dirección que apunta el campo magnético de la Tierra en el hemisferio norte), el giro del campo en sentido contrario a las agujas del reloj de noreste a noroeste provocó una caída promedio del 25 por ciento en la amplitud de las ondas alfa.

Durante décadas hemos sabido que una variedad de animales migratorios, como las aves, son capaces de sentir el campo magnético de la Tierra.

Ese cambio fue aproximadamente tres veces más fuerte que las fluctuaciones de la onda alfa natural observadas en los ensayos de control.

Curiosamente, los cerebros de las personas no mostraron respuestas a un campo magnético giratorio orientado hacia el techo, la dirección del campo de la Tierra en el hemisferio sur.

Para confirmar estas observaciones el equipo reexaminó a varios de los participantes semanas o meses después, y mostraron las mismas respuestas.

Los autores del estudio señalan que dada la presencia conocida de sistemas de navegación geomagnéticos altamente evolucionados en especies en todo el reino animal, tal vez no sea sorprendente que podamos retener al menos algunos componentes neuronales funcionales, especialmente dado el estilo de vida nómada de cazadores – recolectores de nuestros antepasados.

Referencia: Transduction of the geomagnetic field as evidenced from alpha-band activity in the human brain. eNeuro, 2019. https://doi.org/10.1523/ENEURO.0483-18.2019