Hace miles de años, los humanos pasaron de la caza y la recolección de sus alimentos al cultivo y el pastoreo. Con el paso del tiempo se ordeñaba el ganado, se molían granos y encontraron nuevas formas conservar carnes y verduras.

Estos cambios alteraron drásticamente la forma de sustento humana y propiciaron la aparición de alimentos más blandos, y de acuerdo a una reciente investigación, no solo cambió nuestra forma de comer, también nuestra forma de hablar.

La huella humana más antigua se remonta a hace 15,600 años y se encontró en Chile

Nuevos sonidos

De acuerdo a un estudio realizado por un equipo internacional de investigadores, los sonidos “F” y “V” no formaban parte del lenguaje humano hasta que apareció la agricultura durante la era neolítica.

Según a los investigadores, la agricultura permitió a los humanos comer alimentos blandos, lo que tuvo una incidencia directa en la forma en que se desarrollaron las mandíbulas, propiciando la aparición de sonidos que sus bocas eran incapaces de hacer.

Comparación de la mandíbula de una mujer de hace unos 9 mil años con una mordida directa, con la de hombre de hace aproximadamente 3,6 mil años.

En el año 1985, el lingüista Charles Hockett llamó la atención sobre el hecho de que los sonidos las consonantes labiodentales, en particular la “F” y la “V”, rara vez se encuentran o simplemente no están presente en los idiomas de las comunidades de cazadores-recolectores.

Para explorar más a fondo la idea de Hockett, el equipo de investigación desarrolló modelos computarizados del cráneo, los dientes y la mandíbula humana en configuraciones de mordida excesiva, sobreabatidora y mordida de borde a borde.

La simulación biomecánica de la boca permitió comparar cómo las personas con diferentes mordeduras emiten los sonidos de la “F” y la “V”.

Los investigadores encontraron que la mordida ortognática, en la que los incisivos superiores se superponen parcialmente con los inferiores, hace posible dedicar un 29 por ciento menos de esfuerzo a pronunciar sonidos labiodentales.

Además, el estudio mostró que las sobremordidas y las sobreexplotaciones hicieron más fácil pronunciar erróneamente sonidos bilabiales como “M” o “P” que se crean al colocar los labios juntos.

Principio cuestionado

Luego, los autores estudiaron los sonidos labiodentales en más de 2.400 idiomas y encontraron que, en promedio, solo el 27 por ciento de estos sonidos se encuentran en idiomas de cazadores-recolectores, en comparación con los idiomas de las personas dedicadas a la agricultura.

Para el estudio, los investigadores desarrollaron un modelo computarizado que les permitió evaluar la forma en se pronuncian los sonidos.

Esto resultó especialmente evidente en lugares como Australia, que aún alberga múltiples sociedades de cazadores-recolectores. De los 343 dialectos que se hablan allí, solo dos presentan el sonido “F”.

La aparición de los sonidos labiodentales sería una excepción a una regla fundamental de la lingüística, llamada principio uniformista, que plantea que la capacidad de los humanos para usar el lenguaje no ha cambiado significativamente desde que apareció por primera vez, hace unos 300.000 años.

Genes inaccesibles podrían explicar por qué los humanos somos el “primate gordo”

Al respecto, el investigador Balthasar Bickel, profesor de la Universidad de Zurich y coautor del estudio, expresó:

“Los resultados de nuestra investigación ayudan a identificar las complejas relaciones causales entre las prácticas culturales, la biología humana y la lingüística, y también cuestionan la suposición generalmente aceptada de que, cuando se trata de lenguaje, el pasado suena como el presente”.

Los investigadores concluyen señalando que el surgimiento y desarrollo de comunidades agrícolas y pastorales, y la posterior integración de alimentos blandos a la dieta, fueron los precursores de la aparición de los sonidos labiodentales, los cuales se incorporaron en el habla humana hace tan solo unos 5.000 años.

Referencia: Human sound systems are shaped by post-Neolithic changes in bite configuration. Science, 2019. https://doi.org/10.1126/science.aav3218

Más en TekCrispy