La curiosidad es un arma de doble filo. No por nada muchos son fieles creyentes de que “la curiosidad mató al gato”. Sin embargo, este deseo por explorar y entender las cosas ha sido el motor de los más importantes descubrimientos para la humanidad.

Sobre este tema, recientemente, un equipo de científicos descubrió que, a nivel cerebral, la curiosidad es más similar al hambre de lo que muchos piensan. Quizás, de allí deriva la frase “estar hambriento por conocimiento”.

Así es como el cerebro decide qué aprender

Se pone a prueba el poder de la curiosidad

Algunos definen la curiosidad como hambre por conocimiento, y es posible que esto no sea tan descabellado como puede parecer. Para investigarlo, un equipo de científicos diseñó un experimento en el que se mezcló comida, magia y juego.

En un primer momento, se le solicitó a los participantes que observaran un video corto sobre un truco de magia o una foto de comida. Posteriormente, se les indicó que debían calificar, en una escala de siete puntos, qué tanta curiosidad les generaba el truco de magia o qué tanto deseo sentían por comer los alimentos que se les habían enseñado.

La idea era saber si tenían la motivación suficiente como para apostar por conocer el truco o comerse los alimentos. Antes de tomar esta decisión, a los participantes se les mostraba una rueda, similar a las de los juegos estilo “Rueda de la Fortuna”, en la que se señalaban sus probabilidades de ganar la apuesta.

En algunos casos estas probabilidades eran del 17% y en otras del 83%. Específicamente, si la persona apostaba y la rueda terminaba en una posición ganadora, los participantes podían saber el secreto detrás del truco o comer los alimentos que se les habían mostrado.

Sin embargo, si la rueda terminaba en una posición perdedora, los participantes recibirían una descarga eléctrica. Así, en un primer momento, se observó que los participantes eran más propensos a apostar cuando tenían más probabilidades de ganar.

No obstante, algo que llamó la atención de los investigadores fue que a medida que las puntuaciones de curiosidad o hambre eran mayores, aumentaban las probabilidades de que las personas apostaran, a pesar de correr el riesgo de sufrir una descarga eléctrica.

Esto significa que, tanto el hambre como la curiosidad, eran lo suficientemente poderosas como para hacer que las personas asuman ciertos riesgos.

La curiosidad puede ser tan irresistible como el hambre

A nivel cerebral, el hambre y la curiosidad se activan de forma similar.

Tal como vemos, la curiosidad y el hambre pueden motivarnos a asumir comportamientos de riesgo, pero las similitudes pueden ir más allá de esto.

Para profundizar en esta relación, los investigadores repitieron el experimento; pero esta vez se midió la actividad cerebral de los participantes a partir de una resonancia magnética funcional mientras participaban del juego.

De forma asombrosa, se observó que, tanto el hambre como la curiosidad, se mostraron relacionadas a una mayor activación del cuerpo estriado. El cuerpo estriado es una estructura cerebral asociada a la percepción de incentivos. En pocas palabras, esta estructura está encargada de procesar nuestros deseos.

Así es como el cerebro decide qué aprender

Adicionalmente, en estudios posteriores, se observó que el cuerpo estriado también se activaba cuando los participantes apostaban por respuestas en juegos tipo trivia. Estos resultados sugieren que la curiosidad, tanto perceptiva como epistémica, y el deseo por comer, se originan en esta estructura cerebral.

Tal como vemos, el hambre y el deseo por aprender, tienen una base común a nivel neurológico. En este sentido, podría decirse que la curiosidad es una necesidad equiparable a necesidades fisiológicas, como comer. Es decir, el hambre por conocimiento puede ser tan irresistible como el hambre real.

Referencia: Hunger for Knowledge: How the Irresistible Lure of Curiosity is 2 Generated in the Brain, (2018). https://doi.org/10.1101/473975

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