El cerebro responde a la comida, al punto de que sólo verla o pensarla genera una gran cantidad de productos químicos destinados a convencernos a comer. Es una reliquia de días pasados ​​cuando un suministro constante de alimentos no era una garantía, y la mejor estrategia era comer lo más posible cuando se tenía la oportunidad.

Nuestro cerebro evolucionó para ofrecer una oleada de neurotransmisores que nos motivan y recompensan por comer, lo que explica esa sensación de satisfacción y bienestar que provoca una buena comida. Pero, de acuerdo a un reciente estudio, resulta que en realidad no obtenemos una, sino dos recompensas químicas por saciarnos a nosotros mismos.

Estas ondulaciones cerebrales pueden ayudarnos a recordar nuestras experiencias pasadas

Doble recompensa

Valiéndose de  una nueva técnica de imágenes, un equipo de investigadores del Instituto Max Planck para la Investigación del Metabolismo, descubrió que nuestros cerebros liberan el neurotransmisor dopamina, hormona del bienestar, en respuesta a un sabroso bocadillo, primero cuando el alimento llega a nuestras bocas, y nuevamente, cuando la comida llega a nuestros estómagos.

El cerebro humano evolucionó para ofrecer una oleada de neurotransmisores que nos motivan y recompensan por comer.

Con una versión modificada de una tomografía por emisión de positrones (PET), los investigadores pudieron rastrear el movimiento de la dopamina a través de los cerebros de 12 participantes a los que se les había dado algo de comer.

La dopamina es uno de los neuroquímicos que forma parte del sistema de recompensa del cerebro, y se libera cuando vemos o pensamos en los alimentos y cuando realmente los comemos.

Para el estudio, los investigadores le ofrecieron a los participantes un gustoso batido o una solución insípida, y observaron cuándo y dónde aparecía el neurotransmisor.

Diferentes motivos

Tal como se esperaba, apenas los participantes degustaban el batido, se pudo observar cómo fluía la dopamina en el cerebro, concentrándose en áreas que incluían señalización de valor de recompensa, memoria y control inhibitorio.

El estudio reveló que en realidad no obtenemos una, sino dos recompensas químicas por saciarnos a nosotros mismos.

Lo que sí resultó inesperado fue que, entre 15 y 20 minutos después de tomado el batido, los investigadores registraron otra ola de dopamina en el cerebro de las personas, y esta vez en regiones totalmente diferentes. En esta ocasión, la dopamina apareció en regiones relacionadas con funciones cognitivas superiores, lo que contrasta con las áreas más primarias estimuladas en la inicial liberación del neurotransmisor.

Los investigadores expresan que la doble recompensa refleja el hecho de que a nuestras bocas y nuestros estómagos les gusta la comida por dos razones diferentes: a la boca le gusta la comida porque sabe bien y al estómago le gusta porque aporta nutrientes.

¿Por qué siempre tenemos espacio para el postre a pesar de la saciedad?

Aunque esta respuesta ha sido previamente observaba en ratones, esta es la primera vez que se evidencia en humanos.

Los autores de la investigación destacan cómo las interacciones entre el cerebro y el sistema digestivo son capaces de reforzar la ingesta de alimentos, y pueden proporcionar una pista de por qué a veces comemos en exceso los alimentos que más anhelamos.

Referencia: Food Intake Recruits Orosensory and Post-ingestive Dopaminergic Circuits to Affect Eating Desire in Humans. Cell Metabolism, 2018. https://doi.org/10.1016/j.cmet.2018.12.006

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