Que los humanos tengamos una gran influencia en este planeta no es ningún secreto. Un reciente estudio evalúa la influencia humana en la evolución global durante el siglo pasado, encontrando que la cantidad de cambios, así como la velocidad en que se han producido, no tienen precedentes en la historia.

El estudio realizado por la zoóloga canadiense Sarah Otto, investigadora afiliada a la Universidad de British Columbia, argumenta que nuestra presencia ha cambiado el curso de la evolución de los animales y las plantas, posiblemente para siempre.

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Una fuerza impulsora

El desarrollo evolutivo de los humanos ha llevado a cambios masivos en el planeta Tierra. Los seres humanos hemos talado bosques, contaminado el aire, ríos, arroyos e incluso el océano. Por si fuera poco, hemos calentado el planeta, aumentado la acidez del océano y alterado el curso de la historia evolutiva para un número incalculable de especies.

La humanidad ha cambiado el curso de la evolución de las especies en la tierra, ya que la dirección de la selección natural se ha alterado.

Si bien cambiar el rumbo de los ecosistemas no es algo nuevo, resulta sorprendente la velocidad en que las extinciones han ocurrido en el último siglo y más aún, el hecho de que sólo una especie es responsable de ellas.

La fuerza impulsora detrás de la evolución es la selección natural. Animales y plantas que se adaptan mejor a su entorno o el más apto, tienen las mejores oportunidades de supervivencia y, por lo tanto, más posibilidades de procrearse.

Pero como los humanos cambiamos el entorno en el que viven estos animales y plantas, ajustamos automáticamente todo el proceso de selección natural, y por lo tanto, el curso de la evolución.

Un buen ejemplo de esto es la llamada evolución en la ciudad. Encontramos muchos edificios altos en las urbes y se estima que alrededor de 800 millones de animales voladores pierden la vida cada año por impactos contra estas infraestructuras.

Estas tasas de mortalidad tan altas pueden generar una fuerte presión de selección que conduce a cambios en el comportamiento, como la velocidad de vuelo o altitud, la morfología, como la forma de las alas, y la estrategia de ciclo de vida, por ejemplo, la edad en que los animales se reproducen por primera vez.

Aunque esto no está completamente documentado, la evidencia de reacciones evolutivas tan generalizadas se está acumulando. Hay aves que simplemente vuelan menos, o pájaros cuyas alas han cambiado de forma, permitiéndoles virar más rápido y esquivar los obstáculos humanos.

Tolerar las actividades humanas

Pero existen otras formas en que afectamos el curso evolutivo de los animales, como la caza. Se ha encontrado evidencia de que los peces evolucionan en respuesta a la sobrepesca. Por ejemplo, alcanzan su madurez sexual más temprano, lo que conlleva a peces más pequeños.

La actividad humana ha arrasado con bosques, contaminado el aire, y el agua, calentado el planeta y aumentado la acidez de los océanos.

La autora del estudio concluye señalando que la humanidad ha cambiado el curso de la evolución de las especies en la Tierra, ya que la dirección de la selección natural se ha alterado: ahora los organismos que más nos convienen y los que entran en nuestros planes silvestres son “los más aptos”.

En palabras de la investigadora:

“Dejamos un mundo para las generaciones futuras que es menos natural, menos salvaje y menos biológico que el mundo en el que nacimos, no sólo porque muchas especies han desaparecido, sino también porque hemos impuesto una presión de selección sobre los organismos: tolerar las actividades humanas.”

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Finalmente, al contrario de lo que a primera vista sugiere este estudio, no podemos determinar completamente el curso de la evolución y nuestras acciones pueden volverse contra nosotros.

Por ejemplo, cuando las enfermedades y sus difusores se adaptan mejor a la vida en nuestras ciudades, las bacterias se adaptan mejor a nuestros cultivos y las presas se adaptan mejor a nuestros métodos de caza, tal como hemos visto con la evolución de la resistencia bacteriana a los antibióticos, que tanto nos amenaza.

Referencia: Adaptation, speciation and extinction in the Anthropocene. Proceedings of the Royal Society B, 2018. https://doi.org/10.1098/rspb.2018.2047

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