Desde tiempos remotos, la humanidad se ha preocupado por la existencia de criaturas monstruosas; así, desde las épocas más antiguas, el ser humano ha desarrollado mitos y leyendas sobre supuestos monstruos que habitan lugares desconocidos; desde los dragones hasta el kraken, estas criaturas han ocupado nuestro imaginario, enriqueciendo nuestro bagaje cultural.

Si bien nuestras preocupaciones actuales sobre criaturas monstruosas han cambiado a lo largo de la historia, estas criaturas siempre han formado parte de nuestra idiosincrasia; de esta manera, mientras en pleno siglo XXI nos preocupamos por supuestos monstruos que pudiesen ser creados a partir de la experimentación científica; por su parte, en el pasado, los temores se relacionaban más a criaturas mitológicas; veamos de donde parte la idea de los monstruos y cómo nos han acompañado a lo largo de nuestra historia.

Los monstruos empezaron siendo un presagio divino

El significado de lo que representan los monstruos se ha modificado dramáticamente a lo largo de la historia de la humanidad. Etimológicamente, la palabra “monstruo”, proviene del latín “monstrum”, que significa mostrar; a su vez, se relaciona con el verbo “monere”, que se traduce como advertir. En este sentido, un monstruo representa una advertencia enviada al mundo por parte de fuerzas sobrenaturales.

De esta manera, la monstruosidad se aplica a cualquier ser que atente contra el orden regular de la naturaleza, generalmente con características negativas; en particular, los monstruos suelen describirse como seres híbridos que combinan elementos humanos, animales y tenebrosos; es un término reservado para seres que inspiran temor, repugnancia y desagrado.

Ya desde la época de los grandes filósofos, se habían creado taxonomías para describir y agrupar todos los organismos conocidos; así, cualquier ser que se separara de lo conocido, sería clasificado como un monstruo. En un ese momento, los monstruos eran señales de los dioses.

En particular, esta categoría estaba reservada para lo desconocido: becerros que nacían con dos cabezas, bebés deformes o formas humanas extrañas que vivían lejos de la sociedad. No fue sino hasta finales del siglo XV, cuando los europeos iniciaron sus exploraciones fuera de territorios conocidos, cuando el concepto de monstruosidad cambio.

Ya los monstruos no eran errores de la naturaleza, como los animales de dos cabezas, sino seres foráneos; tras las los viajes, los exploradores traían extrañas muestras de flora y fauna, reemplazando a los antiguos monstruos por formas orgánicas extraordinarias que habían sido producidas por la naturaleza, en lugar de presagios de la ira divina.

La monstruosidad de lo desconocido

Si bien la monstruosidad estaba reservada a los defectos de la naturaleza a modo de presagios divinos, en la medida en la que los europeos empezaron a explorar territorios desconocidos, la tipificación de los monstruos empezó a cambiar. En este sentido, las nuevas bestias encontradas por los exploradores europeos empezaron a ser consideradas los nuevos monstruos.

En función del descubrimiento de nuevos territorios, los exploradores estaban convencidos de que habían descubierto razas monstruosas de animales. No obstante, muchos de estos descubrimientos estaban rodeados por un halo de misticismo. Al llegar de sus viajes, los exploradores narraban maravillosas historias sobre criaturas de más de dos metros y mujeres mitad pez y mitad humanas.

De esta manera, diferentes historias empezaron a cruzarse, a partir de lo que se desarrollaron historias fantásticas sobre criaturas extrañas; por su parte, las partes faltantes de estas narraciones, le dieron paso a la imaginación. Así, surgieron leyendas como las del Kraken o el Cetus. Las únicas pruebas de la existencia de estos monstruos eran extrañas partes del cuerpo de diversos animales que traían los exploradores.

Por ejemplo, el extraño colmillo largo y retorcido de los narvales era tomado como una prueba irrefutable de la existencia de los unicornios. De esta forma, las personas comunes en Europa no veían a las criaturas vivas, sino partes o reconstrucciones de ellas. Más bien, las pruebas de la existencia de estos monstruos eran reconstrucciones de partes de diversos animales, como las Sirenas de Fiji, reconstruidas a partir de cabezas de monos, partes de peces y otros materiales.

Así lucen las Sirenas de Fiji.

Gracias a estas reconstrucciones, los monstruos de las historias se convirtieron en realidades tangibles, expuestas en espectáculos extravagantes para el disfrute de las personas. Si bien algunos dudaron de su autenticidad, nadie negaba la magia que se ceñía en torno a ellos; de esta forma, se difuminaron los límites entre lo natural y lo artificial en torno a estos monstruos.

La naturaleza de la monstruosidad

A pesar de que muchos de estos monstruos no eran más que el resultado de la imaginación, la fascinación por estas criaturas hizo que muchos animales reales fuesen catalogados como monstruos. Tal es el caso de las morsas, unos animales prácticamente desconocidos para la mayoría de los europeos.

Luego de los viajes, los exploradores narraban épicas historias sobre batallas con bestias anfibias de gran peso, con colmillos de elefante, ojos rojos, piel impenetrable y fuerza prodigiosa. De esta manera, se crearon leyendas en torno a criaturas híbridas que habitan en el ártico de gran peligrosidad; esto, a su vez, le otorgó más valor a los productos de morsa que se vendían en los mercados, como las pieles y la grasa. Algo similar ocurrió con las ballenas.

Las morsas eran concebidas como híbridos monstruosos.

Poco a poco, muchos otros animales extraños fueron engrosando la categoría de monstruos; esto, representó una confusión para aquellos dedicados a desarrollar reglas taxonómicas de la naturaleza. Tal es el caso de los ornitorrincos, unos mamíferos con un pico similar al de los patos, espolones venenosos y la capacidad de poner huevos. Cuando los expertos recibieron un espécimen de este animal, en un principio se creyó que fuese imposible un híbrido entre un pez, un pato y un castor.

Por tanto, fueron muchos los intentos por demostrar que este no era más que otro caso de un monstruo reconstruido de partes de otros animales; así, las tipologías animales tuvieron que desdibujarse para incluir estas criaturas fuera de lo común.

También, la monstruosidad de estos animales sirvieron para justificar su exterminio; como ocurrió con el tilacino o tigre de Tasmania; este animal parecía un híbrido entre una especie canina y una felina. Sin embargo, cuando empezó la cría de ovejas en Tasmania, durante el siglo XIX, el tilacino fue catalogado como un monstruo asesino de ganado, por lo que se inició una guerra contra ellos.

De esta manera, para el año de 1930, el tilacino estaba prácticamente extinto, a pesar de que por sus características no eran asesinos particularmente rabiosos; todo esto se debió a las cualidades monstruosas que le fueron conferidas. De hecho, luego de su desaparición, las representaciones en torno al tigre de Tasmania cambiaron; ya no era visto como una criatura monstruosa, sino que fue presentado como un animal majestuoso y conmovedor. Este monstruo se convirtió en una víctima inocente, cuestionando el origen de la monstruosidad de la época.

Otro caso especial en cuanto a este tema, es el del orangután; para el momento del descubrimiento del orangután, los expertos sugerían que era producto del cruce entre los simios y mujeres nativas de la región. Esto cristalizó los temores del siglo XIX respecto al mestizaje colonial. Así, poco a poco, la monstruosidad fue acercándose más a lo que representa la humanidad.

¿Quiénes son los verdaderos monstruos?

Con el paso del tiempo, las fronteras entre los humanos y otras especies fueron diluyéndose; de esta manera, lo monstruoso se trasladó desde lo externo al ser humano hasta un lugar en su interior; prueba de ello son las obras literarias clásicas de los siglos XIX y XX. En este sentido, se sugería que la monstruosidad era producto de la acción humana.

Así, Víctor Frankenstein creó su propio monstruo en la novela de Mary Shelley de 1818, mientras que Bram Stoker introdujo a Drácula en nuestros hogares. No solo la literatura formó parte de este movimiento, sino que los expertos en la psiquis humana, como Sigmund Freud, develaron que el ser humano tenía la posibilidad de alojar sentimientos escalofriantes y comportarse de forma atroz, por su propia responsabilidad.

En los siglos XIX y XX, la monstruosidad fue acercándose cada vez más hacia lo humano.

De esta manera, la monstruosidad pasó de encontrarse en lo externo al ser humano, a formar parte de ello y, con el pasar de los años, los monstruos se han convertido en un producto de la humanidad. Actualmente, nuestros temores están representados por extraños humanoides y robots, con habilidades iguales o superiores a los humanos.

Específicamente, ahora nos preocupamos por extrañas criaturas de inteligencia artificial que podría volcarse contra sus creadores ante la menor oportunidad; adicionalmente, se teme la creación científica de extraños híbridos entre humanos, animales y máquinas, inspirando películas y demás producciones masivas a las que estamos expuestos actualmente.

En resumen, el lugar que ocupan los monstruos ha ido cambiando con el pasar de la historia; en el pasado, los monstruos eran presagios divinos o extrañas criaturas que provenían de los bordes desconocidos del planeta, en lugares recónditos. Sin embargo, con el advenimiento de nuevos descubrimientos, la monstruosidad se fue acercando cada vez más a la humanidad, dejándole poco espacio a los monstruos sobrenaturales.

De esta manera, los monstruos modernos han dejado de ser enormes animales marinos, como el kraken, para convertirse en extraños humanoides de inteligencia artificial que pueden poner en peligro nuestra integridad.

Referencias:

  1. Monstrosity and the Monstrous. https://doi.org/10.1177/039219216201004002
  2. Marvels of the East. A Study in the History of Monsters. https://www.doi.org/10.2307/750452
  3. Introduction: Monstrosity and Anthropology. http://dx.doi.org/10.7227/GS.2.3.1

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