Muchas veces, nos proponemos como objetivo bajar de peso; bien sea por motivos de salud o por seguir los cánones estéticos. Sin embargo, esta no es una tarea sencilla; para bajar de peso, las personas deben cambiar sus hábitos de alimentación, así como también su estilo de vida.

Aun así, para muchas personas, esta tarea suele ser más ardua de lo normal. Esto se debe a que nuestro cerebro tiene una especie de umbral de peso, a partir del cual pone en marcha una serie de mecanismos que sabotean la pérdida de peso.

Cuando perdemos peso, nuestro cerebro se preocupa

Se ha demostrado que, independientemente de los esfuerzos, el 80% de las personas que pierden cierta cantidad de peso, suelen recuperarlo un año más tarde; incluso, es posible que recuperen unos kilos adicionales. Sobre esto, los expertos aseguran que nuestro cerebro impide la pérdida de peso al ejecutar ciertos procesos que evitan disminuir esos kilos extra.

Nuestro cerebro no se lleva bien con los cambios. A modo de ilustración, tomemos la temperatura corporal; si nuestra temperatura sube o baja un par de grados de lo normal, se activan una serie de mecanismos que promueven la vuelta a la normalidad; ante el calor, los capilares se expanden y las glándulas sudoríparas expulsan sudor para refrescar el cuerpo. Por su parte, cuando hace frío, los capilares se contraen y nuestros músculos tiemblan para aumentar la temperatura corporal.

Un proceso similar ocurre cuando empezamos a perder peso. Nuestro organismo tiene un punto de ajuste respecto a la cantidad de peso que el cerebro considera como saludable. Así, cuando se restringen las calorías, se quema la grasa; esto disminuye los niveles de leptina, una hormona relacionada al apetito que nos hace sentir llenos.

Cuando el cerebro nota esta disminución, activa mecanismos de defensa que se traducen en un aumento del apetito, por lo que estamos motivados a comer más. Al mismo tiempo, el metabolismo se hace más lento, a fin de conservar la energía. De esta manera, podemos notar que empezamos a percibir la comida como más apetitosa de lo normal.

Como si esto no fuese suficiente, el proceso de termogénesis de actividad sin energía, que incluye las calorías quemadas en actividades cotidianas como caminar, ir al baño y cocinar, se reduce considerablemente; es decir, todos estos procesos se hacen más lentos sin que nos demos cuenta.

Esto no significa que sea un objetivo imposible

A modo de síntesis, nuestro propio cerebro puede ser el principal saboteador de nuestro propósito de perder peso. Al percibir que la ingesta de calorías ha disminuido, así como la reducción de la grasa, el cerebro activa una serie de mecanismos que nos hacen sentir más hambrientos, al tiempo que el metabolismo se hace más lento.

Sin embargo, esto no significa que perder peso sea algo imposible de lograr. Al respecto, los expertos plantean que es necesario reentrenar al cerebro para que colabore con la pérdida de peso. Para ello, es necesario aumentar el consumo de frutas, verduras y proteínas, además de disminuir la ingesta de alimentos procesados. Adicionalmente, es necesario emprender una rutina de ejercicios y dormir de forma adecuada.

En líneas generales, la estrategia de pérdida de peso debe mantener a nuestro cerebro lo suficientemente cómodo como para que no sabotee nuestros esfuerzos. Por tanto, la mejor sugerencia es alimentarse de forma balanceada, hacer ejercicio, evitar el estrés y cumplir con todas nuestras necesidades psicobiológicas.

Finalmente, debemos ser conscientes de que la pérdida debe ser progresiva, por lo que debemos mentalizarnos a perder una pequeña parte de nuestro peso de forma paulatina, evitando pérdidas de peso extremo y objetivos difíciles de alcanzar.

Referencia: An adaptive response to uncertainty can lead to weight gain during dieting attempts. https://doi.org/10.1093/emph/eow031

Más en TekCrispy