No todas las experiencias que vivimos quedan grabadas en nuestra memoria en forma de recuerdos.

De hecho, si queremos aprender algo, generalmente necesitamos esforzarnos para que la nueva información se consolide en la memoria.

Sin embargo, algunos recuerdos pueden grabarse inmediatamente en nuestra memoria, obsesionándonos por mucho tiempo.

Aún más, este es un síntoma típico de los traumas; cuando vivimos una situación traumática, en la que corre en riesgo nuestra vida o integridad como personas, se forma un recuerdo muy vívido y sumamente difícil de borrar.

Recuerdos implícitos y explícitos de la situación traumática

Tal como se ha comentado, los eventos traumáticos, como una agresión o un desastre natural, suelen ser difíciles de olvidar, independientemente del esfuerzo que invirtamos en ello.

Así, los recuerdos pueden ser de dos tipos, explícitos e implícitos. En particular, los recuerdos implícitos se forman a partir de un proceso de condicionamiento.

Es lo que se conoce como el condicionamiento de la amenaza, en el que un estímulo, como una calle poco transitada, se asocia con un estímulo amenazante, como un asalto que pone en riesgo la vida, por lo que, posteriormente, el estímulo inicial es capaz de elicitar respuestas similares a las del estímulo amenazante en ausencia de este.

De esta manera, sentimos un miedo mucho intenso al estar en una calle poco transitada, a pesar de que en ese momento no exista una amenaza real.

En este proceso está implicada una estructura cerebral llamada amígdala, que forma parte del circuito neuronal encargado de las respuestas ante la amenazas.

Adicionalmente, como veremos más adelante, la amígdala se relaciona a la producción de sustancias químicas en respuesta a situaciones amenazantes, como el cortisol y la norepinefrina.

De esta manera, los recuerdos traumáticos se corresponden a respuestas condicionadas de amenaza, mediadas por la amígdala.

Por su parte, los recuerdos explícitos suelen ser más vívidos, intensos y persistentes, pues son codificados por diversas estructuras cerebrales que se encargan de procesar diferentes elementos de la experiencia traumática.

Así, los recuerdos explícitos reflejan el terror asociado a la experiencia traumática original.

En síntesis, los recuerdos implícitos son las reacciones fisiológicas que se producen ante los estímulos condicionados a la amenaza, mientras que los explícitos son todos esos recuerdos que se nos vienen a la mente como una película.

La amígdala coordina las respuestas cerebrales a la amenaza

Cuando enfrentamos una amenaza, nuestro organismo reacciona con respuestas de alarma; el ritmo cardíaco se acelera, las arterias se contraen, aumenta la transpiración y, en general, los sistemas se activan para responder a la amenaza.

De esta manera, somos más sensibles a la estimulación del entorno.

Cuando esto ocurre, la amígdala se encarga de procesar la información y enviar señales a otras estructuras cerebrales para aumentar los niveles de alerta y las respuestas de huida y ataque.

Algunas de estas reacciones mediadas por la amígdala son rápidas e imprecisas, mientras que otras son más complejas, ofreciendo representaciones detalladas de la situación.

Así, la amígdala estimula la producción de hormonas de estrés que actúan sobre las estructuras cerebrales asociadas a la memoria, fortaleciendo los recuerdos a través de un fenómeno conocido como reconsolidación de la memoria.

En otras palabras, este sería el mecanismo que se involucra en el procesamiento consciente de la amenaza, a partir de lo que se codifica la información, almacenándola en forma de recuerdos traumáticos difíciles de olvidar.

Los recuerdos traumáticos pueden ser modificados

La buena noticia es que es posible modificar los recuerdos asociados al trauma, de forma que no generen tanto malestar en las personas que han sido víctimas de una situación amenazante.

En este sentido, la recuperación de los recuerdos traumáticos en condiciones seguras y bajo control, parece funcionar para reorganizar las experiencias asociadas al trauma y disminuir su impacto negativo.

Sin embargo, es de suma importancia que esto se haga en condiciones adecuadas y bajo la supervisión de un profesional, puesto que, de otra forma, pudiese empeorar la situación.

En otras palabras, el recuerdo del trauma puede consolidarse como una parte del proceso de curación o como una re-traumatización.

Por lo tanto, lo más recomendable es que, cuando una persona sea víctima de una situación traumática, asista a un profesional calificado, de forma que la experiencia no se traduzca en una pérdida del bienestar.

Referencias:

  1. Synapse-specific reconsolidation of distinct fear memories in the lateral amygdala. https://doi.org/10.1038/nn1871
  2. An Overview of Translationally Informed Treatments for Posttraumatic Stress Disorder: Animal Models of Pavlovian Fear Conditioning to Human Clinical Trials. https://doi.org/10.1016/j.biopsych.2015.06.008
  3. Neural Correlates of Traumatic Memories in Posttraumatic Stress Disorder: A Functional MRI Investigation. https://doi.org/10.1176/appi.ajp.158.11.1920

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