La Medicina, a pesar de ser una ciencia, no escapa de los mitos y de las creencias populares que, en independencia de la evidencia que les contradice, continúan transmitiéndose de generación en generación, anclándose en la mente de las personas hasta formar parte de su imaginario.

Así, dentro de la Medicina, uno de los campos que se ha plagado de una mayor cantidad de mitos es el de la reproducción; desde creencias relacionadas a la fertilidad y el ciclo lunar, brebajes de dudosa proveniencia y rituales particulares para engendrar niños o niñas, según se prefiera.

Uno de los mitos más populares, que seguramente la mayoría de las personas creen como totalmente cierto, es la idea de que, al producirse la eyaculación en el canal vaginal, millones de espermatozoides empiezan una especie de carrera olímpica en la que lucharan fervientemente hasta llegar al óvulo y fertilizarlo.

De esta manera, cuando pensamos en el proceso de reproducción, la imagen que se nos viene a la mente es el de miles de millones de pequeños espermatozoides luchando contra cualquier cantidad de obstáculos, nadando con mucho esfuerzo para llegar hasta el óvulo.

No obstante, tal como veremos a continuación, esto no es del todo cierto; más bien, son ideas que nacieron en épocas remotas, que, a pesar de los nuevos descubrimientos, se han mantenido y, de hecho, encubren estructuras sexistas. Dicho esto, veamos entonces qué hay de cierto en este popular mito.

Así se originó el mito del espermatozoide ganador

La comprensión científica del funcionamiento de las células sexuales y el proceso de reproducción humano es un desarrollo prácticamente reciente.

En este sentido, las ideas más remotas en torno al proceso de concepción rezaban que la vida surgía a través de la generación espontánea de la materia no viviente.

Es decir, se creía que la mujer nacía con pequeños seres humanos en su vientre que, al cumplirse el tiempo necesario, darían lugar a un niño, como una especie de matrioskas, esas curiosas muñequitas rusas que en su interior, contienen muchas replicas cada vez más pequeñas de sí mismas.

Esta visión de la reproducción, llamada preformación, tenía ideas políticas encubiertas, pues justificaba la perpetuidad de los gobernantes en sus posiciones de poder, ya que dentro de sus cuerpos estaba depositado el linaje de la siguiente generación, legitimando esta forma de sistema dinástico.

Esto cambió cuando, gracias a la invención del microscopio, fue posible observar el espermatozoide que, en un principio se creía que no era más que una especie de bacteria en el semen de los hombres.

Más adelante, los científicos de la época demostrarían que era necesaria la unión del óvulo y el espermatozoide para que se formara la vida; no obstante, esto dio paso a una nueva conjetura bastante patriarcal.

De acuerdo a estos planteamientos, en la cabeza de cada uno de los espermatozoides, había un pequeño ser humano preformado, llamado homúnculo, que sería depositado en un óvulo totalmente pasivo.

Así fué como Nicolaas Hartsoeker representó a los espermatozoides tras observarlos en el microscopio.

Esta idea fue propuesta por Nicolaas Hartsoeker, un matemático y físico que perfeccionó el funcionamiento de los microscopios de la época; de esta manera, al observar los espermatozoides en 1695, los dibujó con un homúnculo dentro, listo para ser insertado en el óvulo.

La verdad es que, lógicamente, no vio lo que dibujó, pero estaba convencido de que era así,  llegando a la conclusión de que en cada espermatozoide existía un ser humano en potencia que más adelante se desarrollaría en el vientre materno, legitimando una ideología según la cual el único responsable de la concepción de la vida era el hombre, siendo la mujer un mero receptáculo pasivo.

Así, a pesar del desarrollo tecnológico y científico de la actualidad, si bien la idea del homúnculo quedó para la historia, esta ideología no ha cambiado mucho, pues sobrevive a partir del mito del óvulo como un participante pasivo en la fecundación, esperando que el esperma activo nade hacia él, a través de una serie de obstáculos, para producir vida.

Detrás de este mito se esconden creencias sexistas

Tal como vemos, este mito está impregnado de creencias sumamente antiguas basadas en un paradigma machista y patriarcal, pues, de sus postulados se desprende la idea de que el óvulo es simplemente un receptáculo pasivo esperando la llegada de un vigoroso espermatozoide que engendrará la vida.

Es lo que Emily Martin, una Antropóloga adscrita a la Universidad de Nueva York llama un “cuento de hadas científico” en el que se vende la imagen de un óvulo esperando la llegada de los espermatozoides para la fecundación.

De esta manera, se describe el proceso de reproducción humano como un gigantesco maratón de natación en el que el espermatozoide más rápido gana el premio de fertilizar al óvulo.

Esto, de acuerdo a la investigadora, deja ver entre líneas que los procesos biológicos femeninos son menos valiosos que los de su contraparte masculina, lo que resta valor a la mujer.

En la misma línea, se concibe que la producción femenina de óvulos es un evento derrochador, ya que, de las 300.000 células iniciales presentes en la pubertad, solo son liberados unos 400 óvulos maduros a lo largo de la vida de una mujer; no obstante, se deja de lado el hecho de que el hombre produce, a lo largo de toda su vida, miles de millones de espermatozoides.

Lamentablemente, estos planteamientos siguen más vigentes que nunca, lo que representa un remanente perjudicial de nuestro pasado sexista sobre la base de fantasías masculinas ofensivas basadas en preceptos científicos incorrectos.

Además, por si no fuera poco, la aceptación cegada de este mito basado en información sesgada, impide el desarrollo y la puesta en marcha de tratamientos de fertilidad, tanto para hombres como para mujeres por igual.

Tal como se expone, este mito solo reproduce postulados machistas que pueden tener consecuencias negativas para cualquier persona, en independencia de su sexo.

Así que, una vez que explicado el mito y sus implicaciones, se hace necesario abordar investigaciones recientes que permitan desmontar las bases de esta creencia errónea.

El óvulo no espera pasivamente la llegada del espermatozoide más fuerte

Para desmontar este mito, es necesario abordar varios temas, entre los que se incluyen las razones por las cuales una eyaculación contiene tantos espermatozoides, cómo es su viaje hasta el óvulo y qué rol juega el cuerpo de la mujer en este proceso.

Teniendo en cuenta que una eyaculación promedio, con un volumen aproximado de media cucharadita, contiene aproximadamente 250 millones de espermatozoides, vale la pena preguntarse respecto a por qué son tantos.

En este sentido, las investigaciones más recientes sugieren que es necesaria una cantidad considerable de espermatozoides para que se logre la fecundación; de hecho, se ha demostrado que cuando el conteo de espermatozoides es inferior a los 100 millones por eyaculación, la probabilidad de embarazo disminuye considerablemente.

Al respecto, muchos defienden la teoría de la competencia de los espermatozoides, la cual indica que los espermatozoides compiten, en una especie de proceso de selección natural, para fertilizar al óvulo, ya que otros machos pudiesen estar involucrados.

En este sentido, se toma como referencia el proceso de reproducción de algunas especies animales, en el que varios machos copulan con una sola hembra y de estos, solo el espermatozoide más fuerte logrará fecundar al óvulo.

Entonces, de acuerdo a esto, a medida que se producen más espermatozoides, más probabilidades existen de que el mejor espermatozoide gane la competencia y logre ingresar al óvulo.

Aunque muchos médicos y científicos defienden estos postulados, la evidencia más reciente sugiere que este no es el caso de los humanos, pues, al parecer, no hay evidencias realmente convincentes de que los hombres estén biológicamente adaptados para la competencia de los espermatozoides.

De hecho, no hay similitudes anatómicas ni moleculares entre los primates que si cumplen con estos patrones de reproducción y el ser humano; primero, desde hace miles de años, tal como otros grupos de primates, las familias se configuran en función de un solo macho reproductor, como las familias nucleares que conocemos actualmente, por lo que, en este caso, la competencia resulta innecesaria.

Por su parte, los testículos de los hombres suelen ser del tamaño de una nuez, representando apenas un tercio del tamaño de los testículos de los chimpancés, que se asemejan a un huevo de gallina, ya que esta especie sí debe garantizar la potencia de sus espermatozoides para la competencia por la fecundación.

Además, mientras que la eyaculación de los chimpancés contiene muy pocos espermatozoides anormales, el semen humano contiene una gran proporción de estos, lo que parece indicar que, en ausencia de una competencia directa por la fecundación, los controles de calidad sobre la eyaculación humana, se han relajado con el paso del tiempo.

En este sentido, una explicación alternativa que parece más plausible para explicar el fenómeno, alude a la variación genética. Específicamente, estos postulados se derivan de investigaciones realizadas por Jack Cohen, un Biólogo de la Universidad de Birmingham, en el Reino Unido.

En estas investigaciones, Cohen descubrió que el conteo de espermatozoides se relaciona a la generación de copias cromosómicas durante la producción de esperma.

Así, durante el proceso de división celular que caracteriza la producción de células sexuales, conocido como meiosis, los pares de cromosomas intercambian trozos de material genético a través del cruce.

En relación a esto, Cohen descubrió que, en varias especies, el conteo de esperma aumenta en conjunto con el número de cruces durante su producción, lo que, a su vez aumenta la variación y, por tanto, la materia prima esencial para la reproducción.

Visto de esta manera, la producción de esperma puede compararse con una lotería en la que se imprimen boletos suficientes, es decir, espermatozoides, para coincidir con todos los números disponibles, representados por diferentes combinaciones genéticas.

Por otro lado, otros hallazgos contradicen el mito en cuestión; por ejemplo, se ha demostrado que la mayoría de los espermatozoides de los mamíferos, en realidad, no nadan hasta el óvulo, sino que son transportados pasivamente, al menos en una parte, gracias a los movimientos de bombeo y ondulación del útero y los oviductos del aparato reproductor femenino.

En otras palabras, investigaciones recientes sugieren que los espermatozoides, en lugar de nadar por sí mismos, son transportados de forma pasiva a lo largo de la distancia que se corresponde al aparato reproductor femenino hasta llegar al sitio de fecundación.

Al respecto, de los 250 millones de espermatozoides que componen una eyaculación promedio, solo unos pocos cientos de ellos terminan realmente en los alrededores del óvulo.

Esto ha arraigado la idea de que el mejor espermatozoide gana, sugiriendo, a su vez que se produce algún tipo de proceso de selección natural entre ellos.

Sin embargo, esto es prácticamente imposible, puesto que el ADN en la cabeza de un espermatozoide está estrechamente unido y es prácticamente cristalino, por lo que es poco probable que se detecten sus propiedades desde el exterior para seleccionar el mejor.

Más bien, el paso del esperma por el aparato reproductor femenino se asemeja más a una desafiante carrera de obstáculos que a una de natación, de forma que menos de uno en un millón de espermatozoides de la eyaculación llegará hasta el óvulo.

De esta manera, se van eliminando los espermatozoides con anormalidades físicas a lo largo del recorrido, siendo los sobrevivientes que logran rodear al óvulo, una muestra aleatoria de espermatozoides humanas.

En vista de esto, la fertilización humana se asemeja más a una lotería con 250 millones de boletos en la que solo un espermatozoide saludable ganará el sorteo, logrando, por mera suerte, fertilizar exitosamente al óvulo.

Tal como vemos, la evidencia más reciente sugiere que, contrario a lo que se piensa, el óvulo no espera pacientemente la llegada del mejor espermatozoide, sino que, más bien, el aparato reproductor femenino se encarga de transportar a los espermatozoides hacia el óvulo durante la mayor parte del trayecto.

Sin embargo, a pesar de esto, la influencia que tiene este mito está más viva que nunca, escondiéndose en formas sutiles de preceptos sexistas asociados a estereotipos culturales que sesgan nuestros conocimientos sobre biología reproductiva, lo que puede traer consecuencias negativas.

Referencias:

  1. The Egg and the Sperm: How Science Has Constructed a Romance Based on Stereotypical Male-Female Roles. https://doi.org/10.1086/494680
  2. Correlation between Sperm “Redundancy” and Chiasma Frequency. https://doi.org/10.1038/215862a0

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