Al menos una vez en la vida, a todos nos ha pasado que, viendo alguna película o leyendo algún libro, nos identificamos tanto con un personaje que llegamos a sentir sus emociones, sufrir sus penas como si fuesen nuestras e, incluso, podemos llegar a sentirnos miserables si le ocurre alguna desgracia.

La capacidad de ponernos en el lugar de otros e identificarnos con sus emociones y experiencias se denomina empatía, que se define como la habilidad de las personas de participar activamente en realidades afectivas ajenas, comprendiendo y experimentando los sentimientos de otra persona.

¿Por qué es importante la empatía?

La empatía nos permite relacionarnos de forma adecuada con los demás.

Esta capacidad es de suma importancia para el ser humano, ya que favorece el desarrollo de relaciones sociales saludables, facilita la resolución de conflictos, promueve la conducta cooperativa y permite el desarrollo de capacidades de liderazgo y negociación, entre otros.

De hecho, se plantea que la empatía es una capacidad que tuvo un papel fundamental en la evolución del ser humano como como especie, teniendo en cuenta la importancia del proceso de socialización para el adecuado desarrollo de las personas.

Aún más, se ha observado que cuando una persona ve que otro individuo está herido, las áreas del cerebro relacionadas con nuestro propio dolor también se activan, lo que sugiere que estar expuestos al dolor de los demás, nos hace experimentar sensaciones similares.

En la misma línea, diversas investigaciones han explicado por qué tomar la mano de alguien que sufre, puede aliviar su dolor; en líneas generales, el contacto empático hace que la persona que sufre se sienta comprendida, lo que activa sus mecanismos de recompensa en el cerebro y, al mismo tiempo inhibe las zonas relacionadas a la percepción del dolor.

No obstante, nuestros propios sentimientos influyen en la cantidad de empatía que alcanzamos sentir. Para nadie es un secreto que nuestras emociones modulan la forma en la que nuestro cerebro responde a la realidad.

Por ejemplo, nuestro estado de ánimo puede influir en comportamientos que van desde la elección de los alimentos que ingerimos hasta la forma en la que nos relacionamos con los demás.

Aún más, se ha observado que nuestras emociones tienen tanto poder que, cuando nos sentimos felices, disminuye la cantidad de dolor que sentimos cuando somos lastimados, ya que la euforia proporciona un efecto semejante a la analgesia; por su parte, cuando experimentamos emociones desagradables, nuestra percepción del dolor es exagerada.

Tal como vemos, nuestras emociones cambian de forma significativa nuestra forma de interactuar con el mundo que nos rodea; teniendo esto en cuenta, tal como veremos a continuación, las emociones desagradables y las malas experiencias pueden tener consecuencias negativas en nuestro entorno social.

Las emociones desagradables afectan nuestra capacidad de ser empáticos

De acuerdo a una investigación reciente, cuando nos sentimos mal, nuestra capacidad de sentir empatía por aquellos que sienten dolor disminuye dramáticamente. En otras palabras, las emociones desagradables y las malas experiencias, amortiguan nuestra empatía.

A fin de comprobar el efecto de las emociones sobre la forma en que respondemos al dolor de los demás, Emile Qiao-Tasserit y su equipo, de la Universidad de Ginebra, diseñaron un experimento en el que hicieron que las personas sintiesen dolor a partir de un dispositivo que aumentaba la temperatura en sus piernas.

Al mismo tiempo, los participantes del estudio fueron expuestos a videos positivos y negativos mientras se evaluaba su actividad cerebral. Específicamente, los videos negativos mostraban personas sufriendo mientras que los positivos no incluían ningún tipo de emoción desagradable.

De esta manera, descubrieron que las personas que eran expuestos a los videos negativos mientras experimentaban dolor, mostraban una actividad cerebral reducida en la ínsula anterior y en la corteza cingulada media, estructuras cerebrales relacionadas al dolor.

En particular, estas áreas del cerebro son las que suelen activarse cuando vemos que otra persona sufre o cuando nosotros mismos experimentamos dolor; esto indica que las emociones negativas suprimen nuestra capacidad de ser sensibles ante el sufrimiento de los demás.

En síntesis, de acuerdo a los investigadores, nuestras emociones modulan nuestras respuestas cerebrales, de forma que, los sentimientos que experimentamos modifican la forma en la que percibimos y nos relacionamos con quienes nos rodean.

Por su parte, en otras investigaciones, Qiao-Tasserit y su equipo descubrieron que las personas, al estar expuestas a videos con contenidos negativos, tienden a juzgar expresiones faciales neutras de formas más negativas.

Estos resultados pueden traducirse a situaciones de la vida real; si una persona en una situación de poder, por ejemplo, como nuestro jefe, ha estado expuesto a situaciones negativas de forma reiterativa, es más probable que se muestre insensible ante los problemas y el sufrimiento de los empleados a su cargo.

Nuestro mal humor, tal como vemos, nos hace menos receptivos e insensibles a las emociones de los demás, y lo más alarmante del asunto es que este mal humor puede deberse a hechos tan irrelevantes como ver una película que nos haga sentir mal.

¿Por qué cuando nos sentimos mal mostramos menos empatía?

Las situaciones desagradables nos invitan a protegernos, por lo que somos menos sensibles.

Tal como se discutió anteriormente, la continua exposición a situaciones desagradables, en conjunto con las emociones negativas asociadas a estas, reduce nuestra capacidad de ser empáticos con los demás, lo que nos hace menos sensibles a las muestras de sufrimiento de las personas que nos rodean.

De acuerdo a los expertos, esto puede deberse a un proceso denominado desgaste por empatía o angustia empática. Este fenómeno, también llamado fatiga por compasión, es una especie de agotamiento a nivel físico, mental y emocional, que afecta a las personas que se exponen constantemente al sufrimiento de los demás.

En otras palabras, se dice que una persona sufre de desgaste por empatía cuando percibe la sensación de estar abrumada tras exponerse continuamente a eventos desagradables que afectan a quienes le rodean, por lo que se desconecta de la situación a modo de protección para evitar ser superada por emociones desagradables.

De esta manera, cuando experimentamos esta clase de desgaste, es menos probable que nos sintamos compasivos. En la misma línea, es posible que las situaciones que nos generen emociones desagradables nos invitan a enfocarnos más en nosotros mismos y en nuestros problemas.

De hecho, se ha observado que las personas que sufren de ansiedad o depresión, al estar expuestas constantemente a un gran cumulo de emociones desagradables, tienen más probabilidades de concentrarse en sus propios problemas y aislarse de los demás.

Adicionalmente, se ha demostrado que la angustia empática aumenta las probabilidades de que las personas se comporten de forma agresiva. En una investigación llevada a cabo por Olga Klimecki, de la Universidad de Ginebra, se observó que los participantes se mostraban más dispuestos a castigar a otras personas luego de ser expuestos a escenarios injustos.

Adicional a esto, los participantes fueron evaluados a partir de inventarios de personalidad, tras lo que se descubrió que las personas que tienen rasgos de personalidad relacionados a la compasión, tienen menos probabilidades de emitir comportamientos despectivos, a pesar de estar expuestas a situaciones desventuradas.

Teniendo esto en cuenta, parece ser que la compasión es un rasgo importante a la hora de evitar que los eventos desafortunados mermen nuestra capacidad de ser empáticos con las personas que nos rodean.

¿Cómo podemos evitar que las emociones desagradables afecten nuestra empatía?

Podemos cultivar y entrenar sentimientos de compasión.

Nuestras respuestas emocionales y patrones de afrontamiento no están escritos en piedra, es decir, se pueden cambiar. Al respecto, se ha demostrado que es posible cultivar y entrenar comportamientos compasivos, así como también sentimientos de empatía.

De esta manera, es posible que las personas se comprometan nuevamente con sus capacidades empáticas, incluso al estar expuestas a la angustia de otros. Algunas recomendaciones generales giran en torno al desarrollo de la resiliencia, además de estrategias para lidiar con situaciones estresantes.

Por otro lado, para evitar sufrir de angustia empática, los expertos sugieren aprender técnicas de relajación o de meditación que favorezcan el control de las reacciones fisiológicas y cognitivas asociadas a los eventos angustiantes.

En la misma línea, debemos evitar exponernos excesivamente a situaciones que puedan desencadenar altos niveles de sufrimiento y aprender a identificar los límites de nuestra vulnerabilidad; para esto, es necesario que respetemos nuestros tiempos de ocio y de descanso así como también asegurarnos de tener grupos de apoyo a los que podamos recurrir cuando las situaciones nos desborden.

En este sentido, la próxima vez que experimentemos emociones negativas, debemos tener en cuenta el efecto que esto pudiese tener en las personas que nos rodean, ejerciendo un control adecuado sobre nuestros sentimientos para evitar que las experiencias sean menos desagradables de las que, de por sí, pueden ser.

Referencias:

  1. Empathy and compassion. https://doi.org/10.1016/j.cub.2014.06.054
  2. The good, the bad, and the suffering. Transient emotional episodes modulate the neural circuits of pain and empathy. https://doi.org/10.1016/j.neuropsychologia.2017.12.027
  3. Short-Term Compassion Training Increases Prosocial Behavior in a Newly Developed Prosocial Game. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0017798

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