Antes de sumergirse en las profundidades oceánicas, las ballenas liberan su materia fecal en la superficie. A mediados de la década de 1990, los investigadores se cuestionaron acerca de la importancia ecológica de esas excrecencias.

Desde entonces, estudios han demostrado que los excrementos de ballena proporcionan nutrientes clave que sustentan la cadena alimentaria marina, y son un contribuyente importante al ciclo del carbono oceánico, lo que ayuda a minimizar el impacto del cambio climático.

Argumentos científicos y económicos

En la actualidad estas revelaciones representan el argumento de mayor peso para la continuidad de la protección de las ballenas, en un momento en que las peticiones para la reanudación de la caza estos mamíferos marinos están creciendo.

Un estudio realizado en el año 2010 descubrió que cada año la defecación de las ballenas trae 23.000 toneladas métricas de nitrógeno a la superficie en el Golfo de Maine. Este nitrógeno fertiliza el mar al sostener plantas microscópicas que alimentan el plancton animal, que a su vez alimenta a los peces y otros animales, incluidas las propias ballenas.

Se han encontrado efectos similares en otros lugares, y con otros nutrientes encontrados en las heces de las ballenas. Adicionalmente, cuando migran, las ballenas también esparcen estos nutrientes por todo el mundo. Se estima que esta distribución podría aumentar la productividad en algunas aguas tropicales en un 15 por ciento.

Al estimular el crecimiento del fitoplancton, el excremento de ballena también puede ayudar a limitar el cambio climático. Estas diminutas plantas acuáticas eliminan el carbono de la atmósfera y lo transportan a lo profundo del océano cuando mueren.

Una organización que garantiza las poblaciones de ballenas

La Comisión Internacional Ballenera (IWC, por sus siglas en inglés), es una organización que se estableció en 1946, no para conservar las ballenas, sino para garantizar que las poblaciones permanecieran lo suficientemente sanas como para continuar la explotación económica de su grasa y carne.

En última instancia, la IWC presidió décadas de sobreexplotación, en las que el número de ballenas del mundo disminuyó en un 85 por ciento en la segunda mitad del siglo XX. En el año 1986, la organización emitió una moratoria sobre la caza comercial de ballenas que permitió que muchas especies comenzaran a recuperarse.

Para el año 2016 la IWC aprobó una resolución que reconocía por primera vez el papel central que juegan las ballenas y los delfines en los ecosistemas oceánicos, específicamente porque sus excrementos aumentan la productividad y podría ayudar a limitar los efectos del cambio climático.

Sin embargo, un nutrido grupo de países que conforman la organización está solicitando reanudar la caza comercial de ballenas, una decisión que para ser aprobada sólo requiere del respaldo de la mayoría simple de los votos. Un escenario que algunos expertos presagian como muy posible.

Sin embargo, el hecho de que científicamente se ha demostrado que las ballenas desempeñan un papel importante en el mantenimiento de la salud oceánica, al sustentar las poblaciones de peces y ayudar a combatir el cambio climático, es un argumento poderoso para su estricta protección.

Referencias:

The whale pump: marine mammals enhance primary productivity in a coastal basin. Plos One, 2010. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0013255

Iron defecation by sperm whales stimulates carbon export in the Southern Ocean. Proceedings of The Royal Society B, 2010. https://doi.org/10.1098/rspb.2010.0863

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