Hay momentos de la vida en los que nos sentimos realmente afortunados: todo pareciese estar en su lugar y alcanzamos nuestros objetivos prácticamente con el mínimo esfuerzo; en ese momento, creemos que estamos atravesando una racha de buena suerte.

La verdad es que, una buena parte de nosotros, sí somos realmente afortunados, a diferencia de un gran porcentaje de la población mundial, sabemos leer y escribir, tenemos acceso a internet y gozamos de muchas comodidades de las que se carecen en diversas partes del mundo.

En otras palabras, somos tan afortunados como creemos que somos, y la suerte engendra suerte; sin embargo, esto de la suerte puede ser algo distinto a eso que vemos como un misterioso fenómeno del universo en el que las fuerzas místicas se confabulan para traernos buena fortuna.

Tal como veremos a continuación, la suerte tiene que ver, en su mayoría, con nuestra forma de relacionarnos con la realidad: nuestra capacidad de encontrar y aprovechar las oportunidades que se nos presentan, siempre con una buena actitud.

La suerte y el optimismo

Las personas optimistas son más propensas a considerarse afortunadas.

Tal como dijimos, somos tan afortunados como creemos que lo somos; esto implica que las personas más optimistas son las personas con mayor suerte, tal como lo demostró Steven Hales, un Profesor de Filosofía de la Universidad de Bloomberg.

De acuerdo a Hales, la suerte no es una cualidad del universo, sino cuestión de perspectiva. Para demostrar esto,  diseñó un experimento en el que un grupo de personas leyeron historias reales en las que el tema de la suerte resulta un poco ambiguo.

Por ejemplo, se les dió a leer la historia de Tsutomu Yamaguchi, un japonés que sobrevivió a los bombardeos nucleares en Hiroshima y Nagasaki, durante la Segunda Guerra Mundial, tras lo que salió ileso y vivió una larga vida.

La idea era demostrar que los optimistas son más propensos a ver las experiencias de otras personas como afortunadas, mientras que los pesimistas se centran en las desgracias, a pesar de que se trate de la misma información.

En este sentido, se supone que pueden desarrollarse dos interpretaciones de las historias a las que fueron expuestos: se trata de un acto de supervivencia ante una horrible experiencia, lo que les haría afortunados, o pudiesen ser víctimas de mala suerte, si se centran en las cosas malas que ocurrieron.

Por tanto, los sujetos del estudio debían calificar la suerte de los protagonistas de la historia en una escala que iba desde desafortunados hasta afortunados. Adicionalmente, los investigadores evaluaron la personalidad de los participantes mediante pruebas psicológicas convencionales, centrándose en rasgos tales como el optimismo y el pesimismo.

De esta manera, se encontró una correlación significativa y positiva entre los niveles de optimismo de las personas y la suerte que le adjudicaban a los protagonistas de las historias.

Esto indica que, en la medida en la que somos más optimistas, tenemos una mayor probabilidad de creer que los demás tienen buena suerte; por su parte, las personas pesimistas tienden a creer que los demás tienen mala suerte.

Construimos nuestra propia suerte

Tener suerte implica aprovechar las oportunidades ante cualquier situación y con la mejor actitud.

Nuestros rasgos de personalidad, tal como el optimismo, no son los únicos factores que determinan cuánta suerte tenemos o no; sobre esto también influye nuestra interpretación de la realidad y la herramienta más poderosa del ser humano para relacionarse con el mundo: el lenguaje.

De acuerdo a los expertos, el lenguaje construye al mundo, es decir, el lenguaje que utilizamos para enmarcar nuestras historias, influye en la forma en la que percibimos e interpretamos la realidad. Veamos otro experimento en torno a esto.

En otra investigación de Hales, se le solicitó a los participantes que leyesen un conjunto de historias sobre otras personas, narradas con un tono positivo o negativo. En una de ellas, se contaba la historia de una mujer que obtuvo cinco de los seis números ganadores de la lotería.

En una de las versiones, ella maldecía su mala suerte por no haber ganado, mientras que en la otra se consideraba afortunada por haberse acercado tanto a la victoria. En este sentido, se observó que las diferentes interpretaciones que se le pueden dar a las mismas historias influyen sobre cómo se percibe la fortuna.

Al respecto, los expertos sugieren que los juicios sobre la suerte son inconscientes y modificables, pues son el resultado predecible de la interacción entre los rasgos de personalidad del individuo y su forma de interpretar los acontecimientos.

Otro elemento en este punto gira en torno a aprender a identificar los aspectos positivos de cada situación, por muy negativa que sea. En torno a esto, se plantea que, a pesar de que una situación parezca muy desagradable, seguramente hay algo positivo que se puede obtener de ella.

Tal como lo planteaba Steve Jobs en su discurso en la Universidad de Stanford; allí comentó que, cuando fue despedido de Apple, compañía que él mismo fundó, recibió un duro golpe, pero que más adelante logró entender, cuando volvió nuevamente tras la adquisición de otra de sus empresas, NeXT, por la Apple, dándole un giro triunfal a los acontecimientos.

En líneas generales, aprender a identificar los aspectos positivos hasta de las situaciones más desagradables, tiene un valor psicológico importante, pues, al considerarnos afortunados a pesar de las desgracias, mantenemos el optimismo necesario para continuar esforzándonos por lo que deseamos.

La suerte es una profecía autocumplida

En parte, tener suerte implica confiar en nosotros mismos.

De acuerdo a Richard Wiseman, un Psicólogo Experimental, la suerte no es más que una profecía autocumplida. A grandes rasgos, una profecía autocumplida es una falsa creencia que, de forma directa o indirecta, lleva a su propio cumplimiento.

Para demostrarlo, diseñó un experimento en el que publicó un anuncio en un periódico prometiendo dinero para aquellos que lo respondieran. Al hacerlo, se observó que los participantes del estudio que estaban ansiosos por considerarse desafortunados, no lograron ver y responder adecuadamente al anuncio.

Mientras tanto, aquellos que se consideraban afortunados, vieron el anuncio, respondieron, obtuvieron el dinero prometido y continuaron sintiéndose afortunados. Es el mismo caso de la persona que se siente ansiosa y se anticipa catastróficamente ante una situación en la que, por ejemplo, debe dirigirse a un numeroso público.

Sus mismos nervios le traicionaran, haciendo que muestre un pobre desempeño, confirmando su falsa creencia.

En este sentido, sentirse desafortunado crea miedo y ansiedad, lo que implica que somos menos propensos a ver y aprovechar las oportunidades que se nos presentan, mientras que aquellos que se consideran afortunados, mantienen todos sus sentidos alerta, siempre dispuestos a la buena suerte.

Considerarnos afortunados nos hace más humildes

Tal como vemos, la suerte está en nuestras propias manos.

La forma a partir de la cual nos aproximamos a la realidad y los juicios que hacemos en torno a la suerte con la que gozamos son importantes; más allá del sentimiento de satisfacción derivado de sentirnos afortunados o desafortunados, el reconocer nuestra buena suerte nos hace más propensos a ser humildes y a relacionarnos de forma adecuada con los demás.

La verdad es que, la mayoría de nosotros sí somos afortunados: tenemos un hogar en el cual vivir, acceso a los servicios básicos, tales como agua, electricidad e internet, hemos sido educados y probablemente gocemos de grandes oportunidades de vida.

Muchas de estas cosas no se deben a nuestro esfuerzo, sino que hemos nacido en el lugar y en el momento adecuado. En otras palabras, la mayor parte de nuestro éxito se debe al apoyo y las oportunidades que hemos recibido por mera suerte.

Pero no suerte en términos supersticiosos, sino en términos de probabilidades, tal como explica Robert Frank, un Profesor de Economía de la Universidad de Cornell.

Al respecto, plantea que las personas suelen creer erróneamente que su éxito es el resultado de su esfuerzo o de sus cualidades personales, ignorando el hecho de que es el producto de un sorteo en un juego de probabilidades.

En este sentido, argumenta que es prácticamente imposible alcanzar nuestros objetivos sin haber disfrutado, al menos, un poco de buena suerte en el camino. Adicionalmente, plantea que reconocer la suerte como un elemento del éxito nos hace más atractivos para los demás.

En líneas generales, reconocer el papel de la suerte nos hace más humildes y mejores compañeros de equipo, lo que se corresponde con una cualidad más atractiva que la arrogancia.

En síntesis, cuando creemos que nuestro éxito, a pesar de no ser así, se debe únicamente a nuestro esfuerzo personal, nos hace arrogantes, pues ignoramos que, en realidad, hemos gozado de una gran cantidad de oportunidades que van más allá de nosotros que nos hacen verdaderamente afortunados. Entonces, reconocer el rol que juega la suerte en nuestras vidas, también vale la pena.

A modo de conclusión, la suerte nada tiene que ver con cuestiones supersticiosas, se trata de una cuestión de actitud; gira en torno al optimismo y al agradecimiento por las oportunidades de las que hemos gozado en la vida, lo que se traduce en humildad y en una buena disposición para seguir esforzándose por lograr los objetivos, permitiéndonos, realmente, alcanzar el éxito; así que si estás leyendo esto, ¡Considérate afortunado!

Referencias:

  1. Self-fulfilling prophecies. https://doi.org/10.1016/0022-0531(81)90038-7
  2. “With Good Luck”: Belief in good luck and cognitive planning. https://doi.org/10.1016/j.paid.2005.04.011
  3. Belief in Good Luck and Psychological Well-Being: The Mediating Role of Optimism and Irrational Beliefs. https://doi.org/10.1080/00223980309600602