De acuerdo a una investigación realizada por científicos del Instituto de Ciencia Weizmann y la Universidad Hebrea de Jerusalén, una especie de fitoplancton marino que explota después de contraer un virus, puede tener una influencia directa en la regulación del clima de la Tierra.

Emiliania huxleyi es un tipo de organismo cocolitóforo, un alga con esqueleto externo de cal (coccolita), que se encuentra ubicuamente en los océanos del mundo. En las condiciones adecuadas, se multiplica rápidamente para formar gigantes agregaciones, conocidas como floraciones, que pueden alcanzar hasta varios miles de kilómetros cuadrados de tamaño.

Cuando estas floraciones se infectan por un virus específico de la especie llamado EhV, estallan sus exoesqueletos de carbonato de calcio, o coccolitos, los cuales se dispersan en el agua, de donde se elevan a la atmósfera.

Los investigadores encontraron que una vez que estos exoesqueletos convertidos en una fina pulverización de partículas suspendidas, pueden ayudar a promover la formación de nubes y potencialmente alterar los procesos atmosféricos.

Los aerosoles marinos son un componente clave del sistema climático del planeta. Sin embargo, estudios previos no estuvieron de acuerdo sobre el grado en que la formación de aerosoles está influenciada por la actividad microbiana marina localizada.

Aún menos en cómo las interacciones entre comunidades microbianas, por ejemplo plancton y virus, afectan las propiedades físicas y químicas de los aerosoles que se forman.

Para explorar esto los investigadores realizaron un experimento. En el laboratorio, cultivaron  E. huxleyi en agua de mar. La mitad estuvo expuesta a EhV, y la otra mitad se mantuvo como control.

En un día, el plancton infectado perdió rápidamente sus exoesqueletos, 25 por ciento más que sus contrapartes no infectadas. Durante la siguiente semana de crecimiento, la concentración de cocolitos en el agua de mar continuó aumentando para los cultivos infectados de E. huxleyi, pero no en los controles.

Luego, los científicos utilizaron un sistema de burbujeo para medir cuántos cocolitos se formaron en aerosol en los dos grupos. Los resultados fueron similares al experimento de crecimiento: las concentraciones de cocolitos en los aerosoles de las muestras infectadas se encontraron en un orden de magnitud mayor que en los controles.

El tamaño y la forma ayudan a explicar por qué los cocolitos se mantienen suspendidos en la atmósfera tan fácilmente; su forma plana y redonda las hace flotar unas 25 veces más lento en el aire que los núcleos de condensación marina “ordinarios”, que consisten en sal marina mezclada con materia orgánica.

Al permanecer suspendidos por más tiempo, los cocolitos aumentan la ventana de oportunidad para las reacciones químicas dentro de la atmósfera y tener una mayor influencia en la formación de nubes.

Los autores señalan que este estudio es el primero en mostrar que el cambio atmosférico a gran escala puede ser atribuible a retroalimentaciones entre organismos microscópicos durante las condiciones de floración, y se suma al creciente cuerpo de evidencias que muestran que la formación de nubes está regulada no sólo por procesos físicos, como la evaporación y el intercambio de calor entre el océano y la atmósfera, sino también por procesos biológicos.

Referencia: Infection Dynamics of a Bloom-Forming Alga and Its Virus Determine Airborne Coccolith Emission from Seawater. iSience, 2018. doi:10.1016/j.isci.2018.07.017

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