Teniendo en cuenta el auge del feminismo que experimentamos en la actualidad, además de la popularidad que está teniendo en las generaciones jóvenes, especialmente en las mujeres, puede resultar confuso para los hombres saber cuándo y cómo ser caballerosos, sin verse como unos machistas disfrazados.

Sucede lo mismo desde la perspectiva femenina, no queda claro hasta qué punto deben aceptarse tales comportamientos sin hacer propias posiciones de minusvalía o quedar como una persona irrespetuosa.

Si bien la caballerosidad puede ser vista como una forma de cortesía, que se da de forma desinteresada entre las personas, debemos tener en cuenta que, en particular, este se trata de un comportamiento que se relaciona con una condición que solo los hombres deben cumplir.

Para comprender esta situación, es necesario revisar el origen de la caballerosidad, lo que puede enriquecer la discusión en torno esos comportamientos que, a pesar de que pueden pasar desapercibidos o verse de forma positiva, encierran un cúmulo de significados relacionados a la ideología de género.

El origen de la caballerosidad

En la época Medieval, se idealizaba la figura del caballero.

Quizás, cuando se habla de caballerosidad, la imagen que se viene a la mente de las personas es la de un perfecto caballero, un individuo impecable y cortés, especialmente hacia las mujeres, que pretende ser extremadamente educado ante cualquier situación.

En particular, esta forma de ser deriva de la antigua figura del caballero medieval, el cual debía ostentar cualidades tales como la fidelidad, generosidad, orgullo genealógico, valentía, sentido de justicia, entre otros.

En este punto, vale acotar que esta era una profesión que podía ser ejercida únicamente por hombres, los cuales debían obedecer un código, comprometiéndose, entre otras cosas, a defender a los más débiles.

En este sentido, tradicionalmente, los más débiles estaban representados por los ancianos, los niños, las personas con discapacidad y las mujeres.

De esta manera, se dá por sentado el hecho de que los hombres deben proteger y actuar en nombre de las mujeres, presentándose así el argumento central en torno al por qué los actos de caballerosidad pueden ser mal vistos o recibidos negativamente por algunas mujeres en la actualidad.

Volviendo al pasado, la caballería, o el código caballeresco, se trata de un código de conducta informal y variado que se desarrolló entre los años de 1170 y 1220, sobre la base de planteamientos del Sacro Imperio Romano Germánico, en donde se idealizaba la figura del soldado de caballería, quien representaba valentía, destrezas y vocación de servicio.

De hecho, el término “caballerosidad”, en inglés, deriva del antiguo vocablo francés “Chevalerie”, que se traduce como “Soldado de Caballos”; en un principio, este término aludía únicamente al hombre montado en el caballo, a partir de la palabra francesa para caballo, “Cheval”; no obstante, al pasar el tiempo, el término se asoció a los ideales caballerescos.

Así, para el siglo XIV, ser un caballero ya no tenía tanto que ver con ir a la guerra, sino que las nobles órdenes de caballeros eran fundadas en función de sus propios códigos caballerescos; sobre esto, el Duque de Borgoña definió las doce virtudes para su Orden del Vellocino de Oro: fé, caridad, justicia, sagacidad, prudencia, templanza, resolución, verdad, liberalidad, diligencia, esperanza y valor.

Poco a poco se romantizó la figura del caballero de brillante armadura.

Más adelante, cuatro siglos después, Edmund Burke, el padre del liberalismo conservador, al reflexionar sobre cómo la reina francesa había quedado desprotegida ante la mafia revolucionaria, fue el primero en declarar que la caballerosidad había muerto:

“Pensé que debieron saltar diez mil espadas de sus vainas para vengar, incluso, una mirada que la amenazaba con insultos (…) nunca, nunca más contemplaremos esa generosa lealtad al sexo y rango, esa sumisión orgullosa, esa obediencia digna”.

Más adelante, la caballerosidad experimentaría un renacimiento, pues los victorianos retomaron la idealización de sus virtudes medievales originales, a partir de un torneo de justas en el Castillo de Eglinton, en 1839; es en esta época cuando el comportamiento caballeroso se volvió cotidiano y se popularizó tal como lo conocemos en la actualidad.

La importancia de la caballerosidad ha sido un tema que ha despertado división entre críticos y defensores; algunos argumentos giran en torno a que representa la más gloriosa institución creada por el hombre, permitiéndole sobrellevar momentos de tristeza y amargura, mientras que otros critican la glorificación de los caballeros por ser una demostración de superioridad enmascarada a grupos considerados como inferiores, a partir de un supuesto mimetismo pintoresco de heroísmo, amor y cortesía.

Mucho más adelante, a partir del comienzo de los movimientos por los derechos de las mujeres en Gran Bretaña, se vió un auge en torno al tema de si el feminismo y la caballerosidad eran compatibles.

Para el año de 1912, el hundimiento del Titanic avivó las llamas de esta discusión, pues se argumentaba que la convención de evacuación “mujeres y niños primero” representaba un sacrificio que no se le debería exigir a los hombres ni debiese ser aceptado por las mujeres.

De esta manera, el feminismo se opone a los actos de caballerosidad por sus implicaciones entre líneas de que las mujeres son más débiles y tienen que ser protegidas.

No obstante, aún hay defensores de los caballeros; tal es el caso de la presentadora de televisión Laura Schlessinger, quien, en su libro “The Proper Care and Feeding of Marriage”, declara, a modo de crítica, que la caballerosidad ha muerto gracias al feminismo; además, plantea que la caballerosidad es algo bueno, por lo que invita a las mujeres a disfrutar de ser mujeres y dejar que los hombres las traten como tal.

Ahora que conocemos el origen de este repertorio de comportamientos, además de las opiniones que se han derivado en torno a él a lo largo de la historia, es menester comprender cómo se está abordando el tema en la actualidad, de forma que podamos establecer una posición realmente crítica en torno a los significados que subyacen a esto de ser un “caballero”.

¿Caballerosidad o sexismo?

Los actos de caballerosidad suelen esconder una clase de sexismo denominado como benevolente.

No quedan dudas respecto a que existen ciertas circunstancias en las que es obligatorio ceder un asiento en el trasporte público, como cuando hay mujeres embarazadas, ancianos o personas con discapacidad.

Sin embargo, las mujeres en general suelen ser incluidas en esta categoría; frecuentemente, los hombres ceden sus asientos, con amanes de coquetería, como un supuesto gesto de caballerosidad. Si revisamos las motivaciones de este comportamiento, pueden revelarse estructuras de poder heterosexual y patriarcal que se desvanece entre líneas.

De acuerdo a una investigación llevada a cabo por la Universidad Northeastern, en Boston, existen dos tipos de sexismo, uno, disfrazado de caballerosidad, que puede incluir pagar la cena, abrir las puertas y ceder los asientos, conocido como sexismo benevolente y otro tipo de sexismo más hostil en el que se delegan las tareas domésticas únicamente a las mujeres o se les acosa sexualmente.

Sobre esto, Jin Goh, quien encabezó el estudio, plantea que las personas no suelen asociar el sexismo con la calidez y amabilidad que suele disfrazar el sexismo benevolente.

De hecho, muchas mujeres consideran que estos comportamientos son dignos de un caballero; sobre lo que opina Judith Hall, coautora y Profesora de Psicología en dicha institución, el sexismo benevolente es un lobo con piel de cordero, puesto que perpetúa el supuesto apoyo hacia las mujeres que está anclado en la desigualdad de género.

Particularmente, las personas suelen considerar este tipo de sexismo como algo deseable más que perjudicial, a pesar de que promueve la desigualdad de género. Aún más, muchas veces, las personas no se dan cuenta de que están siendo víctimas de esto.

Los hombres no tienen por qué sacrificarse por creencias sexistas.

Sobre esto, en 2011, las Psicólogas Janet Swim y Julia Becker, analizaron las diferencias en la identificación y respuestas hacia el sexismo en la vida cotidiana de hombres y mujeres, ante lo que se encontró que los hombres mantenían este comportamiento a pesar de reconocerlo.

Sin embargo, de acuerdo a los resultados, los hombres se mostraban más comprensivos cuando se les solicitó que observaran los comportamientos desde la perspectiva de una mujer.

Más aun, para los hombres esta situación no es para nada sencilla, puesto que tienen que moverse entre la delgada línea entre comportarse de forma cortez o comportarse como unos caballeros sexistas; en otras palabras, corren el riesgo de parecer sexistas si se ofrecen para pagar la cena o parecer poco atractivos si no lo hacen.

En este sentido, para los hombres, comportarse como unos caballeros rinde sus frutos incluso si eso los pone en riesgo de ser tomados como sexistas.

Sobre esto, Fiona Barlow, una Profesora Asociada de la Universidad Queensland, en Australia, explica que las mujeres, especialmente las que provienen de países donde la desigualdad económica y de género es una norma social, pueden sentirse presionadas para elegir parejas que les cuiden a pesar de que esto les haga sentir inferiores, puesto que su sueldo suele ser mejor y, además, se les encarga el cuidado de los niños y del hogar.

De esta manera, los investigadores de la Sociedad Feminista para la Psicología de la Mujer, plantean que las personas están expuestas cotidianamente a actos de sexismo benevolente que pasan desapercibidos a partir de acciones o comentarios que sugieren que las mujeres no podrían arreglárselas sin ayuda de los hombres.

Sobre esto, se plantea que la sociedad pudiese no ser consciente del daño, pues se consolida una cultura en la que las mujeres son vistas como el sexo vulnerable, fomentando relaciones de desigualdad e injusticia.

No se trata de culpar a los hombres de esto, pues es un fenómeno en el que está involucrada toda la sociedad. De hecho, tras una investigación llevada a cabo en la Universidad de Kent, en el Reino Unido se confirmó que las mujeres prefieren que los hombres se comporten como unos caballeros a pesar de que eso contradiga sus suposiciones previas. Sobre esto, los investigadores plantean:

“Descubrimos que las mujeres saben que los caballeros sexistas pueden ser condescendientes y socavar. Sin embargo, aun así, encontraron a estos hombres más atractivos, puesto que estos comportamientos indican una voluntad de proteger, proveer y comprometerse”.

En síntesis, tanto hombres como mujeres mantienen este comportamiento, bien sea llamado “caballerosidad” o sexismo benevolente, puesto que han introyectado creencias sexistas en torno a la posición inferior y vulnerabilidad de la mujer, que debe ser protegida por el hombre; esto, a pesar de que las personas no sean totalmente conscientes de ello.

En otras palabras, de acuerdo a Julia Becker y Janet Swim, hombres y mujeres no suelen percibir estos comportamientos como sexistas, discriminatorios y potencialmente dañinos, respaldando creencias machistas y perpetuándolos en las interacciones sociales.

Por tanto, es necesario hacer que las personas tomen consciencia del sexismo a fin de cambiar sus actitudes; especialmente, porque también los hombres, y no sólo las mujeres, son víctimas del machismo benevolente.

¿Deben los hombres dejar de ser unos caballeros?

No se trata de dejar de lado la cortesía, sino de abandonar creencias en torno a la supuesta vulnerabilidad de la mujer.

Habiendo revisado todos estos planteamientos, podemos decir que la caballerosidad es negativa cuando este comportamiento, consciente o inconscientemente, asigna y perpetúa roles y estereotipos de género excluyentes para ambos sexos, reforzando la posición de poder y dominación de los hombres y reproduciendo relaciones de desigualdad entre hombres y mujeres.

Algunos ejemplos de esto pueden ser cuando los caballeros ordenan y deciden lo que van a comer sus parejas al invitarlas a cenar, cuando los hombres se vanaglorian por “ayudar” con las labores de la casa o cuando es la mujer quien le ha invitado a cenar y el caballero insiste en pagar la cuenta.

Por esta razón, muchas mujeres se oponen a seguir siendo tratadas con caballerosidad por parte de los hombres, pues consideran que detrás de esto se esconden actitudes que perpetúan el sexismo y la desigualdad de género a través de un disfraz de cortesía.

Y es que los hombres también deberían renunciar a esto, abandonar la presión de tener que correr con los gastos del hogar sin apoyo, dejar de sentir vergüenza si su acompañante paga la mitad de la cuenta en el restaurante y no sacrificar su comodidad cuando, al estar sentados en el transporte público luego de una larga jornada de trabajo, se sienten obligados a ceder su asiento a una mujer. Es un gran peso el que tienen a su espalda.

Esto no significa que debe abandonarse la cortesía; si un hombre se está comportando de esta manera porque cree que las mujeres son frágiles y requieren protección, ese caballero está siendo sexista; en cambio, si lo hace por cortesía, eso solo es ser amable.

Entonces, la idea es centrarnos en la cortesía en independencia del género, teniendo en cuenta que los actos de amabilidad aplican tanto de un hombre hacia una mujer, como de una mujer hacia un hombre o entre personas del mismo sexo.

En conclusión, la idea es establecer conversaciones abiertas en torno a las preferencias dentro de las relaciones, dejando claro lo que resulta agradable y desagradable en el marco de las relaciones interpersonales a través del consenso.

Se trata de llegar a acuerdos respecto a si Ella se siente bien con detalles tales como esperar que Él se baje del auto para abrirle la puerta o si Él se siente bien cuando se alterna quien paga la cuenta de la cena.

Pero, lo más importante de todo es aprender a distinguir cuándo estos actos de caballerosidad se ejecutan de forma conveniente a los intereses masculinos, perpetuando relaciones de desigualdad, o cuándo, en realidad, se trata de una situación en la que la otra persona solo está siendo amable de forma desinteresada.

Referencias:

  1. Nonverbal and Verbal Expressions of Men’s Sexism in Mixed-Gender Interactions. https://doi.org/10.1007/s11199-015-0451-7
  2. Seeing the Unseen: Attention to Daily Encounters With Sexism as Way to Reduce Sexist Beliefs. https://doi.org/10.1177/0361684310397509
  3. Chivalry and the moderating effect of ambivalent sexism: Individual differences in crime seriousness judgments. http://dx.doi.org/10.1111/j.1540-5893.2008.00334.x
  4. Yet another dark side of chivalry: Benevolent sexism undermines and hostile sexism motivates collective action for social change. https://doi.org/10.1037/a0022615
  5. Benevolent Sexism and Mate Preferences: Why Do Women Prefer Benevolent Men Despite Recognizing That They Can Be Undermining?. http://dx.doi.org/10.1177/0146167218781000