Actualmente, es difícil imaginarse una vida sin estrés; donde quiera que vayamos, podemos escuchar a las personas quejarse de sus estresantes vidas: el trabajo, las deudas, la economía, la familia, etc.; de hecho, pudiese decirse que la humanidad se ha vuelto experta respecto al tema del estrés.

Particularmente, cualquier persona puede reconocer sin dificultad las señales que, tradicionalmente, se han asociado al estrés: fatiga, dolor de cabeza, enfermedades, cambios repentinos de humor.

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En este sentido, es mucha la información, los consejos y las recomendaciones que recibimos, de cualquier medio, para lidiar con el estrés, desde tomarse alguna infusión relajante, hacer ejercicio, dormir, entre otras. Basta con encender el televisor para encontrar al menos un programa en el que haya algún “especialista” hablando sobre este tema.

Sin embargo, si revisamos la historia detrás de ese famoso concepto, podemos darnos cuenta que no es más que una mala interpretación que ha servido de trampolín para que se forme toda una industria relacionada al estrés.

¿Cuál es el origen del concepto del estrés?

Muestra de la investigación original de Salye

El concepto original de estrés se remonta al año de 1936, tras una publicación en la revista científica Nature; no obstante, el cuadro se denominaba de distinta forma, pues se le conocía como un síndrome producido por diversos agentes nocivos.

Este concepto se lo debemos a Hans Selye, un médico endocrinólogo de orígenes húngaro-canadienses, conocido como “El padre del estrés”. De esta manera, en la mencionada publicación, describía su trabajo con ratas de laboratorio a partir del cual determinó que cualquier estimulante o estrés, provocaría una reacción en cadena que enfermaría al organismo.

Específicamente, en su trabajo planteaba que no era la enfermedad en sí la responsable de la muerte de las ratas, sino el estrés.

Vale acotar que este fue un descubrimiento accidental cuando investigaba las hormonas ováricas; en este sentido, descubrió que las inyecciones de hormonas ováricas estimulaban el tejido externo de las glándulas suprarrenales de las ratas, lo que deterioraba las glándulas del timo y producía ulceras, además de otros padecimientos que finalizaban en la muerte del animal.

Así, el investigador descubrió que cualquier compuesto de hormonas artificiales, situaciones de estrés y daños en general, se traducían en los mismos resultados.

Para la época, se creía tradicionalmente que ciertas enfermedades implicaban patologías específicas; sin embargo, Selye descubrió que en todas las enfermedades, el estrés desempeñaba un papel que podía ser decisivo, lo que había denominado como síndrome de adaptación general.

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El síndrome de adaptación general, de acuerdo a Selye, se correspondía con respuestas de alarma, resistencia y agotamiento ante situaciones de tensión; luego, en 1950, cambió el nombre de este conjunto de respuestas y empezó a llamarlas estrés.

A pesar de que investigaciones posteriores no encontraron los mismos resultados, demostrando que esta teoría no parecía ser tan válida como se presentaba, en torno a ella se desarrolló todo un campo de estudio que asoció las respuestas de estrés a enfermedades crónicas como la diabetes y las cardiopatías, valiéndole a Selye nominaciones sucesivas al premio Nobel desde el año de 1949 hasta 1953.

El concepto de estrés se perdió detrás de una serie de malentendidos

Hans Salye

A pesar de que la teoría no parecía ser tan válida, se extendió rápidamente a campos de conocimiento y disciplinas más allá de la medicina; de esta forma, se incluyó dentro de la Psicología y empezó a formar parte de teorías sobre sistemas políticos.

Poco a poco, la teoría empezó a parecer imprecisa y turbia; parte de las razones de esto giran en torno a que Selye había elegido la palabra estrés para describir tanto a los agentes estresantes como a sus consecuencias sobre el organismo. De hecho, un colega del médico comentó de forma sarcástica que el estrés, además de ser él mismo y el resultado de sí mismo, también era su propia causa.

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Esto puede entenderse como un error de traducción. Selye hablaba ocho idiomas, por lo que el error puede deberse a la elección incorrecta de una palabra en inglés para denominar su proyecto.

Al respecto, un amigo y colega del investigador, llamado Paul Rosch, manifestó en una oportunidad que Selye se quejó en varias oportunidades de que si su conocimiento del inglés hubiese sido más preciso, en realidad hubiese pasado a la historia como el padre del concepto de tensión.

Aún más, el concepto de estrés, tal como fue definido por Selye, no fue traducido con facilidad; en muchos idiomas se convirtió en una variación de la palabra en inglés, tal como “le stress” o “de stress”.

La masificación del concepto contribuyó al desarrollo de una industria

En los años cincuenta, las personas esperaban desesperadas una cura para el estrés.

Mientras tanto, a partir de la década de los cincuenta, desde la cultura popular, el estrés adquirió una connotación negativa; se entendía que el estrés era algo externo al individuo que debía evitarse a toda costa para no enfermar; lo que contradecía la postura de Selye.

Selye planteaba que el estrés era inevitable, pues tenía una función adaptativa para hacerle frente a las demandas del ambiente; decía, al respecto que el estrés es la sal de la vida y que lo opuesto es la muerte.

Sobre esto, Heidi Hanna, Directora Ejecutiva del Instituto Estadounidense de Estrés, plantea que la palabra se ha convertido en una concepto general para todo lo malo, a pesar de que el estrés puede ser ocasionado por situaciones positivas o que incluso el estrés dañino puede tener resultados positivos.

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Por su parte, Selye trató de redimirse ante el malentendido, por lo que empezó a referirse a las causas del estrés como factores estresantes y dividió el concepto como “eustrés” cuando es positivo y “angustia” cuando es negativo.

No obstante, ya era demasiado tarde para retroceder y ampliar la comprensión sobre el concepto. Rápidamente, la cultura popular se adueñó del fenómeno y se desarrolló toda una industria a su alrededor.

De esta manera, empezaron a implementarse dietas para revertir los efectos del estrés, libros de autoayuda con consejos de superación personal para no estresarse, ejercicios de yoga a la luz de las velas para relajarse, campamentos de entrenamiento para sobrellevar el estrés.

Hasta bombas de baño, polvos mágicos y supuestas terapias de gritos se vendieron como pan caliente para luchar contra ese temido mal, además de toda una rama farmacéutica de medicamentos lidiar con el estrés.

Entonces, cuando la cultura popular se adueñó del estrés, se desarrolló todo un complejo industrial que lucha contra este, traduciéndose en ventas y ganancias de miles de millones de dólares.

El estrés en la actualidad

Actualmente se recomienda transformar el estrés en cosas positivas.

Para comprender lo ocurrido con el concepto de estrés, es necesario contextualizar los hechos. Durante la primera mitad del siglo XX, científicos de distintas disciplinas se avocaron a desarrollar conocimiento sobre respuestas adaptativas o desadaptativas a situaciones difíciles.

Para la época, estaban ocurriendo numerosos cambios sociales de gran importancia: guerras, el proceso de industrialización, el desarrollo de nuevas tecnologías, cambios en las normas sociales, entre otros.

Por lo tanto, no resulta sorprendente la gran cantidad de atención mediática que recibió un concepto como este; habiendo un público hambriento por entender sus reacciones y necesitado de recibir ayuda para lidiar el malestar, es difícil sorprendernos al saber que ciertos “tónicos nerviosos” de dudosa procedencia fuesen ampliamente comercializados.

Sin embargo, en la actualidad, los estudiosos del tema buscan dejar de lado los malentendidos; por ejemplo, desde el Instituto Estadounidense de Estrés se tiene por objetivo eliminar las connotaciones negativas respecto al concepto de estrés, de forma que las personas entiendan que se trata de una brecha entre las demandas y las capacidades percibidas.

De esta forma, se pretende que los individuos aprendan a reconocer las señales tempranas de un exceso de estrés, bien sea en intensidad o duración, de forma que adquieran herramientas para minimizar las demandas percibidas o maximizar sus capacidades personales.

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Así mismo, existen investigaciones que sugieren que es nuestra percepción del estrés lo que determina el daño que puede ocasionarse en el organismo. En la misma línea, otros estudios han demostrado que el estrés puede mejorar el aprendizaje y la memoria.

Por lo tanto, en la actualidad, los expertos recomiendan que en lugar de lamentarse por el estrés o evitarlo, o aun peor, sentirse orgullosos por tener grandes cantidades de este, el mejor consejo es desarrollar estrategias y métodos para transformarlo en cosas positivas, sacándole el máximo provecho.

Referencias:

  1. Selye, H. (1973). The Evolution of the Stress Concept: The originator of the concept traces its development from the discovery in 1936 of the alarm reaction to modern therapeutic applications of syntoxic and catatoxic hormones. American Scientist.
  2. Selye, H. (1950). The physiology and pathology of exposure to stress. Oxford, England: Acta, Inc.
  3. Selye, H. (2010). Confusion and Controversy in the Stress Field, (2010). https://doi.org/10.1080/0097840X.1975.9940406

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