Muchas personas disfrutan de la adrenalina de caer varios metros al vacío cuando se montan en una montaña rusa; de hecho, se ha desarrollado toda una industria en torno a estas. Particularmente, las montañas rusas se remontan de mediados del siglo XIX.

En el siglo XIX, los ferrocarriles propulsados por la gravedad, si bien fueron desarrollados para el transporte de carbón desde las montañas a las ciudades, solían ser alquilados durante el fin de semana por personas que pagaban una tarifa para disfrutar de este viaje atemorizante.

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Actualmente, los parques de diversiones son un gran negocio, muchas personas están dispuestas a gastar su dinero para disfrutar de ellos; no obstante, teniendo en cuenta las largas filas que se pueden formar para montarse en una montaña rusa, llegando incluso a durar hasta ocho horas, además de los posibles efectos negativos que pudiesen sufrirse por esto, tales como lesiones graves y accidentes cerebrovasculares, surge la interrogante respecto a por qué las personas siguen pagando para someterse a esto.

¿Por qué nos gustan tanto las montañas rusas?

Kingda Ka es la montaña rusa más alta del mundo; está ubicada en Six Flags Great Adventure en Jackson, Nueva Jersey,

El disfrute de las montañas rusas se vincula a la búsqueda de sensaciones; es decir, las personas disfrutan de experiencias físicas variadas, novedosas e intensas, tal como el salto en paracaídas.

En un primer momento, se pudiese pensar que lo que más disfrutan las personas es la velocidad, sin embargo, esto parece reduccionista. Por tanto, lo que parece mantener este comportamiento es el disfrute de las sensaciones de miedo que se experimentan cuando se está en una montaña rusa.

Las sensaciones de miedo incluyen aceleración cardiorrespiratoria y un impulso de energía que se relaciona a la liberación de glucosa en sangre, lo que se corresponde con respuestas biológicas de lucha o huida.

En este sentido, gracias a las investigaciones, se ha demostrado que las caídas a gran velocidad, tales como las que ocurren en las montañas rusas, desencadenan estas respuestas.

De igual forma, la actividad aumenta la adrenalina, lo que les proporciona una sensación de bienestar, vigilia y euforia que se relaciona a un aumento de los niveles de endorfina en sangre, produciendo sensaciones de placer intenso.

De esta manera se ha demostrado que, en la medida en la que la caída se hace a mayor altura, los niveles de endorfina también son mayores, por lo que la sensación de euforia de las personas es más intensa. Así, diversas investigaciones aportan evidencias de que las personas disfrutan de las sensaciones asociadas a las respuestas de lucha y escape en entornos no amenazantes.

Adicionalmente, se ha observado que ante circunstancias similares a las experimentadas en las montañas rusas, los niveles de cortisol en sangre aumentan, por lo que se puede decir que las personas están experimentando estrés; lo que reafirma la idea de que no todo el estrés es malo.

Más bien, pareciese ser una respuesta de Eustrés, un tipo positivo de estrés relacionado a la euforia que las personas suelen buscar de forma activa. Esto fue confirmado por dos Psicólogos de Holanda quienes estaban interesados en la relación entre el asma y el estrés.

Basándose en estudios previos que sugerían que las personas que experimentan estrés tienden a percibir sus síntomas de asma como si se presentasen con mayor severidad, se preguntaron si ocurriría lo opuesto si se tratase de eustrés.

Para ellos, trasladaron a un grupo de estudiantes asmáticos a un parque de diversiones y, mientras se montaban en montañas rusas, evaluaban su función respiratoria.

Al hacerlo, descubrieron que mientras la función pulmonar se reducía por la actividad, las sensaciones de tener dificultades de tener dificultades para respirar también disminuían. De esta manera, se infiere que las personas que se montan en montañas rusas, perciben esta experiencia estresante de formas positivas.

Por su parte, la dopamina, un neurotransmisor que se relaciona al funcionamiento de las vías de recompensa neurológica, parece estar relacionado a la predilección por las montañas rusas, puesto que se encontró que en la medida en que los niveles de esta sustancia son más altos en las personas, existe una mayor probabilidad de que se involucren en comportamientos de búsqueda de sensaciones.

De esta forma, los investigadores concluyen que existe la posibilidad de que el disfrute de experiencias físicas intensas, tales como montarse en montañas rusas sea un reflejo de diferencias químicas a nivel cerebral entre las personas, lo que les hace más propensas a involucrarse en actividades que les produzcan sensaciones intensas, que pueden ir desde montarse en montañas rusas hasta consumir drogas o robar.

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Por tanto, se puede afirmar que las personas disfrutan de las montañas rusas por una combinación de velocidad, sentimiento de conquista del miedo y sensaciones positivas asicadas al aumento de la excitación fisiológica.

Así, los viajes en montañas rusas se corresponden a un medio legal, generalmente seguro y accesible de experimentar euforia, por lo que no resulta sorprendente que las personas gasten su dinero a cambio de disfrutar de ellas.

Referencias:

  1. Rollercoaster asthma: when positive emotional stress interferes with dyspnea perception. https://doi.org/10.1016/j.brat.2006.07.009
  2. Biopsychological changes after bungee jumping: beta-endorphin immunoreactivity as a mediator of euphoria?. https://doi.org/10.1159/000119059

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