El mes pasado, los científicos revelaron un misterio global de contaminación: un sorpresivo aumento en las emisiones de un gas industrial ilegal que destruye la capa de ozono de la atmósfera. La evidencia observada indicó sin lugar a dudas que en algún lugar, alguien estaba fabricando y utilizando el compuesto químico prohibido internacionalmente en el año 1987.

Está situación fundamentó una serie de indagaciones orientadas a identificar el origen de las contaminantes y nefastas emisiones. Periodistas del New York Times en conjunto con investigadores independientes, siguieron un rastro de pistas la cual apuntaló a Xingfu, una ciudad industrial en la provincia china de Shandong, como la responsable de las difusiones de la sustancia química.

Los resultados de la escrupulosa investigación periodística, que incluyó entrevistas, documentos y otras señales, indicaron que una fuente importante de las emisiones detectadas, son las fábricas en China que han ignorado una prohibición mundial y han seguido fabricando o utilizando el químico conocido como clorofluorocarbonos (CFC-11).

China tiene el mercado de espuma de poliuretano más grande del mundo, que representa aproximadamente el 40 por ciento del consumo mundial. Este país abarcaba casi toda la producción del este asiático de CFC-11 y productos químicos similares, antes de que fueran prohibidos en el acuerdo de Montreal, firmado en 1987.

Precisamente, los científicos registraron un aumento en la concentración de CFC-11, cuya concentración en la atmósfera continúa disminuyendo, pero a partir del año 2012 a un ritmo más lento de alrededor del 50 por ciento, en comparación con lo esperado.

El análisis muestra que entre los años 2014 a 2016 las emisiones de CFC-11 aumentó, en comparación con la disminución esperada, de más de 14 mil toneladas por año a alrededor de 65 mil toneladas anuales.

El uso de CFC-11 en las industrias de Xingfu no es algo novedoso, lo que ha llevado a algunos expertos a mostrarse escépticos de que el aumento de los niveles de CFC en la atmósfera pueda atribuirse solamente a las fábricas de esta ciudad.

En la actualidad, las emisiones de CFC-11 son casi las mismas que hace casi 20 años, lo que sugiere que hay muchas otras fábricas que también ignoran la prohibición internacional.

Al respecto, Erik Solheim, director del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, comentó:

“Las acciones de China no son más que un crimen ambiental que requiere una acción decisiva. Pero todavía tenemos que cavar más profundo. Según el tamaño de las emisiones detectadas, existen buenas razones para creer que el problema se extiende más allá de estos casos recientemente descubiertos”.

El crimen ambiental cometido por las industrias chinas, al ignorar la prohibición de uso del CFC, es muy grave. Esta es la razón por la que la agencia ya se ha puesto en contacto con el gobierno chino y ha enviado toda la documentación recopilada, para alentarlo a tomar las medidas necesarias contra aquellos que continúan poniendo en peligro la salud de toda la humanidad.

Referencia: In a High-Stakes Environmental Whodunit, Many Clues Point to China. New York Times, 2018. https://goo.gl/bfhvjo