Durante la Segunda Guerra Mundial, la humanidad fue testigo de los actos más crueles que han ocurrido a lo largo de la historia; específicamente, el holocausto nazi se tradujo en la muerte, tortura y crueldad en contra de judíos, gitanos, homosexuales, eslavos y todo aquel que fuese considerado un enemigo del Estado Alemán.

Cuando esto terminó, fueron muchas las inquietudes respecto a la capacidad del ser humano de ser cruel contra sus semejantes. Al respecto, en los juicios posteriores, muchos criminales de guerra manifestaron que actuaron con crueldad puesto que cumplían órdenes de sus figuras de autoridad, por lo que no podían considerarse como responsables de sus acciones.

En torno a esto, los científicos se preguntaron: ¿Los torturadores fueron realmente malvados y desalmados, o se trata de un fenómeno de grupo que le podría ocurrir a cualquiera en las mismas condiciones? ¿Puede cualquier persona cometer los más atroces crímenes contra la humanidad, sólo por obediencia a la autoridad?

El fenómeno de la obediencia a la autoridad se ha considerado por mucho tiempo como uno de los pilares que mantiene a la sociedad cohesionada, puesto que, en líneas generales, permite la protección de los ciudadanos.

No obstante, cuando esto llega a niveles exagerados, puede resultar en un arma de doble filo, pues los abusadores se socorren del discurso “Solo estaba obedeciendo órdenes”, eximiéndose de las responsabilidades individuales y, posiblemente, disfrazando de deber sus impulsos sádicos.

Se pone a prueba la obediencia

Se le solicitó a los participantes que administrasen una descarga electrica progresivamente mas intensa de acuerdo a los errores cometidos

A fin de dar una respuesta científica al asunto, Stanley Milgram, un Psicólogo de la Universidad de Yale, desarrolló una investigación, durante el año de 1961, con el objetivo de evaluar las tendencias de los participantes de obedecer las órdenes de las autoridades, a pesar de que estas ocasionaran conflictos con su moral, su conciencia y sus sistemas de valores.

Para esto, Milgram y su equipo de investigadores, reclutó a 40 personas, invitándoles, ya sea por correo o por anuncios en el periódico, a partir de lo que se promovía su participación en un experimento, supuestamente, sobre aprendizaje y memoria, siendo retribuidos con una importante suma de dinero.

Los participantes eran informados sobre que el experimento requería de tres personas: un investigador, ataviado con una bata blanca que le confería el rol de figura de autoridad, un maestro y un alumno.

A partir de un sorteo falso, a los participantes se les asignaba el rol de maestros, mientras que el papel de alumno estaba reservado para un cómplice de Milgram. Ambos personajes eran asignados a habitaciones diferentes, pero conjuntas, de forma que el maestro tuviese total visibilidad del alumno, especialmente mientras estaba atado a una silla para evitar movimientos involuntarios y se le colocaban electrodos.

Configuración el experimento de obediencia: el maestro (L), administraba descargas al aprendiz (S) ante cada error, siguiendo instrucciones del investigador (V)

Por su parte, al maestro se le asignaba una habitación frente a un generador de descargas eléctricas con treinta interruptores que regulaban la intensidad de la electricidad a partir de incrementos de 15 voltios, oscilando, en total, entre los 15 y los 450 voltios.

A pesar de que en realidad el generador de electricidad era falso, pues no proporcionaba descarga eléctrica alguna a los alumnos, produciendo únicamente ruido cuando se pulsaba alguno de los interruptores, Milgram se aseguró de identificar con etiquetas la intensidad de las descargas, que iban desde moderadas hasta muy peligrosas.

El sujeto experimental, quien asumía el rol de maestro, fue instruido para que enseñase pares de palabras a su aprendiz y si cometía algún error, debía castigarle aplicándole una descarga eléctrica que aumentaría 15 voltios luego de cada equivocación.

La verdad es que los alumnos no recibían descargas, pues eran ayudantes de Milgram; pero, para que la situación fuese realista a ojos de los participantes reales, cuando de pulsaba el interruptor, era activado un audio pregrabado con lamentos y gritos que se iban haciendo más fuertes a medida que aumentaba el voltaje.

Si el maestro se negaba a continuar, o llamaba al investigador, este le respondía de forma predefinida y con un tono persuasivo: “continúe por favor”, “siga por favor”, “el experimento necesita que usted siga”, “es absolutamente esencial que continúe”, “usted no tiene otra opción, debe continuar”.

Así mismo, cuando los participantes preguntaban quienes eran los responsables por el bienestar de los alumnos, el experimentador debía decirles que ellos mismos eran los responsables.

Antes de poner en marcha el experimento, los científicos se habían planteado la hipótesis de que entre un 1% y un 3% de los sujetos serían capaces de activar el interruptor de 450 voltios, siendo este porcentaje representado por personas que tuviesen alguna patología tal como psicopatía o sadismo.

Sin embargo, en la selección de los participantes, se emplearon evaluaciones previas a fin de descartar que alguno de ellos tuviese una patología como las mencionadas, al igual que aquellos que tuviesen rasgos agresivos como parte de su estructura de personalidad.

Los resultados del experimento

Los participantes llegaron a administrar descargas potencialmente peligrosas

Al poner en marcha el estudio, una parte significativa de los participantes manifestaron señales de tensión y angustia tras escuchar las desagradables quejas del alumno en la habitación contigua, puesto que, en apariencia, eran provocados por la electricidad.

En particular, tres personas mostraron una especie de ataque de ansiedad, pero, la gran mayoría de los participantes continuaban administrando las descargas a pesar de sentirse incómodos con ello. De hecho, los 40 sujetos obedecieron órdenes hasta los 300 voltios, de los cuales 25 continuaron aplicando las descargas hasta la intensidad máxima de 450 voltios.

A modo de resumen, el 65% de las personas continuó hasta finalizar el experimento, incluso cuando escucharon en algunas grabaciones que el alumno se quejaba de tener problemas cardíacos. El experimento finalizaba cuando los participantes administraban tres descargas de 450 voltios.

¿Qué nos dicen estos resultados sobre la obediencia?

Se demostró que los mandatos de las figuras de autoridad suelen seguirse, olvidando los valores personales

Tras observar los resultados obtenidos, los investigadores pudieron llegar a varias conclusiones. En primer lugar, se demostró que las personas, cuando obedecen a las figuras de autoridad, dejan de lado su conciencia y asumen completamente la responsabilidad que les confiere, lo cual aumenta si hay un menor contacto con las víctimas.

En segundo lugar, se descubrió que las personas con personalidades autoritarias, particularmente aquellos que han recibido instrucción militar o una severa disciplina, tienden a ser más obedientes en comparación con aquellos que no muestran esta tendencia, lo que se ve incrementado si la figura de autoridad está más próxima.

Finalmente, se observó que la formación académica de los participantes reduce la intimidación que producen las figuras de autoridad; es decir, a medida que las personas tienen un mayor desarrollo intelectual, disminuye su obediencia ante órdenes irracionales y potencialmente negativas.

En esta línea, Milgram propone dos teorías para explicar los resultados obtenidos; la primera, relacionada a la conformidad con el grupo, desarrollada en función de los trabajos de Asch, plantea que cuando las personas carecen de las habilidades y el conocimiento necesarios para tomar alguna decisión, especialmente en situaciones críticas, transfieren la toma de decisiones al grupo que tiene autoridad.

Por su parte, una segunda teoría que goza de mayor aceptación, plantea que la esencia de la obediencia implica que las personas son concebidas únicamente como instrumentos que permiten la realización de los deseos de otros, por lo que se desliga de la responsabilidad de sus actos.

El experimento Milgram en la actualidad

En una réplica reciente del experimento de Milgram se encontraron resultados similares

Muchos años han transcurrido desde que Milgram y su equipo llevasen a cabo sus experimentos, siendo el blanco de críticas, particularmente de corte ético, pues se les acusó de engañar y manipular a los participantes; no obstante, desde entonces, se han replicado sus pruebas, encontrándose resultados consistentes.

Asimismo, cuando las personas se enteran de los resultados de estos experimentos, suelen afirmar que serian incapaces de comportarse de esa forma. Sin embargo, varias investigaciones corroboran el poder de las situaciones y de las características del entorno sobre la capacidad de tenemos de aceptar cosas y compórtanos de determinadas maneras que, normalmente, nos parecerían poco adecuadas o, incluso, desagradables.

En este sentido, Tomas Grzyb y un grupo de investigadores de la Universidad de Ciencias Sociales y Humanidades de Polonia, puso a prueba el experimento, adaptándolo a una versión más moderna.

De esta manera, reclutaron a 40 hombres y 40 mujeres de entre 18 y 69 años a los que se les instruyó que aplicasen descargas eléctricas a los sujetos de otra habitación, aumentando progresivamente la intensidad en función de los errores cometidos. La mecánica del experimento fue igual a la anterior, con la única diferencia que en lugar de 30 intensidades de descarga eléctrica, se usaron las 10 más bajas.

Los resultados también fueron similares, encontrando que el 90% de los voluntarios eran capaces de seguir infringiendo daño hasta los niveles más altos, en función de las instrucciones recibidas. De acuerdo a Grzyb:

“Medio siglo después de la investigación original de Milgram sobre la obediencia a la autoridad, una sorprendente mayoría de sujetos todavía están dispuestos a electrocutar a un individuo indefenso”.

En conclusión, por más que nos gustaría pensar lo contrario, todos somos propensos a actuar en función de las circunstancias a pesar de que eso signifique adoptar comportamientos contrarios a nuestros valores; lo importante es identificar esta tendencia y evitar a toda costa situaciones en las que esto pudiese ocurrir.

Referencia: The Milgram Obedience Experiment: Support for a Cognitive View of Defensive Attribution. https://doi.org/10.1080/00224545.1996.9714020